Apenas corté, alguien me dijo que tenía que encontrar al primer chico que conociera y cogérmelo. Así nomás. Después de esta conversación, tomé el colectivo y llegué a mi casa llorando. A las semanas descubrí que estaba haciendo el duelo de una relación larga, y que eso lleva tiempo, un tiempo que no se mide en minutos, ni mucho menos años, sino más bien en espacio y distancia.

A decir verdad, esa sensación de no ser la productora de un encuentro amoroso me angustiaba. ¿Cómo es posible que en otros ámbitos (la universidad, los recitales de poesía, los trabajos) me sea tan fácil gestionar? Había algo que me faltaba y salí a buscarlo, ese fue mi pensamiento en una primera instancia. Me puse a pensar alrededor de esa falta, le escribí a algunos chicos. Me hice la desentendida, la que no quería sentir emociones, porque de eso de trata: de seguir una tradición cool y desafectivizada. Después me di cuenta de que ese no era el camino, al menos no el mío.

Raymond Williams escribe en “Marxismo y literatura” que las tradiciones no son inmóviles, son dinámicas. Esto significa que hay alguien detrás de los valores transmitidos encargado de esta tarea. Nada está dado “naturalmente”, o “de la nada”. En uno de sus capítulos, este autor comenta que son los grupos hegemónicos los dedicados a la difusión de las tradiciones, a partir de instituciones específicas que van transformándose a lo largo del tiempo. Recuerdo leer a Williams para una materia de la carrera y sentirme interpelada. Al principio lo vinculaba con la naturalidad que implementamos ciertas cuestiones en el ambiente cultural (los festivales, encuentros, ciclos) y ahora lo noto con claridad en la esfera más íntima. Varias conocidas me decían “ya se te va a pasar, ya vas a conseguir a alguien”. ¿A quién? ¿Cómo? ¿Se consigue sexo tan fácil como los productos en las góndolas del supermercado?

Ahora bien, en cuanto a las relaciones, como comentaba al principio, recibí claros mandatos. No del estilo de las madres como “hacé la tarea y después salí” o de la facultad como cursar a un ritmo de 4 materias por cuatrimestre, por poner un ejemplo. Estoy hablando de un mandato que no parece tal. Es un consejo, dicen. Una manera de actuar, una manera de estar en el mundo, disfrazada de sugerencia amigable. El mandato que sentí con más firmeza apenas me separé fue el de la superación. Al parecer, te tenés que olvidar del amor que sentiste y transformarte en una máquina para coger. Los sentimientos son tan fáciles de remover como pelos rebeldes frente a la cera caliente. La piel queda suave y tersa, pero también sensible y expuesta. De esa dualidad nadie habla.

Los consejos que recibí lograron herirme pero no me llegaban: “¿no pensaste en abrirte Tinder?”, “Así no vas a garchar nunca”, “A los hombres no les interesa que hables de vos”. Ir y cogerse a todo el mundo es válido, por supuesto, pero no es un argumento generalizado. Si fuéramos todos iguales, seríamos martillos de The Wall y no seres humanos con un bagaje personalizado y particular. ¿Por qué desconfío de estas palabras? ¿No deberían interpretarse como lo que “son”: aliento, ir hacia adelante? Precisamente Williams (o al menos mi interpretación del texto, vale aclarar) va más allá: las cosas no son lo que son, hay capas de sentido debajo, como los estratos del planeta Tierra. Nunca llegamos al magma, pero podemos entrar en conflicto con lo que vamos descubriendo. Entrar en conflicto no es chocar, es desprenderse de algo dado e ir minándolo para darle otra óptica. El famoso pensamiento crítico, qué le dicen.

En el 2006, Suely Rolnik (crítica de arte, psicóloga e investigadora brasilera) publica Micropolíticas. Cartografías del deseo, un libro fruto de su trabajo con Félix Guattari. En ese mismo libro, el Colectivo Situaciones (un grupo de investigación militante argentino) le realiza una entrevista. Cierro con unas palabras de Rolnik que me hubiera gustado escuchar al momento de separarme de mi primer novio: “Se trata de crear sentido para lo que ya está en tu cuerpo y que no coincide con las referencias existentes, de recrear tus relaciones con el entorno, tu modo de ser. Esta fragilidad, que es tan importante política y éticamente, es la verdadera salud: hacerse cargo de esta fragilidad en vez de huir de ella.” Durante muchísimos años, en mi noviazgo inclusive, consideré que mi sensibilidad era sinónimo de fragilidad. Ahora quiero sentir que es una fortaleza, una construcción que a fuerza de llanto y paciencia, no me vuelve invencible pero sí irrenunciablemente dueña de mi propia fragilidad

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