Me muevo curioso por la red. Voy de un lado a otro, cómo todos los días. Navego con ferocidad mientras mi cuerpo inmóvil descubre lecturas, discusiones, videos virales, memes. Todo con tal rapidez que mi cabeza se siente abrumada. En este recorrido vertiginoso descubro por azar que la nueva película de Andrea Arnold: American Honey está disponible en Netflix; una plataforma en la que a veces los contenidos desaparecen por exceso, hay tanto que ver que al final no se ve nada. La película no se ha estrenado, ni se estrenará, en las salas comerciales de Quito. No puedo esperar para verla en el cine. Doy click. Pongo play. Me reclino en mi silla de escritorio a menos de un metro de la pantalla de mi computadora. Y la película empieza. Una adolescente y dos niñas escarban por comida dentro de un basurero. Star, la adolescente, mueve su cuerpo de arriba a abajo buscando algo que no esté ni demasiado dañado, ni demasiado aplastado. El sol le pega de frente como si estuviera en el equinoccio. La película avanza al ritmo de Star, de sus decisiones, de sus impulsos, de su libertad. Pero sobre todo al ritmo de su cuerpo. Desde el primer plano, el cuerpo de Star es el que guía mi mirada a través de la historia. Las imágenes se suceden y la historia avanza siempre con el cuerpo de Star un paso adelante. La fluidez de su movimiento se extiende y entabla el vínculo, la seducción.

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Desde chico uno se enamora siempre de imágenes en movimiento. Una niña se obsesiona con los camiones, los aviones, las nubes, los pájaros, con la televisión y el cine. Un enamoramiento que es como aprender a nombrar el deseo. En la adolescencia estos vínculos se vuelven más conscientes y más feroces, y hay imágenes que aparecen y son indelebles. Como el deseo de Star, nuestro deseo se ata al movimiento perpetuo que expele libertad.

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De mi proceso de enamoramiento del cine conservo una imagen. Cada vez que voy al cine, y veo los primeros asientos vacíos, recuerdo la película The Dreamers, de Bernardo Bertolucci. Los dos hermanos que protagonizan las película comentan que siempre procuran sentarse en la primera fila de la sala puesto que así la imagen que parte del proyector, se revierte, llega a la pantalla y regresa al mismo, pasará primero por ellos. Serán ellos, entonces, los que reciban a la imagen, los que le den la bienvenida al mundo. A través de ellos, la imagen seguirá su camino hasta extinguirse en el origen. Esta imágen me ata al cine, a la experiencia de ir al cine. De entrar en la sala, de ubicarse en la butaca. Esperar en silencio y de repente empezar el descenso, como si se tratase del salto a un lago del cual desconozco la profundidad. El cine representa la posibilidad de quebrar el ser y duplicarse en un otro no material que reside en cajas de luz o reflejos incandescentes. Desear ser otro, otros paisajes, otros ritmos, otros sonidos.

Sucede con cada vez más frecuencia que cuando uno habla de cine, estas imágenes de seducción se recuerdan lejanas como el grito de placer dentro una pantalla diminuta. Y, sin embargo, frente a American Honey me encuentro a mí mismo siendo seducido por la imagen en una pantalla pequeña y portatil. Ya no hay cueva, ni luz que parta y regrese. Hay, sin embargo, la lectura del movimiento. Hay cine. La imagen no se posa imparable sobre nosotras, y sin embargo es todavía capaz de reducirnos a su cadencia; como un encantamiento. La imagen nos convence de sumergirnos en ella.

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Hemos aprendido a entender la fascinación por la imagen como el proceso que se da frente a esa enorme pantalla titilante dentro de lo que podríamos llamar una caverna. ¿Cómo se da entonces la fascinación si no hay ni cueva, ni pantalla gigante, ni experiencia comunitaria? ¿Cómo se da el encantamiento cuando uno se encuentra sólo frente a una pantalla que no admite multitudes?

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En Entre Marx y una Mujer Desnuda, novela de Jorge Enrique Adoum, el Fakir––un personaje basado en el poeta César Dávila Andrade––dice que para él, el cine es una especie de mito de la caverna invertido. Más bien, es así como yo lo recordaba. Cuando vuelvo al libro descubro que lo que dice exactamente es que el cine es un rito de la caverna para los primitivos del futuro. Cosa que, a fin de cuentas, viene siendo lo mismo. Es en la caverna, en la oscuridad, dónde sucede la iluminación. Donde descubrimos un mundo que desconociamos. Donde desconfiamos del mundo que habitamos. Y cuando salimos a la luz exterior no podemos sino compartir, como predicadores inagotables, que vivimos en una cueva oscura y que para salir de ahí debemos liberarnos por medio de esa pantalla enorme y titilante. ¿Qué sucede entonces si no entramos en ese espacio-templo y a la imagen la recibimos sentados en el mismo lugar en donde recibimos las noticias, la correspondencia, las llamadas? Pasa que la imagen queda desnuda, y depende de sí misma: de su ritmo, su textura y su fuerza. Es aquí donde emerge la posibilidad de un cine en el cual el impulso y el cuerpo aten a la mirada y le narren las imágenes que se suceden; en el que la historia que se cuenta persiga a los cristales de movimiento, y no al revés. Un cine que se podría pensar húmedo, líquido.

Desde mi silla de escritorio sigo––tratando de vencer la distracción––el movimiento de Star. Su cuerpo repleto de deseo y curiosidad se extiende y se libera. Star debe estallar, explotar, convertirse en polvo. American Honey es el registro de su trayecto. Yo deseo su cuerpo, y no para poseerlo sino para ser ella, para sentir el viento silbando en las rayas más arrugadas de mi frente. Mi deseo no es carencia ni ansias de tener, de penetrar. American Honey me propone un deseo húmedo, líquido, expansivo. No hay verdad en el cuerpo de Star, hay preguntas: irrelevantes y fundamentales. Dudas. En su pelo radica la libertad. Como el pelo de Catherine Deneuve era el signo del deseo sexual en Belle de Jour, el pelo de Sasha Lane es la libertad explosiva del cuerpo, un deseo propio. El deseo de Catherine Deneuve era, a fin de cuentas, el deseo de Buñuel. El deseo de Star, Sasha Lane, es un deseo compartido y femenino, un deseo que goza y transpira, un deseo al que no le hace falta nada. Ese deseo me inunda la mirada, y mueve el cuerpo, como dos piernas mueven una bicicleta. En la escena final oigo y me retumba: I won’t live my life on my knees, you think I’m nothing I am nothing. You got something coming cause I heard God’s whisper calling my name it’s in the wind... Ellas las que comen las sobras y escarban en los basureros. Ellas a las que se les quiere penetrar el deseo a la fuerza. Ellas son las salvadoras. Y es el cine líquido el cine que nos mostrará los caminos posibles.

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