Pequeños objetos extrañados y una palabra de estación: esos son los reducidos ingredientes de Claire l’hiver, de Sophie Bédard Marcotte.  A unas horas de verla empiezo a recordarla como un haiku; un haiku millennial, por supuesto, que me deja una sensación, una imagen, un estado, a partir de la sencillez extrema de su relato de la vivencia de un invierno canadiense. Todo desde la cámara omnipresente y adolescente de Claire.

Extrañar las experiencias del desamor, de la vida, de los fracasos y convertirlas en objetos artísticos es la hazaña de la protagonista, que sorprendentemente logra bastarse en medio de ese frío abrumador.

En la película de esta joven directora se duplica el esfuerzo de crear una obra minúscula como acto de rebelión ante la presión de lo que se espera del artista para concederle el éxito y la aprobación del mundo del arte. Lo único que parece cambiar entre la autora y la protagonista es el nombre: Sophie es Claire, una chica recién graduada que con accidentales y encantadoras imágenes se planta ante un universo competitivo y exigente, difuminando los límites entre la puesta en escena y su propia vida. La pista está en Claire, en su obra, en sus sentimientos casi infantiles y un humor que roza la desidia. Busca en Google, se graba conversando con su ex novio, tiene un gato que protagoniza escenas tiernas y caza copos de nieve en la ventana entreabierta. Es todo lo que caracteriza a una muchacha de este tiempo; nada le importa demasiado y, sin embargo, insiste en su obra de arte, aunque solo la acompañen unos amigos que aparecen con intermitencia y sus padres, como un compromiso, en off, al otro lado del teléfono. Su vida y su obra se tocan todo el tiempo, una es materia de la otra y a veces, hasta parece que es el arte el que tiene que dar sentido a cada experiencia y hacerla trascendente.

El estoicismo de Claire ante los rechazos – de la academia, del amante, de los asistentes a una exhibición – tiene algo de performático y es parte de su acto de convertir los reveses en victorias discretas, las frases inquietantes y dolorosas, en notas al pie de las fotos que toma para apoderarse de emociones tristes, de humillaciones y de frustración. Cada pequeño objeto que pone sobre la columna para fotografiarlo como parte de su proyecto de graduación, es su respuesta a una de las formas que tiene la vida de darle la espalda, y que lleva mucho de su deliberada falta de esfuerzo y solemnidad.

La película de Sophie está llena de esos pequeños guiños de ternura y libertad como la sinfonía de máquinas quitanieves vista desde la ventana en la noche o el crujir de la nieve fresca que deja adivinar los movimientos de tai chi que la protagonista imita y graba a través del cristal, a lo lejos. Solo alcanzamos ver lo que muestra la cámara de Claire, que se filma a sí misma en conversaciones incómodas o con sus amigos o mientras come o mientras pinta de blanco la pared, de nuevo. Poco a poco vamos conectando los objetos que ha puesto sobre la columna con sus propias acciones, con los personajes de la película y todo parece estar dentro de una bola de cristal con nieve, bajo el microscopio. Se nos deja especular sobre la actriz, Sophie, que interpreta a Claire y hace esta película dentro de la película en un contexto semejante al que se imaginó. La vida de Sophie es el material que usa para crear su obra, en la que Claire vive todo a través de una cámara, transformándolo en arte y dando sentido a un estado de distanciamiento y transición con una palabra de estación que afecta aquello que pasa. Es el invierno, probablemente.

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