Cuando se sentaba a mi lado, yo sentía que adivinaba el momento en que mi cabeza descansaría sobre sus piernas. Era un pacto silencioso entre nosotras. Un pacto y también un mensaje, un pedido. La sensación de los dedos de mi mamá recorriendo mi espalda y mis brazos es, hasta hoy y desde pequeña, el más instantáneo de los somníferos. No funciona únicamente en mí: mi hermano también se ve rendido una vez que sus manos nos recorren. Siempre me pareció un misterio que, si tenía las uñas muy cortas, sus dedos me hacían cosquillas. En cambio, cuando podía sentir las uñas, ese recorrer áspero, ese “rascar” (aunque nunca me ha gustado el sonido de ese verbo) me daba sueño y calma.

***

Uñas que acarician por Stephano EspinozaUñas que acarician de Stephano Espinoza, 2020

Cada vez que me lastimaba cuando era niña, mi abuelita ponía un poco de colonia en un algodón. Me acuerdo del sonido de la bisagra mientras ella abría el mueble de la esquina del baño y sacaba una botella de vidrio con el líquido verde. Mientras mojaba el algodón, me quedaba como hipnotizada mirando un lunar grande que ella tenía sobre su clavícula. Yo tengo, curiosamente, el mismo. Ese algodón helado venía acompañado de preguntas sobre los detalles de mi caída y cada vez, independientemente de la herida, la rutina se repetía. No me abandona el escalofrío de la colonia ni la sensación ambigua de familiaridad y distancia con ese lunar. A diferencia de la cara, las marcas de nuestro cuerpo pueden ser reconocidas solamente por quienes compartimos en cercanía o tactilidad.

Cuando recorro cicatrices de caídas más graves o profundas, me gusta que mis dedos las localicen sin ver. Saben exactamente dónde están, no necesito un espejo para situar esas coordenadas. En mi cara por ejemplo, puedo conjurar la memoria de puntos cosidos y descosidos hace no mucho, o de la varicela a los ocho años. Con ese recorrer, viene sin querer el olor del aceite de rosa mosqueta que me ponían cada noche para borrar las marcas.

Desde siempre fui muy sensible al tacto y me extraña/maravilla la piel como superficie y membrana. Los círculos verdeazules en mis brazos y piernas han sido una constante, un recordatorio de la última caída o golpe distraído contra cualquier cosa. Si la herida es más reciente, los tonos de verde y morado son más intensos. Poco a poco van quedando sombras amarillentas o verde pálido, apenas visibles. Leo el tiempo pasar en mi piel a través de esos colores. Cuando no puedo trazar un origen claro, me detengo un tiempito a mirar e intentar recordar dónde o cuándo fue el golpe. La piel me habla también como mapa de lo heredado misteriosamente, por ejemplo, esos lunares que se sitúan en mí en el mismo lugar que otros de mi papá o mamá, de una abuela o un bisabuelo. Me gusta saborear el verbo “tocar” y sus variantes reflexivas: tocarse, tocarme, tócame. Es como si, con solo pronunciarlo, nos hiciera algo. Tocarme me transforma, me transporta a otros lugares y momentos de esta piel que ha sido tantas pieles distintas.

Cuando pienso en las veces en que me han tocado sin haber querido ser tocada, cada recuerdo revive, con distintas intensidades y modulaciones, registros de frustración, asco o tristeza. Hay uno en particular que me paraliza. Ese recuerdo rasguñado se siente como un desgarro que me dejó (y me deja) dislocada, herida, quieta. Qué confuso me parece que la piel de otra persona pueda volverse un arma.

Me intriga cómo mi piel se empeña en albergar sensaciones, pese a que mi voz no encuentre palabras o me sienta congelada frente a esa memoria de dolor. Esa experiencia no se siente como un corte nítido sino que me ocupa como una rasgadura de bordes irregulares. Al ser hueco y pliegue a la vez, desborda mi piel como superficie y deja descubiertas sus profundidades como extensión de la carne.

Pese a la vergüenza y la culpa, mis dedos siguen tocando y tocándose entre los rasguños. Me pregunto cómo se busca placer mientras se habita una piel herida, o cómo hago para que pueda sorprenderse, moldearse o erizarse. Si bien las reacciones de mi piel a veces me resultan impredecibles y el miedo puede hacer que todo contacto parezca un riesgo, tocarse y dejarse tocar pueden ser formas de conversar con estos rasguños para sentir cómo responden a distintas escalas de proximidad.

Para mí una rasgadura no opera como una herida en cicatrización. Tampoco está en suspenso, cambia de tamaño y de profundidad, sin que eso implique que obligatoriamente vaya a reducirse o a cerrarse por completo. Por eso siento que desafía una noción lineal del tiempo o una lógica prescriptiva de la “cura”: está hecha de huecos, nudos, vacíos y de hilos que siguen sosteniéndose, rompiéndose y anudándose otra vez. Sin hablar en términos de un daño perpetuo o una avería irreparable, la rasgadura es a veces ese lugar dónde vivimos y desde el que hablamos.

Tocar la rasgadura me da pistas de sus bordes, tamaño y profundidades, sin forzarme a negarla, zurcirla o hacerla desaparecer. Ese recorrido es imperfecto, oscila entre la paciencia y la curiosidad. Intento acariciar los recuerdos de dolor, sin prohibirme hurgar en mi piel y sus tejidos. Creo que hay mucha potencia en insistir en sentirnos con los dedos, en tocarse incluso entre el terror del daño y el anhelo del placer. Recorrerse propone otros lenguajes y maneras de conocer con el cuerpo, y me permite hacer espacio para aquello que a momentos no puede ser dicho o explicado, pero tal vez sí pueda ser tocado.

Cada vez que me corto las uñas, las dejo muy cortitas. Es mi forma de asegurarme de que no hay peligro de hacerme daño en esos momentos en que cierro los puños con fuerza, cuando me habitan memorias intempestivas de eso que habría preferido no vivir.

Las uñas que acarician siguen siendo para mí una de las formas más bellas de tocar. Esas uñas oscilan entre el daño y el cuidado, la caricia y la herida, con la justa medida para no lastimar la superficie que recorren.

Licencia de Creative Commons

Mapa del sitio - Estamos en Facebook // Instagram // Vimeo //                      © Rengelismo