Esta publicación es parte de un proyecto que incluye 4 piezas de vídeo y audio en las que colaboran los 4 miembros de la familia de Judit, con testimonios de su experiencia en torno a la migración. El proyecto intenta evidenciar un contexto territorial político y social para repensar las motivaciones que podría tener un padre para irse  y la manera en que cada miembro de la familia lo procesa.

 

Performance de Judit Castillo

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Tengo recuerdos de ciertos episodios con él, como cuando me llevaba en el camión de la basura en el que trabajaba, o cuando jugaba conmigo en sus hombros mientras hacía ejercicio, y también cuando me regaló un pianito de juguete.

Las siguientes imágenes que recuerdo son de  mi madre dándome las noticias, y el día que me besó y se fue.

Cuando mi mamá y yo nos bañábamos en el patio, veía los aviones que pasaban y decía – ahí arriba está mi papá.  Me imaginaba que se había ido a una expedición como astronauta y que de vez en cuando me dejaba subir para ayudarle.

Tiempo después, mi mamá, mi hermano y yo nos fuimos a vivir a Cuautla con su familia porque el  Valle de Chalco es peligroso para una mujer soltera con dos hijos pequeños, sobre todo considerando que ya había sufrido incidentes que pusieron en riesgo su vida.

Me tocó ser una segunda madre de mi hermano porque mi mamá se iba a trabajar. Crecí demasiado rápido y creo que eso me aisló del resto . Me sentía incomprendida por lo que estaba viviendo a mi edad,  pero también por las personas mayores con las que solía juntarme en la adolescencia.

No vi a mi padre por más de 10 años. Todo este tiempo esperaba su regreso. Cada año me lo prometía. Un día regreso pero no para quedarse. Tuve la oportunidad de ir a visitarlo durante cinco veranos pero nuestra relación ya estaba tan rota que ni mis intentos de repararla funcionaron. Sentía que él era una persona totalmente diferente. Ya no lo reconocía. Añoraba a mi papá en el momento que se fue, pero no al que estaba en el presente. Poco a poco se ha ido olvidando de nosotros, ya casi nunca hablamos y yo no he vuelto a ir.

Toda mi vida me sentí en des-territorialización. La familia de mi mamá no me incluía. Me sentía ajena. Y esta sensación se fortalecía con la nostalgia por el lugar de mi nacimiento y mis primeros 5 años. Pero entendí que todo había cambiado, no podía regresar y yo ya no era de ahí. Me sentía de ningún lugar, flotando en una especie de limbo y moviéndome solo para sobrevivir. Mi identidad estaba difusa y me sentía perdida.

Un día regresé a Chalco, mi ciudad  natal como un ejercicio performático de pensar en mi pasado. Dejé las flores en el portón de mi antigua casa, como un gesto ritual para afrontar todas mis distancias, la de mi padre cuando se fue, la de mi familia, la de nuestras migraciones. Pensé en los 18 años que han pasado y apenas comenzaba a realmente entenderlo. El recorrido comenzó donde pasan los camiones y donde comienza el puente hasta el portón de la casa donde yo viví, pasando por un parque. Llevaba puesta un vestido blanco, un ramo de flores blancas y mi muñeca porque el comienzo es blanco, es inicio y es fin, y yo estaba cerrando un ciclo para comenzar otro. Las flores representaban la memoria y duelo. Pensé en mi abuela paterna, Carolina, ya fallecida que era la persona a quien tomé como punto de partida para saber más sobre mi identidad. Ambas éramos muy parecidas, casi iguales tanto físicamente como de personalidad. La muñeca que fui cargando en el recorrido fue un regalo que me hizo ella cuando yo era niña.

En el camino me dí cuenta de que mi identidad está formada por Valle de Chalco, por Cuautla, por la Ciudad de México, por  Estados Unidos, y por todas las distancias que me acompañan.

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