En el fondo no estoy hablando de nada más que de un cine capaz de inventar una nueva gramática que va cada vez de un mundo al siguiente, capaz de producir una emoción única antes de toda cosa, todo animal, toda planta, sólo modificando los parámetros de espacio y tiempo .  Raúl Ruíz

 

En el exilio, impuesto o voluntario, nuestras palabras suenan parecido. Reconocemos nuestro lugar de nacimiento en la fonética. Raúl Ruíz repite, en entrevistas y conferencias, que los y las Chilenas––y por extensión los y las Latinoamericanas––no tienen lenguaje. En una de estas entrevistas el entrevistador le dice a Ruíz: pero tienes el español, estás hablando en español ahora. Ruíz no está hablando lengua alguna, tan sólo une piezas como un ciego armando un rompecabezas. En su primer cortometraje La Maleta, rodado en 1963, perdido después y hallado tres años antes de su muerte, el lenguaje del personaje principal está compuesto por sonidos guturales y enredados: mmkgum, gmtjk,aggomm y así por el estilo. Estos sonidos se parecen a los de un trabalenguas: Tres Tristes Tigres Tragan Trigo en Trigal o A tidy tiger tied a tighter tie to tidy her tiny tail. El lenguaje fílmico de Ruíz es como un trabalenguas así como el lenguaje hablado dentro de sus películas; al final las palabras son también sonidos incomprensibles. En Tres Tristes Tigres, primer largometraje de Ruiz, los personajes aparecen y desaparecen de una escena a la otra sin transiciones ni explicaciones; la historia está entrelazada como una progresión numérica irregular.

En Diálogos de exiliados (1975) las conversaciones entre los personajes son y se convierten. Se trata de ser y convertirse, no de dar inicio y fin. Ruiz construye un laberinto y pone otros dentro, e invita a la espectadora a entrar. En una extraña entrevista hecha para el Festival de Cine de Rotterdam dice que sus películas nunca están terminadas, porque para él las historias y las películas no tienen ni principio ni fin. En la narrativa de Ruiz, esta idea va más allá de la teoría y se convierte en una condición. Es la condición del exilio, del extraño, del migrante. La condición de pertenecer a ninguna parte, de hablar ninguna lengua. Esta condición provoca una narrativa dislocada que, usando palabras de Ruiz, “se salta el paso de la elección”

En Chile, dice Ruiz, la gente aparte de no hablar ninguna lengua es capaz de hablar sin verbo, y a veces, inclusive sin sujeto. El verbo puede encontrarse en cualquier lado, puede no estar o puede ser una ficción. Esta estructura es como si los huesos estuvieran unidos fuera las articulaciones y nuestra columna vertebral estuviera desperdigada por todo el cuerpo. Sin una estructura lineal. No hay ni tres actos ni conflicto central, no hay camino del héroe; no hay héroes. Ruíz ha asesinado al héroe y lo que encontramos en la pantalla son seres nerviosos, que como todas, van dando saltitos en la incertidumbre. Los personajes no tienen un objetivo por consecuencia, carecen de barreras y conflictos. En las películas de Ruiz, los personajes tienen que tomar decisiones pero generalmente evitan hacerlo o Ruiz corta antes de que lo hagan; la toma de decisiones no puede ser medida, escapa del ojo como una sombra de la luz. Como escribe Nicanor Parra, citado por Ruiz: el tiempo es difícil de agarrar. Los instantes duran por siempre, los minutos se alargan, las horas pasan dolorosamente, los días desfilan, los meses se enrollan en meses, los años toman vuelo.

En varias listas de la filmografía de Ruiz hay trabajos que aparecen como incompletos. Ruiz, además de estar convencido que sus películas, y las películas en general, no tienen––o deberían tener––ni inicio ni final, cree que el cineasta está siempre grabando la misma película, una película sin final y cuyo inicio se desconoce. Puedo imaginar que si viera todas las películas de Ruiz, más de cien, estaría viendo La Maleta una y otra vez: un hombre que carga una gran maleta en sus hombros por pequeñas calles y oscuras habitaciones y encuentra un hombre, que puede ser o no él mismo, dentro. Hay un cuento de Jorge Luis Borges, El Inmortal, en el que el personaje nunca se despide puesto que sabe que al tener vida eterna en algún momento se volverá a encontrar con algún o alguna otra inmortal. Decir adiós, despedirse, es la aceptación tácita de que existe la posibilidad de nunca más volver a ver a esa persona de la que nos despedimos. Decir adiós, poner un punto final, es un signo de nuestra mortalidad. Y es por eso que para Ruiz las películas no deben despedirse porque el cine debe ser la narración de una historia eterna. Y así es que una imagen es siempre la imagen de otra imagen, así como en la escritura de Ruiz cada cuento que cuenta es un cuento de otro cuento; y el primer cuento, aquel que es eterno, es un secreto.

En su libro Poética del Cine, Ruiz cuenta la historia de un pintor que pinta la nariz de un dictador. La historia es larga y es acerca de más de un pintor, algunos mueren otros sobreviven. Una compleja lectura de la imagen podría llevarnos a caminos sinuosos, conceptos e interpretaciones. Mi lectura es simple, Ruiz está hablando de la dictadura que lo forzó al exilio, exilio que potenció su narrativa dislocada, sin suelo ni lenguaje. En Tres Tristes Tigres, Tito y Amanda están siempre buscando la cordillera, pensándola, tratando de encontrarla detrás de los edificios, detrás de las oficinas y el bienestar económico. La Cordillera es el lugar al que regresar, ese principio que nunca comienza.

Una narrativa que es siempre la misma y siempre diferente no es solo una narrativa de la resistencia sino también de…. Una estructura dislocada rompe la verticalidad y se amarra al sin sentido, a la razón de la sin razón…

 

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