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Prólogo: La Bestia

Todavía no supero a mi primera ex. Corría el año 2002 y tenía 16 años. Íbamos un mes de enamorados, incluso vino a mi cumpleaños, se comió el pastel, soplé la vela, fuimos a muchar en la lavandería. Y luego, solo dos días después, sin mayores explicaciones me terminó por teléfono. Por supuesto que fui corriendo a su casa. Pedí explicaciones. Usé toda la alquimia del verbo que me fue disponible. Lloré. Rogué. Le llevé mariachis que fueron más apreciados por su madre y que pagué con el dinero que acumulé en mi cumpleaños. Pero al final no hubo caso. La decisión estaba tomada. Irreversible como el final del verano. A veces parece que sucedió hace mucho tiempo. A veces que sucedió ayer. Todavía no entiendo qué sucedió, incluso después de tanto tiempo. Creo que fue por eso que empecé a escribir, de modo que le debo a mi primera ex mi carrera. Las razones, las habrá tenido. Han cambiado incluso con el tiempo. Nunca hablamos al respecto, pese a que iba al mismo colegio. Mi sospecha (sospecha que guardo hasta ahora, como un amuleto) es que estaba enamorada de mi mejor amigo, pero…

La bestia es un libro difícil de describir. Por lo menos para mí, que poco es lo que me he asomado al mundo del cómic, de la novela gráfica, del fanzine y de tantos otros géneros con los que se podría asociar y con los que, sin ninguna duda, dialoga. Yo lo he leído con un poco de ingenuidad y es desde allí desde donde voy a hablar. Y allí no caben las descripciones exhaustivas ni las proposiciones categóricas sino un modo de acercamiento más bien inseguro y emocional.

Inseguro. ¿Entonces es una novela gráfica, cuya parte visual está compuesta por “dibujos feos” y la historia de una separación? ¿o son poemas visuales sobre la depresión y sus múltiples vertientes sensoriales, sensitivas? ¿o es un campo de signos oníricos, sesiones de terapia y alucinaciones medicadas que diluyen la posibilidad de una historia? ¿hay historia? ¿es siquiera posible narrar, dadas las circunstancias? ¿qué relación existe entre los dibujos y las palabras? ¿son intercambiables? ¿intercambiables aunque queda claro que hay una parte visual y una textual? ¿pero dado que le texto está también dibujado, no hace esta pregunta —sólo esta— sea irrelevante, ridícula en el fondo? ¿y si es al revés? ¿si son más bien los dibujos los que cuentan la historia, lo que confiere de carácter narrativo la cuestión? ¿al final lo que tienen en común los dibujos, son solo el pulso de una mano, de un corazón despedazado?

Emocional. Los dibujos nos recuerdan que las emociones son a veces solo una línea titubeante, un rasgo borroso, algo que se difumina o está a punto de desaparecer. Nunca son precisas, nunca claras. Por más que ciertas escuelas psicológicas hayan tratado de enumerar, sistematizar y etiquetar las emociones, no hay forma que podamos delimitar sus efectos ni sus alcances. Por eso las caritas que aprendimos a usar en los SMS se llaman emoticón, aunque en realidad La bestia opera como una contraefectuación de ese lenguaje. Si en los grupos de wasap los emoticones tienden a convertir a las emociones en objetos, este libro nos muestra la vitalidad que resguarda el dibujo en sus formas más elementales, allí estamos antes una experiencia de apertura radical y, por eso, de infinita vulnerabilidad. Nada más ahuevante que la blancura de la página que bien, sabemos, se mantendrá vacía incluso después del trazo. Entonces sí la belleza.

El libro, en definitiva, da cuenta de una separación y podemos vislumbrar cierta LINEALIDAD*. Esta linealidad no nos ayuda, sin embargo, a desentrañar una historia particular. No se entrega a las huestes de la narrativa. Sabemos que es un libro sobre la pérdida. Sabemos que es un libro sobre la depresión. Un libro sobre la búsqueda 9una búsqueda insatisfecha, imposible). Un libro sobre el dolor. Pero al contrario de lo que nos encontramos en la literatura contemporánea, está como succionado de narración, de yo, de subjetividad, porque la narración es siempre una forma de ceder ante el poder, no sé bien a qué poder me refiero, pero es algún poder que a veces no podemos ver, que nos atraviesa o configura, y que nos pide una resolución. La resolución es parecida a la siguiente frase: YA DÉJATE DE HUEVADAS, porque en este estadio del capitalismo ningún ser humano puede pasarse la eternidad lamentando el fin de una relación. Para eso hay psiquiatras, para eso pastillas, para eso hay drogas, para eso hay turismo comunitario, yoga, meditación, pilates, etc. Pero no nos podemos permitir dilatar el tiempo de manera infinita. No nos podemos pasar haciendo dibujitos. En otras palabras.

*[ESTE ES UN TÉRMINO IMPORTANTE, ESCRIBO ESTO EN MAYÚSCULAS PARA QUE SE ACUERDEN, LINEALIDAD ES UNA PALABRA IMPORTANTE]

Entonces no tiene resolución, porque no existe narración, porque la narración sea acaso imposible. Y en todo caso lo que narra, no son los pequeños textos, poemas, anotaciones o fechas de las que están acribillada cada página del libro, sino el dibujo, el trazo, el pulso de una mano que, pese a todo avanza, no sabemos bien si adelante o hacia atrás. Por eso buscamos otra cosa con su lectura. Algo que es al mismo tiempo fácil y difícil de encontrar. Fácil, porque en cada dibujo se pone de manifiesto un temperamento y un estado de ánimo que nos resulta conocido. Difícil, porque cada página contiene un retrovisor o un sistema de espejos que despiden imágenes para todos lados, sentido. Por eso es difícil detenerse en un solo momento, en un dibujo particular y extraerle una confesión sobre las motivaciones o propósitos del libro.

En este sentido considero propicio advertir el movimiento, lo que llamábamos en el colegio dibujar líneas a mano alzada, esa geometría imperfecta e impura que era, sin embargo, más honesta. La línea, decía antes, es la gramática fundamental con la que podemos seguir la lectura y con la que podemos, pese a todo, avanzar. Todo empieza con una línea, presentía Carl Schmitt, que miraba con horror los mapas de la colonia y presentía: que a veces la línea son responsables de las tragedias más irreversibles. Ese afán de perfección en dividir lo propio de lo ajeno, el pasado del presente, el adentro del afuera. Si encuentro una potencia en la gráfica fea de La bestia, en esa vocación monstruosa, es que esas líneas endebles y llenas de humor negro, colapsan toda posibilidad de redención. O de resiliencia, porque al fin y al cabo la simetría, a la vez que amenaza con la instauración de un orden inapelable, amenaza con su implosión. En cambio la bestia, como The Shadow Beast, de la que hablaba Gloria Anzaldúa plantea el colapso, incluso la necesidad del colapso, como posibilidad de duelo y, por eso, de restitución.

Esta es la dimensión ética del libro. Su modesta y al mismo tiempo fervorosa solicitud: en todo caso, la posibilidad del movimiento. Porque esto es lo que más cuesta cuando estamos sumidos en la depresión. Cuesta moverse de la cama, salir al parque, al Chimborazo, con los panas (si hay) y el Autor no promete grandes escapatorias ni paraísos, sino los pequeños pasos que puede dar el que anota en la libreta que reposa, inquietante, en la mesita de noche. Pienso, por supuesto, no Heráclito, sino Zenón de Elea, que encontraba la belleza en los pasos que no parecen pasos, en los pasos que no avanzan. En este sentido La bestia se parece mucho al scrolleo y acaso lo sea, acaso hay que empezar a aceptar que TikTok ganó la batalla de las formas. O debe ser quizá que leí este libro en la pantalla de mi iPad, haciendo uso de mi índice y ahora este texto queda completamente abolido o en suspenso, porque no he podido tocar. Sin embargo, percibo un comentario constante en La bestia sobre este espacio vacío que intermedia entre el que mira y la pantalla. Al fin y al cabo el universo cultural que subyace este libro es la televisión y el cine, de manera muy particular el videojuego. Veamos explícitamente uno de estos momentos:

La palanca de la play, el sonido ligeramente industrial de Prince of Persia durante los combates de espada en segunda dimensión, la consola como salvación, porque es ya la única manera en que nos es posible no pensar en ella. Pero sobre todo el recurso consistente y explícito de lo táctil. Los dedos son el principal discurso de La bestia, la desfiguración, su sentido. Desfiguración en sentido de transformación y posible metamorfosis, pero no al estilo avatar de Facebook o IA del Ghibli, sino de una manera más básica: lo verdaderamente digital, parece sugerirnos el autor, es cuando hemos dejado de tocar el cuerpo amado. Cuando extrañamos.

Me gusta entonces que el dibujo pueda transformar a los Benítez y Valencia en dos montañas: ahí se devela una estrategia: haz un dibujo de la intransitabilidad del tiempo, de la añoranza de los olores perdidos, del régimen de pensamientos obsesivos-compulsivos, de lo intransferible. Lo que más me interesa es que en el universo de La bestia, todo es susceptible de dibujo: sobre todo el lenguaje, porque no vale olvidarse que lo gramaticalmente legible, lo prefigurado en español, está también sirviendo al régimen del trazo vacilante, de la letra mal hecha, esa letra que produce equivocaciones fatales entre “te mo” y “te amo”, como en esa película de Campanella. Esto se puede poner psicoanalítico en cualquier momento, pero hay que tener algo en claro: este libro es invulnerable a las trafasías de la interpretación. Un posible vestido en la contratapa debería decir: “cuidado, imposible hacer interpretaciones”.

Aunque bien: “el libro admite todo tipo de susceptibilidades”. Es hospitalario y ese humor negro descarnado, lo es más, porque está al borde siempre de la más radical de las ternuras. Por eso no se puede leer en términos de autoficción o de autodibujo, supongo y por eso me parece interesante que su resolución esté relacionada con The Office: en el fondo todo era una broma, pero también es full verdad.Pr

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