Texto e investigación sobre representaciones de la selva en el arte ecuatoriano realizadas por Guillermo Morán y Ana Rosa Valdez

Las obras artísticas que representan a la Amazonía ecuatoriana nos permiten comprender cómo han cambiado los imaginarios de la región en la cultura visual.

Desde las aulas escolares se nos enseña que una porción de la Amazonía forma parte del Ecuador, pero ¿qué sabemos realmente de este territorio? ¿Cuáles son las representaciones de la selva que encontramos en el arte y, en general, en el mundo urbano? Para responder esta pregunta, visitamos colecciones públicas de bienes culturales, acudimos a bibliotecas, hemerotecas y archivos.  Queríamos entender qué es lo que veían los artistas en el siglo XIX y XX cuando dirigían la mirada hacia el follaje selvático, cuando escuchaban (ya inmersos en él o desde la lejanía) los incontables murmullos que pululan en los bosques orientales. El fruto de este trabajo se evidencia en nuestra investigación Representaciones de la selva amazónica en el arte ecuatoriano (1930-2018), proyecto de investigación financiado por el Instituto de Fomento de las Artes, Innovación y Creatividades (IFAIC).

Fue fundamental entender el contexto en que surgieron las obras y prácticas artísticas, desde los paisajes de las selva de Rafael Troya y Luis A. Martínez de finales del siglo XIX e inicios del XX, hasta la serie de setenta diapositivas que conforman la propuesta How rivers think del artista contemporáneo Óscar Santillán. Las ideas que aparecen en estas piezas parten de las miles de historias que se han contado respecto a la selva, ya sea en la prensa, en relatos de viaje, anécdotas, o incluso lo que muestran otras obras de arte; a pesar de ello, estos territorios incluso hoy resultan desconocidos para la mayor parte de los habitantes del país.

                              Rafael Troya. Paisaje del Oriente (Confluencia del Pastaza con el Palora). Óleo sobre lienzo. 87 x 125 cm. 1907.

Los pasos dados previamente por quienes se han dedicado a la historia del arte, la literatura y el periodismo, fueron una guía fundamental para escudriñar las múltiples relaciones que una obra de arte puede entablar con su tiempo. Entender cómo el paisaje decimonónico procuró imaginar la flamante nación es tan solo el inicio de esta historia. Al igual que los ríos y volcanes, la selva fue parte de una geografía simbólica que buscó integrar una colectividad culturalmente diversa, como bien lo señala Alexandra Kennedy-Troya.

Aunque el paisaje cobró fuerza en la época republicana, trajo consigo una mirada colonial sobre la selva. Ésta era representada como naturaleza virgen, susceptible de ser conquistada y explotada para el progreso de la nación. Fue durante la época de esplendor del arte moderno en el Ecuador que surgió un nuevo imaginario. Entre la década de 1920 y 1970 el arte vio en la selva la posibilidad de reivindicar lo salvaje, mágico y surreal, en contraposición al mundo urbano racional y civilizado. A este período corresponden las selvas maravillosas de Enrique Tábara, Jan Schreuder, Bolívar Peñafiel, Jaime Valencia, César Andrade Faini, entre otros, y los ríos amazónicos de Víctor Mideros.

Enrique Tabara                                               Enrique Tábara. Vegetación Mágica (Selva). Técnica mixta sobre tela. 81 x 100 cm. 1971.

La alteración de la geografía nacional que trajo consigo la Guerra de 1941 con el Perú, y la firma del Protocolo de Río de Janeiro, también se reflejó en una manera de aproximarse a las selvas orientales. Bajo el discurso del país amazónico, promovido desde los círculos históricos y las instituciones públicas, se produjeron obras de arte que representaron el argumento que esgrimió el Ecuador para justificar su derecho a tener un acceso soberano al Río Amazonas. Una de ellas fue el mural de Oswaldo Guayasamín, El Descubrimiento del Río Amazonas (1960), que se encuentra en el Palacio de Carondelet. La pieza fue comisionada por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, entidad fundada en 1944 con la finalidad de fortalecer la identidad cultural de la nación. Esta propuesta evidencia una visión hispanista de la historia, en donde el héroe es el conquistador Francisco de Orellana, representada a través de un lenguaje indigenista.

Juan Caguana                                                                     Juan Caguana. Jardín de las delicias. Óleo sobre lienzo. 2008.

A finales del siglo XX, el arte empezó a incorporar las ideas y debates del ecologismo, una nueva racionalidad (según Fernando Mires) que nos lleva a repensar nuestra relación con el entorno, y a buscar el equilibrio de los ecosistemas del planeta. En la actualidad se despliegan múltiples miradas artísticas sobre la selva. Los paisajes de Ramón Piaguaje reflejan la naturaleza del entorno en donde creció, mientras que el trabajo de Angélica Alomoto incorpora conocimientos y ritualidades de las culturas amazónicas. Adrián Balseca explora, en La piel del trabajo, la relación entre la historia de la explotación del caucho y la explotación laboral en la Amazonía. En Anticipación a una ausencia (o Yasuní 2.0), Paul Rosero Contreras imagina un bosque del futuro, resiliente a los impactos negativos de la actividad humana en los ecosistemas biodiversos como el que alberga el Parque Nacional Yasuní. Sofía “La Suerte” Acosta recientemente produjo un mural con testimonios de las víctimas de la megaminería en el sur de la región amazónica. Angie Vanessita elabora ilustraciones para las organizaciones ecologistas que no sólo denuncian los estragos de la industria petrolera y minera, sino que también buscan celebrar la vida en las comunidades que luchan en la cara oculta del desarrollo.

Cuando las selvas del Ecuador y la región son depredadas por el fuego, el extractivismo, el abandono del Estado y la sociedad civil, es urgente aprender a mirar también desde el arte, en donde se producen imágenes y sensibilidades distintas a las que nos venden en las pantallas día tras día.

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