Este texto fue escrito y editado originalmente para el séptimo Festival de Cine La Orquídea de Cuenca en octubre de 2018 y fue publicado por Contraplano, el periódico del Festival, creado por Recodo.sx y la Prefectura de Azuay.

 

Querido Segundo:

He pensado mucho en ti en estos días. En ti y en tu nobleza. En ti y en tu destino. En ti y en los sacos de lana que se apegan con urgencia a tu cuerpo fornido, creciente. Creces, vas creciendo rápido y Noé, tu padre, te prepara a su manera para la vida: ha empezado a enseñarte, hace poco, cómo moldear la masa de papa y yeso con la que él, desde antes de que nacieras, alumbra brazos, bocas, sombreros y guitarras. A ti y a tus dedos apurados, sin embargo, aún les cuesta hacer que esos labios, esas cejas y esos ponchos inertes imiten la vida y la embellezcan. Pero a pesar de eso aprendes tranquilo, sin angustia, porque sabes que ahí, para ayudarte, siempre estarán tu padre y su paciencia, tu padre y su oficio, tu padre y su amor rutilante.

Mardonio, tu mejor amigo, no puede crear lo que tú creas y por eso, por frustración, te dice que trabajar con pinceles, madera y pintura es de mujercitas, de hembritas inútiles. Apalear animales hambrientos, en cambio, es una proeza digna de hombrecitos como él. Como él y como su padre, un capataz en perpetua cacería de ladrones y de gente “sucia”, “inmoral”. Tú, por suerte, solo oyes a Mardonio sin asentir y apenas te ríes de sus burlas y de cómo monta a una de las cerdas como si fuera Felícita, la frutera a la que miras ilusionado en el mercado. Los machos, como te irás dando cuenta, alardean en voz alta, se relamen con la mano en la entrepierna y resecan botellas de licor para seguir fantaseando. Nada en ellos es honesto, salvo la fragilidad de su hombría. Y tan frágil es que necesitan sangrar, dolerse, escupirse y esconderse detrás de la violencia para evadir la ternura, los afectos, la (com)pasión.

Anatolia, tu madre, en cambio, está orgullosa de ti, de que heredes el talento de su esposo. Ella prefiere, mil veces prefiere, que seas artista antes que campesino. Para sembrar, cosechar y pastorear ya están ella y tu abuela. A ti te corresponde memorizar y renovar los gestos y las honduras, las joyas y los colores de la gente, de los paisajes. Tu destino, Segundo, es ser retablista. El mejor y el más respetado de Ayacucho, como tu padre. Él, por fortuna, es un maestro generoso. Con él recorres montañas empinadas y en cada pisada, entre rebaños de nubes y de ovejas, aprendes a imaginar. Imaginas sus historias de niños ciegos y de lagartos tejedores. Con él también festejas la liviandad del trabajo cumplido. Y es entonces cuando, en la madrugada, lo ves tambaleándose de tristeza. Indefenso por el trago, tu padre, el gran artesano, revela sin tapujos lo que es: un hombre solo, amenazado por el silencio.

En el pueblo, para tu desgracia —para desgracia de toda tu familia—, se enteraron ya de las razones por las que tu padre toma hasta anularse. Tú lo habías descubierto antes, sin querer. Y decidiste, con madurez, no confrontar ni agobiar más a ese hombre inocente al que admiras y amas tanto. Tú le diste tiempo, esperaste, intentaste ir con él hasta ese lugar donde los vecinos lo encontraron sediento, saciándose. Malditos sean los que lo sorprendieron ahí, en el encuentro clandestino con su deseo. Malditos sean esos machos iracundos que solo pensaron en castigarlo y romperle los huesos. Pobres de ellos, pero más pobres sus manos condenadas, pues solo pueden cerrarse, endurecerse, agredir. Las tuyas, aunque tienen la misma fuerza, saben expandirse para acariciar, sanar y bendecir el cuerpo herido de tu padre. Cuídalas, Segundo, porque manos como las tuyas son las que más nos hacen falta.

Después de haberte conocido, siento alivio al saber que aún caminan por el mundo personas como tú. Hombres, hijos y artesanos que, con sus palabras, sus pinceles y sus vidas, han extendido un pedazo de cielo rojo para que tu padre, yo y los que vienen detrás nuestro, nacidos todos con una ala rota, podamos volar. Espero que, donde sea que ahora amanezcas, las pesadillas no te persigan más. Piensa que lo que sucedía con nosotros en la época terrorista, como dice tu abuela, era mucho peor de lo que soñaste. De todas formas, Segundo, sigue alerta, por favor, porque el odio sabe siempre cómo volverse más letal, y nunca —nunca— hay que desoír su acecho.

Con cariño y gratitud,

Óscar.

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