Ilustración de Anahí Casor.

Desde que me mudé a Montreal hace casi un año he pensado mucho en lo que significa ser bilingüe. Montreal es generalmente descrita como una ciudad bilingüe. Las señales de tránsito, rótulos de almacenes, etiquetas de productos están en francés e inglés. En estos meses me he dado cuenta de que el acceso a espacios de trabajo, estudio y recreación, así como la comodidad que sintamos al ocuparlos depende mucho de qué tanto manejamos una o dos de estas lenguas. El prefijo bi se queda corto: las personas que vivimos aquí, en especial si hemos vivido una trayectoria migratoria, transitamos todo el tiempo entre el francés, el inglés, nuestras lenguas maternas y sus múltiples combinaciones.

Estudié desde niña en una escuela que se describe como bilingüe, las clases de inglés tenían un espacio importante en el horario. Esto continuó durante el colegio y la universidad. Cuando llegó la hora de aplicar para estudiar mi posgrado en Montreal, pasé un examen obligatorio de “suficiencia de idioma” que supuestamente acreditaba mis destrezas. Sin embargo, al mudarme la vida se convirtió en un espacio de traducciones parciales enmarañadas. No las llamaría bilingües, peor aún trilingües. La academia en inglés, ese espacio imaginario al que asisto cada día durante mis clases y lecturas, a veces me anuda hasta el silencio con sus trazas coloniales e ilusiones de blanqueamiento. El francés me reta aún más porque solo puedo entenderlo tras mucha concentración y esfuerzos. Cuando me hablan en francés, respondo en inglés instantáneamente y sin darme cuenta. Esto puede ser complicado porque en Montreal todavía se sienten las tensiones del “Speak White” (la orden de hablar ‘blanco’), que es la expresión que se usó para ridiculizar a la gente francoparlante de Quebec y exigirles que hablen inglés.

Con estos dilemas, el español es para mí como un gran suspiro de alivio. Es mi idioma más cercano porque me da acceso a los recuerdos y aprendizajes que considero más íntimos. Es la lengua que hablo con mi familia, en la que más disfruto escribir y con la que más me río. En una ocasión durante mi primer semestre en Montreal, al hablar sobre lenguas maternas y bilingüismos, un profesor de origen italiano me contó que hay dos cosas que él todavía no logra cómodamente en inglés a pesar de hablarlo durante muchos años: la una es reír y la otra es hacer operaciones matemáticas. Yo siento que, en medio de estos malabares entre lenguas, hay unas que nos permiten improvisar un poco más que otras.

“Bonjour, hi”, me dicen al entrar a cualquier lugar. Las dos opciones de respuestas posibles, en inglés o en español, marca el curso de lo que sigue. Mi inglés no es asentado, no se sitúa cómodamente en las formas, sino “acentado”, empapado de acentos-sonidos que narran una historia de movimientos, una ruta o varias. A veces, cuando hablo con mi inglés acentado recibo una respuesta en español. Esa respuesta en español me enfrenta con dos preguntas. La primera sucede en mi cabeza: “¿Cómo supo? ¿Cómo supo que navego más cómoda en español?”. La segunda la formulo con mi voz: “¿De dónde vienes?” Y ahí empiezan los diálogos, las memorias que conversan con los anhelos y que transportan a través de las geografías. “Ven, convérsame” me decía siempre mi abuelita Luchita. ConvérsaME: siéntate a mi lado y tejamos intimidad a través de las palabras, los silencios y la voz.

Conocí a Elba en una feria de la universidad. Coffee from Central America decía el letrero frente a su mesa. La gente se acercaba con curiosidad a probar las mezclas que sus manos inventan con café de distintas regiones. Inglés y francés para pedir un vaso de café o 500 gramos para llevar a casa. Cuando yo me acerqué, a mi saludo en inglés le siguió una conversación en español y varios días de trabajar con Elba vendiendo café, oliendo las variedades y saboreando sus diferencias. Elba nació en El Salvador, creció cortando café y migró muy joven a Canadá para encontrar trabajo y mejores condiciones económicas. “Nunca olvidé el café”, me dice, por lo que cada año recorre Centroamérica trabajando con las comunidades cafetaleras para apoyar a que reciban un precio justo. Le cuento que yo tampoco olvido el café y que en mi casa guardo un paquete de mi café zarumeño favorito como si fuera un tesoro. Elba apareció un día con una funda grande repleta de sacos de lana. “Para que te abrigues”, me dijo, antes de darme un abrazo. Y sin esos sacos no hubiera sobrevivido al invierno.

Para mi proyecto de etnografía sensorial trabajé con Verónica durante algún tiempo filmando el día a día de su restaurante que ofrece comida y productos de varios países latinoamericanos. Quedé fascinada luego de filmar los movimientos de las manos al formar una pupusa, una especie de tortilla salvadoreña, aplanando la bolita de masa hasta que se haga plana y circular. Verónica nació en Colombia y migró a Estados Unidos antes de llegar a Canadá, donde vive con su esposo y sus dos hijas pequeñas. Su restaurante tiene un menú que recorre distancias a través de los sabores. En el espacio de los mostradores hay desde chile enlatado, dulce de guayaba y maíz tostado hasta pulpa de frutas como maracuyá, guanábana o naranjilla. “Riz au lait” dice abajo del vasito de arroz con leche en el mostrador. El restaurante sirve muchísimas opciones, como empanadas argentinas, tamales mexicanos, peruanos y colombianos, tacos y arepas. Cuando conocí a Verónica le expliqué sobre mi proyecto y le conté que quería mostrar las formas en que los recuerdos y la comida son especialmente importantes para las personas que viven historias de migración y exilio. Verónica me dijo que la comida le ha ayudado a crear una sensación de calor, esa que es difícil cuando se está lejos de casa o se intenta hacer casa en un lugar diferente. Ese calor circula, fortalece y anima. El primer día que fui a Sabor Latino me dio una alegría infinita encontrar humitas congeladas para llevar a mi casa. El sabor de las humitas me encanta, me transporta a los cafecitos familiares en Quito.

Con Marcia también nos encontramos por la comida: un plato de empanadas chilenas. Me contó cómo tuvo que salir luego del golpe militar del 73 con sus hijas pequeñas y su exesposo. “No sabía gota de francés”, me dice. Ahora vive con su pareja Ana que también es chilena y trabaja dando clases de español. Nos contamos historias de nuestras familias, de los estudios, de cómo lidiamos con el frío montrealés. Me contó del tiempo en que dejó de hablar con su familia en Chile cuando se enteraron de que tenía una relación con una mujer. Le conté que ya viviendo en Montreal, una de las personas más cercanas a mí en mi familia cortó toda comunicación conmigo por la misma razón. Hablamos sobre las distancias, sobre amores que fluctúan, y sobre cómo tanta gente nos ha bautizado “lesbianas” para organizarnos como en un anaquel. Marcia me dice: “Nunca uso esa palabra, no me suena, no me pertenece. Los exilios se acumulan toda la vida y una anda por ahí, con esas capas”.

En medio de tanto navegar entre lenguas y los nudos que a veces nos causa su lejanía, hablar español se ha convertido en algo muy especial para mí. Las traducciones parciales ininterrumpidas a las que nos enfrentamos cada día son interesantes, pero agotadoras. Mis encuentros con Elba, Verónica y Marcia me han hecho sentir cariño hacia un español que es uno y muchos a la vez. Dependiendo de la geografía, cambian los usos de las palabras, los ritmos al hablar, las formas, los “acentos”, pero en estas conversaciones siento que las lenguas nos sumergen y nos trasladan a espacios que podemos compartir. La posibilidad de que nos conversemos pone a circular las historias que resisten los deseos totalizadores y las clasificaciones definitivas. Así suceden encuentros a los que acuden nuestras capas y las capas de esta tierra. Son encuentros que nos abrigan.

Licencia de Creative Commons

Mapa del sitio - Estamos en Facebook // Instagram // Vimeo //                      © Rengelismo