Yo también lloré. Era un día entre semana, de noche, y subí al tercer piso donde vivía una vecina. Era una muy buena amiga de mi familia pero particularmente cercana a mi mamá y a mí. Habrá sido mi primer año de Universidad y ese habrá sido lo que la gente llama “mi primer amor”. Y esa fue también la primera vez que sentí la necesidad de decir en voz alta “Me gustan los hombres, me enamoré de un amigo y él me rompió el corazón”. Creo que no dije nada más. Yo también estaba muy nervioso antes de decirlo y cuando lo dije, inesperadamente, también rompí en llanto; no lo pude evitar, brotó naturalmente, pero no era vergüenza, estoy seguro, y tampoco miedo. Quizá fue alivio. Me lo saqué. Por fin lo dije. Ya no era solo un asunto mío, compartí mi secreto con alguien. La vecina, mi amiga, solo atinó a abrazarme y pacientemente me escuchó llorar. Después de un par de horas —o lo que pareció tanto—, regresé al apartamento de mis papás.

Recordé este episodio al ver Cosas que no hacemos, del documentalista mexicano Bruno Santamaría (2020). Era de noche cuando lo vi. Esta vez estaba de visita en casa de mis padres y por algún motivo esperé hasta el final del día para verla, cuando se fueran al cuarto y me dejaran solo en la sala —seguramente, se me volvió costumbre desde la adolescencia reservarme cosas como esta, que no hacen daño a nadie y a mí, tanto bien—. Y volví a llorar, pero esta vez nadie me vio ni me escuchó porque todos estaban durmiendo. Me conmovió profundamente el hecho de pensar que cuando hice una confesión similar a la de Ñoño, el protagonista, yo no hice una pregunta, como él, sino una afirmación. Pero también reconocí su valentía al decírselo a sus propios padres y no a una vecina, como hice yo. En cualquier caso, los dos lloramos, tímida e incontrolablemente. 

Ñoño vive en El Roblito, en el límite entre Nayarit y Sinaloa, una zona conocida por la fuerte presencia del cartel mexicano y el abandono estatal. Pero la mirada de Santamaría no se detiene sobre la violencia ni la precariedad. Su documental retrata un lugar en el que a pesar de las difíciles condiciones económicas, laborales y educativas, brilla la aparente libertad con que juegan los niños. Rehusándose a registrar lo predecible, este documental ilumina con dulzura las asombrosas y pequeñas formas en que ese pueblo, sin calles pavimentadas y con algunas pocas casas, se transforma en una especie de Neverlán: los numerosos niños ensayan coreografías en la cancha de baloncesto, van al río y se lanzan desde las ramas de un árbol, decoran la plaza para celebrar las fiestas y Papá Noel planea sobre El Roblito en su avioneta para dejar algunos regalos en Navidad. Pero Ñoño, el mayor de todos ellos, debe caminar hasta donde nadie lo vea para hacer realidad su fantasía personal, aunque sea por un par de horas: vestir una falda, soltarse el cabello y maquillarse la cara. 

Al ver una película muchas veces resulta inevitable buscar en ella los ecos de otras experiencias —ajenas o propias— y los de otras obras similares, tal vez con el fin de poner aquellas imágenes en diálogo para construir un universo personal que nos inspire en alguna medida a materializar parte de él en nuestras vidas. Cuando vi Cosas que no hacemos también pensé en el libro Un mundo huérfano, de Giuseppe Caputo (Penguin Random House, 2016), una novela de la que, incluso antes de terminar de leerla, le regalé dos o tres copias a unos conocidos en un par de viajes, pues quise seguir el impulso de compartir con ellos una forma tan particular del amor y la ternura. A diferencia de otros países de la región, Colombia no tiene una fuerte tradición de representaciones literarias o cinematográficas sobre la homosexualidad, o al menos representaciones que logren sublimar la mariconería y el deseo entre dos hombres. Un mundo huérfano narra de forma elíptica la cálida historia de un padre y su hijo homosexual que, al margen de una ciudad costera en Colombia, en la que irrumpe súbitamente la violencia fascista y conservadora, se inventan juntos formas de ganarse la vida pero también de darle un sentido a la misma. Al leerla ya empezaba a entender que en el arte no basta con confirmar el mundo que nos rodea, sino imaginar también otros posibles e invitar a quien lee o ve una obra a sentir intensamente esa experiencia: en la novela, el padre no juzga a su hijo y da la vida por él, y el hijo ama con todo su corazón y cuida con ternura al padre. Los regalos hechos a mano por el padre con algunos crayones y un pedazo de cartón en algo me parecen similares a los juegos ordinarios del grupo de niños en la película: no creo que sea mera ingenuidad, sino la clara evidencia de una poderosa capacidad imaginativa que les permite a estos personajes revestir el presente de un color diferente. Hay algo en la textura y el color de la película que irradia una calidez surreal —las nubes, al atardecer, parecen de azúcar—, tal vez una imagen transformada por la inverosímil alegría e inagotable energía de estos niños, como si así se rehusaran a aceptar el único destino aparentemente reservado para ellos: la tristeza y la muerte.

Después de ver este documental, como algunos saben que ocurre ocasionalmente, sentí la imperiosa necesidad de escribir sobre él. Y la sentí también porque luego leí algunas entrevistas a su director y en una de ellas supe que Bruno le contó a la madre de Ñoño que él también era gay y tenía novio pero sus padres no sabían nada, a lo que la madre respondió que debía contarles, que no podía ocultarles un secreto tan importante. Ñoño escuchó esa conversación y esto sirvió como catalizador de su propia revelación, la cual inspiró a su vez a Bruno para hablar con sus padres. Escribo porque creo en las coincidencias y quiero que en la constelación que he construido para mí queden fijados esos dos nombres, el de Bruno y el de Ñoño, mutuamente afectados por la experiencia que me conmovió y me hizo recordar un episodio que ya había olvidado. Y porque, como ellos, también querré decir algún día las cosas que no he dicho.

 

Nota al pie:

Desde su presentación en el mercado de Hot Docs, Cosas que no hacemos ha cosechado numerosos reconocimientos . En Colombia se presentará por primera vez en la sala virtual de la Cinemateca de Bogotá en el marco de la muestra de cine cuir más importante del país, el Ciclo Rosa (del 21 de octubre al 2 de noviembre, 2020).

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