Vivir extrañando

Es julio de 1994, en algún momento antes del mediodía. Estamos, de izquierda a derecha, yo, mi hermana mayor, Vane, y mi prima Angelita, en el callejón de la casa de nuestros abuelos en Cusco, Perú. Este es el día en que mi mamá, mi papá, Vane y yo nos fuimos a vivir a Ecuador, a una pequeña ciudad llamada Riobamba. Yo tenía tres años, casi cuatro, y Vane tenía cinco. Me pregunto si alguna de las tres sabía lo que estaba pasando.

Era el inicio de una pequeña tradición que haríamos todos los años, en nuestra visita al Cusco, caminar por ese callejón del barrio de Mariscal Gamarra hacia la Avenida Universitaria para tomar el taxi al aeropuerto. Siempre íbamos hacia la Avenida Universitaria, nunca hacia el otro lado. Y siempre después del desayuno. Supongo que los vuelos a Lima estaban únicamente programados para la mañana.

Vivir extrañando

Lo único que recuerdo de ese día es un olor. Vane y yo teníamos unas carteritas tejidas, que no sé si nos las compraron para el viaje o no, que las cargamos durante todo nuestro éxodo. Esas carteritas tenían un olor particular, una mezcla de olores graves: de galletas, tierra, mantequilla y flores oscuras. No era un olor ácido pero tampoco amargo. Cuando en Ecuador olía aquellas carteritas pensaba que olían a Perú.

Vane sí se acuerda, me dice que ella sabía lo que pasaba y que no quería irse porque no quería separarse de Mamá Hebe, nuestra abuela materna. No la dueña de la casa del callejón de esta foto, sino la otra abuela. De hecho se la ve al fondo, caminando hacia nosotras con mi abuelo y mi tío. Vane siempre tuvo una conexión especial con Mamá Hebe. Supongo que es así porque es la primera nieta. O tal vez porque, aunque sean diferentes en muchos aspectos, se sienten como dos de una misma esencia. Ninguna va por la vida dando gritos, sus voces se llenan de azúcar cuando hablan con extraños y verlas insultar es casi cómico.

En mi casa tenemos apenas tres álbumes de fotos. Al parecer mis padres no eran muy aficionados a la fotografía o muy entusiastas de ir al estudio a revelar. Pero eso ha logrado que las fotos que sí tenemos se hayan convertido en verdaderos tesoros. Hay fotos de la vida antes de Ecuador: su fiesta de compromiso, la despedida de soltera de mi mamá, su matrimonio, nuestros primeros cumpleaños, fotos con la familia y el viaje a Ecuador. Y otras fotos de los primeros años en Riobamba: Alejandra, la tercera hija o la “ecuatoriana”, uno que otro cumpleaños y evento del colegio, viajes dentro del país y fotos con amigos. Los álbumes develan la dicotomía de mi vida, y la de mis hermanas, en Perú está nuestra familia y en Ecuador nuestros amigos.

Vivir extrañando

Para mis papás fue distinto, ellos no solo dejaron familia, sino también amigos. No suelo pensar en lo que ellos sintieron ese día ni los pocos días que pasamos en Lima y Quito antes de ir a Riobamba, o sus primeros días allí. Ser peruana y vivir en Ecuador es algo que desde que tengo memoria, ha sido una realidad en mi vida; como la realidad de que uso lentes o que tengo el cabello rizado. Por eso nunca pensé en que hubo un cambio, nunca reaccioné al hecho de que hubo un día cero y que tal vez mis papás lo recuerdan diferente. A mi papá se lo ve muy feliz y a mi mamá, en cambio, afligida.

Vivir extrañando

En esta fotografía estamos en el aeropuerto mi papá, mi mamá, Vane y yo con nuestras carteritas tejidas. Además está Jose, la chica que ayudaba en la casa, y a quien según me cuentan quisimos mucho pero no volvimos a ver. De ella solo recuerdo que me daba papaya picada en trocitos con azúcar espolvoreada encima cuando yo llegaba del jardín. Me encantaba. Ésta era mi familia en Perú. Éramos cinco, llegamos a Ecuador cuatro. Jose no quiso venir.


***

Migrantes. Nunca nos pensé así. Siempre relacionaba el término con viajeros que la pasaban mal en el país de acogida; que pasaban frío, hambre, soledad, pobreza y discriminación. Ahora sé que lo somos, y que fuimos afortunados porque viajamos en buenas condiciones. Mi papá ya tenía trabajo, de hecho era la razón por la que viajamos, y este trabajo nos ofrecía beneficios como pasajes anuales para toda la familia de ida y vuelta a Perú. Corrimos con la suerte de no permanecer largos periodos de tiempo sin ver a nuestra familia. Y sin embargo, nos emocionábamos como locos las pocas veces que hablábamos por teléfono con ellos. Era un evento de proporciones colosales. Nos juntábamos al lado del teléfono y permanecíamos calladitos mientras uno de nosotros hablaba. Hasta ahora recuerdo la emoción en la voz de mis papás que gritaban cuando hablaban y mi voz tímida cuando me tocaba a mi: “Hola Mamá Flor… bien… sí… feliz cumpleaños… ajá… no…”. Siempre alguien lloraba, o Mamá Flor o mi mamá. Y siempre estaba el enorme vacío que se formaba al colgar. Porque aunque el trabajo de mi papá era bueno y mi casa era bonita, por un ratito después de colgar, estábamos solos. Veinte y cuatro años después seguimos en Ecuador, y de esa soledad solo queda tristeza cuando vemos fotos en las que faltamos.

Soy hija de la migración, pues la única forma de vivir que he conocido es extrañando; en Ecuador extraño a mi familia de Perú y en Perú extraño a mis amigos de Ecuador. Sueño con tener a todos en un solo lugar, poder ir a almorzar con mis abuelos y a cenar con mi amiga más querida en un mismo día. ¿Cómo sería presentar un novio a mi abuela, o la relación entre mis primos y mis amigos, o abrazar a un tío por el día del padre? Pero lo que gané son dos formas de entender el español, la que usa el “farrear” y la que usa el “tonear” para la misma actividad. En mi casa se usa tanto el “achachay” kichwa como el “alalau” quechua para decir que hace frío. Se cocina lomo saltado al igual que seco de pollo y se escucha Eva Ayllón y Paulina Tamayo. Pero a veces, ser de dos lugares puede sentirse a no ser de ninguno. En Ecuador soy la peruana, en Perú la ecuatoriana y en cualquier otro país soy varias, a veces ecuatoriana, a veces peruana y a veces el más largo y ensayado “nací en Perú pero viví toda la vida en Ecuador”. Y aunque algunos nacionalistas impertinentes y curiosos bienintencionados me sigan preguntando qué país escogería; siempre serán para mi, Perú y Ecuador, Ecuador y Perú, en igual proporción, mis hogares.

El 7 de julio del 94 mi vida cambió; me fui a vivir a Ecuador y me uní al club de los que extrañan.

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