La espera, el abandono, la vejez, el asedio de la muerte; Wiñaypacha cuenta la historia de dos ancianos, los únicos personajes humanos que aparecen durante toda la película, a cinco mil metros de altura en el altiplano peruano, en la región de Puno al sur del país.

Al contrario de Jorge Sanjinés, Oscar Catacora filma Los Andes sin planos secuencias. La propuesta visual de la película explora las condiciones de los ancianos desde la complejidad del mundo aymara, aproximándose a su cultura andina a través de tomas estáticas y planos sin movimiento.

Precisamente, esta apuesta formal sitúa al film de Catacora dentro de un, no muy extenso, corpus de las películas de la región que arriesgan formalmente el tratamiento del mundo indígena. Así, el no movimiento, no sólo logra expresar la espera y la ausencia, sino que la sensibilidad que actúa en la cámara que capta el altiplano andino, comunica un tiempo otro, un tiempo que transcurre entre la hostilidad de la vida en la montaña, la espera del hijo ausente y los rituales ofrecidos a la pacha mama.

Los planos estáticos al ras del suelo, que insisten en la impotencia de la espera, la percepción de que no pasa nada, sugieren también la contemplación ante la condición humana, el trabajo en la chacra, la subsistencia y la relación fraterna entre los dos ancianos.  

De este modo, Wiñaypacha se inserta en la filmografía de la región para dialogar con películas, no sólo que reflexionan sobre el mundo indígena como La nación clandestina, por referirnos al caso de Sanjinés, sino también con obras consideradas por su relevante experimentación formal como La hamaca paraguaya, donde también la espera, la lluvia y el viento son explorados desde el punto de vista del no movimiento.

La particularidad del film radica, entonces, en una indagación cinematográfica que integra el modo de ver el mundo de los indígenas al plano estático. Los animales que acompañan a la pareja: las ovejas, el perro y la llama tienen nombres propios y son tratados como hijos. Se habla con la lluvia y el viento. Y se aleja al ave que trae mal augurio. La cotidianeidad alrededor de la coca, el agradecimiento permanente por la fuerza que les otorga para sobrevivir a las condiciones adversas, para soportar el hambre y el frío, y la desesperación cuando se acaba la hoja; construyen un movimiento interno del plano, dado por la interacción de todos estos personajes con los ancianos, que logra una propuesta visual que acerca al espectador a un tiempo y espacio distinto a la linealidad de la modernidad capitalista.

La premonición, el presentimiento, los sueños que comunican la desgracia están afuera del tiempo racional occidental. Las sensibilidades de los personajes ante la cámara,  actores naturales que no han visto cine antes, filtran los márgenes entre lo real y la ficción, pues, la representación asumida como una vivencia propia -en el mundo aymara no existe la actuación- rompe la concepción preestablecida de la actuación cuyos elementos fundamentales constituyen el idioma aymara, los silencios, los sonidos de la montaña y las acciones con los personajes mencionados arriba.

Wiñaypacha coloca al espectador ante otras formas de sentir. El punto de vista de la cámara indaga en la soledad y el abandono pero proponiendo una relación de igualdad entre los distintos seres de la naturaleza, pero también mostrando su inclemencia y fuerza de destrucción. El viento, el fuego, el agua, la tierra, los animales se integran en el plano estático para configurar el mundo andino, un mundo cinematográfico que, sin caer en los dilemas de lo intercultural, arriesga honestamente por ser CINE.  

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