Racialidad, clase, despojos

La vida de mi abuelo René está marcada por despojos -por donde paso veo pedazos de cuero astillados-. En la mitad del viaje él tenía cargado un fusil en el hombro y a los setenta y cinco años llevaba clavos intramedulares en la rodilla derecha.  

La violencia estructural –que sigue siendo urgente nombrarla aunque parezca que es  discutida constantemente- actúa la mayor parte de las veces de forma silenciosa sin que eso signifique que sea menos nociva. Las piedras en el camino van apareciendo en las primeras etapas de vida de los cuerpos que se desenvuelven al margen (barrios bajos, zonas rojas, favelas, guettos, villas y todo espacio que represente una fuga de lo blanco y gentrificado). Estos lugares se encuentran habitados en su mayoría por personas que cumplen con un marcador racial en específico, de nuevo, cualquier color distinto a lo blanco.

Mi abuelo René, mi mamá y yo compartimos lo café en la piel, y eso implica entre otras cosas masticar la vida más lento, habitar la otredad de forma consciente –o no-. 

Cuando el René tenía cuatro años se despertaba todos los días a las 03h30 de la mañana para desgranar choclo y recoger la cosecha. Después desayunaba arroz de cebada, y entonces tenía permiso para ir a la escuela. A los veintidós años entró al cuartel y entre el tostado que le enviaban-que llegaba ya podrido- y la sensación seca de tener que marchar y no caminar, decidió retirarse del cuartel. Más tarde encontró refugio en un pedazo de tierra llamado Pambachupa. Comenzó a trabajar de jardinero en la embajada de Italia, mientras mi mamá y sus hermanas trabajaban a los seis años vendiendo leche. 

Después de dedicarse a la jardinería, un familiar le ofreció un trabajo en el Hotel Hilton Colón de Quito. Mi abuelo fue mesero ahí durante un tiempo. La gente blanca y adinerada que acudía a ese lugar siempre solicitaba que el “pelado morenito” les atienda. 

La gente blanca y de clase alta busca siempre la forma de materializar su complejo de superioridad. La infantilización que le atribuyen a los cuerpos racializados no es un asunto aislado. A mí en España, cuando tenía 4 años, mientras caminaba por las calles junto a mi papá y mi hermana (blancxs), las mujeres mayores se apresuraban para cargarme en sus brazos y estrujarme los cachetes mientras decían que yo era “muy mona”, sin consentimiento mío ni de nadie. 

Una siente que camina por una cuerda floja en donde los reflejos del pasado se enquistan en lo cotidiano. La inestabilidad irrumpe y está siempre presente, latiendo cerquita del ombligo de quienes hemos nacido fuera de lo blanco. Tal vez se deba a que nos cortaron el cordón umbilical con un alicate. 

El René cuenta sus historias con una emoción profunda y la dentadura postiza se le afloja cuando recuerda que alguna vez tuvo la posibilidad de irse de aquí. Refiriéndose a un “aquí” que no es solo territorial, sino que engloba la posibilidad de dejar el dolor a un lado. De que los costales que revientan de angustias, se rompan. 

Zancajo

Le sostenían un par de palos

clavados en la cadera. 

Traía cuerdas en las manos

que él no manejaba. 

 

Los dientes no aguantaron, 

se le cayeron todos. 

 

¿Existe Dios?

¿Existe la justicia?

¿Para qué sirven los colmillos y las rodillas?

¿Dejan los pies de doler en algún momento?

 

La mirada de mi abuelo

es capaz de convertir a este barrio 

en un océano gigante. 

Y ahí, 

con todxs ya absorbidos, 

él podría respirar. 

 

Conseguí una esponja

bien dura, 

hecha de metal. 

Mañana salgo a la calle

a restregar 

lo polvoriento de las esquinas. 

Bálsamo y malas hierbas

El cuerpo de mi abuelo, forzado a migrar de San Vicente a Quito, lograba sentirse más cerca de su lugar de origen cuando por los poros de su piel y por su mandíbula entraban el matico, la valeriana, la apapuchilca, el curare, y el caballo negro. Hierbas indispensables para mantener en calma a un cuerpo que está fuera de su hogar, que ha sido llevado como una planta endémica a otro territorio en donde solo le queda adaptarse. 

Mi abuelo caminaba por las veredas de la ciudad con las piernas hirviendo. 

La mula

El pasatiempo de mi abuelo y sus hermanos consistía en montar sobre mulas, chanchos, perros, caballos y burras. Un día el René cayó al piso-la mula en la que iba montado, por más que él le pegase en el anca, no se detenía-. Él me enseña la cicatriz que tiene en su pierna debido a eso, yo le miro y la cicatriz que llevo en mi frente se expande. 

El polvo

Las calles de San Vicente en Yaruquí que están repletas de polvo fueron las que sostuvieron el cuerpo de mi abuelo cuando encima de él se desplomaron ocho serpientes. Serpientes cayendo sobre un camino labrado y polvoso. 

Hago hincapié sobre el polvo y lo sucio porque marcan una parte fundamental en la historia de mi familia <<sanguínea>>, que exploro no por insistir en la idea institucional de familia y romantizar lo que sucede dentro del ámbito familiar, sino para entender las razones por las que mi cuerpo está situado en ciertos lugares. Una (in)vocación a la memoria. 

En 1960 mis bisabuelxs trabajaban en una fábrica de carbón. Mi amiga Anahí- que tiene una madre homeópata- me dijo que las tristezas se acumulan en los pulmones. Mi bisabuela Rosario tenía los pulmones destrozados. 

El carbón también les trajo a Quito, mi abuelo llegó la primera vez aquí para vender carbón. 

El hollín, que está presente en mis memorias, entra a mi cuarto. Siento como empieza a recorrer mi cuerpo y sube por cada vértebra de mi columna. Se me vuelve a abrir la cicatriz de la frente – que cargo por terca- y se me revuelven la sangre y las tripas. Recorro con mis pies cansados y descalzos una y otra vez las calles de mi barrio en las periferias de Quito para percibir los cuerpos de mis abuelxs durmiendo en un cuarto con el piso lleno de tierra. Recorro con mi garganta el polvo que tragaban mis bisabuelxs en la fábrica de carbón.  Se agitan mis pulmones y la tos que tengo atorada aquí en medio- ya desde hace un mes- se agudiza. 

Memoria: cuerpo

Después de hablar con mi abuelo en esa casa con las paredes llenas de baldosas-todas distintas- encajadas a la fuerza, regreso a mi casa y mi cuerpo se tensiona, se me quita el hambre, el estómago me duele, siento náuseas y mareos. 

Me paro frente al espejo y veo que mi cuerpo y mi cara han asimilado/reflejado esas violencias de forma instantánea. Pienso entonces en la memoria del cuerpo y en la posibilidad que encuentran mis huesos de abrirse y hacer un hueco para que las huellas de mis bisabuelxs y abuelxs caminen lento dentro mío. Entonces me alivio, como si las plantas con las que se curó mi abuelo se concentraran todas en una especie de mentol que penetra directo por mis poros. 

A mí los costales me pesan menos porque a mi cuarto entran cada noche y a la misma hora las serpientes,chanchos,burras, perros, y mulas en las que se montaba mi abuelito. 

Las sombras que miro detrás mío en el espejo son el cuerpo moreno y los dientes de oro de mi abuelo. 

Mis rodillas que-

bradas se funden en la terraza llena de parches de donde vivo. Aquí, en donde el cemento se parte, me uno con todo lo que me habita. 

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