máquina de contraescritura

Quito - Ecuador

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mamá, no hablemos de dios por María Auxiliadora Balladares

tenemos la lengua dura los devoradores de dios
de ese dios que crece cada noche
con nuestros pelos y uñas
de ese dios aplastable
perecible
digerible
“ideas elevadas” de blanca varela

¿qué hacer cuando dios falta? ¿qué le pasa a la poeta desprovista de
la mirada y el juicio de dios? ¿qué le pasa al poema? buena parte de la
poesía escrita en castellano en la primera mitad del siglo xx se funda sobre
la base de esa ausencia. la figura del dios de la infancia, del dios que
ilumina y promete la vida eterna, se pone en entredicho, se problematiza
en el aparato de creencias de nuestrxs poetas y en esa profunda
soledad se erigen obras que despotrican de su figura y le reclaman, que
melancolizan respecto a ella e imaginan un mundo desprovisto de dios o
que logran el borramiento y generan vínculos con otros referentes. muchos
poetas reflejan en sus obras este proceso del duelo: la ira, seguida de la
aceptación y finalmente la vinculación libidinal con nuevos objetos. dios es
nuestro narciso reflejado en el agua: o nos quedamos extasiados ante su
figura y vivimos el privilegio de ser sus hijxs para siempre o miramos hacia
otro lado abandonando la posibilidad de ser su reflejo apacible.

 

 

sostiene, rené girard, que el interés de simone weil en los evangelios no
responde a la necesidad de saber sobre dios o de entenderlo, sino más
bien de entender en algo a la humanidad. quisiera extrapolar esta idea para
pensar en mamá, no hablemos de dios, de yuliana ortiz ruano. en este libro,
no interesa dios como deidad, sino lo que la humanidad ha hecho con él:
los discursos que ha montado en nombre de su existencia; las formas del

despreciable control y de la violencia que se ejercen normalmente sobre
los cuerpos de mujeres y los cuerpos feminizados a la luz de un aparato
de leyes que –según los relatos mítico-religiosos– él dicta directamente
a los hombres; las formas del consuelo que la promesa de la vida eterna
activa, inmovilizándonos, robándonos toda posibilidad de agencia sobre
nuestro propio presente. por eso la propuesta que la yo poética le hace a
la madre es la de imaginar “el medio posible / para escucharnos sin dios
entre nosotras”. ella le propone mirarse directamente sin la intervención
de dios, porque él las desfigura, porque a través suyo no es posible llegar
a la verdad, sino apenas amoldarse a sus exigencias. la yo poética le pide
recuperar sus individualidades, recuperar para ellas mismas sus vidas. se
trata de la negación del principio social, en tanto ese principio implica la
desaparición de sus rostros.

en los primeros poemas del libro, aunque la yo poética le pide a la madre
que dios salga de ella, también la entiende en su contradicción: si bien la
madre no deja de nombrar a dios o de encontrarle sustitutos, ha tenido
–con la hija– la lucidez de enseñarle a escogerse. “sálvate tú”, quizás
diría esta madre si hablara en los poemas de yuliana. más adelante, la
yo poética, que efectivamente ha decidido salvarse, asume una voz más
juguetona y piensa en dios en el sustrato de la lengua, lo exhibe como
la muletilla que es, se divierte como una niña que provoca a lxs grandes
porque ha dado con su punto débil. la niña es sabia: ella ya no quiere ver
a dios cuando mira su reflejo y lanza piedras al agua desdibujándolo del
rostro de los demás. me he acercado muchas veces a estos poemas y
cada vez confirmo que deben ser leídos en voz alta, como una jaculatoria
al revés, como una contra, como un antídoto: “dios no me enseñó a ser
buena esposa / me enseñó a cerrar las piernas para que no me preñen /
me enseñó a callarme la boca bien profundo y bien adentro de mi cráneo /
a no gritar cuando me enojo / sobre todo con los amantes / me enseñó a
salir corriendo justo en el punto más alto de mi amor”.

me gusta, de la mujer que habla en estos poemas, que, como su madre,
no esconde su contradicción, su vulnerabilidad. me gusta de ella que es
capaz de ver a dios reaparecer con fuerza inusitada y a pesar suyo, como
una plaga, como un hongo, como un tumor. sobre todo, me gusta que su
presencia insistente es para ella motivo de su posicionamiento político.
que dios reaparezca es la señal de que a unxs se los mira menos humanxs
que a otrxs, de que no hay justicia ni equilibrio posibles, de que hay que
pararse del suelo una y otra vez para callarlo, para mostrar su revés, sus
costuras. me gusta que como mujer negra desdiga de una humanidad
tonta, de una humanidad que no es humanidad porque está hecha a imagen
y semejanza de un dios terrible. en esta primera mitad del siglo xxi, dios
vuelve a producir desencanto como hace cien años, dios vuelve a morir en
el poema, solo que ahora, –nueva vuelta de tuerca– su muerte nos vuelve
más fuertes, nos vuelve necesariamente políticxs, nos deja en constante
estado de alerta.

Escrito por María Auxiliadora Balladares