Un lunes cualquiera decido ir al cine. “A ver lo que haya” digo. En la boletería me encuentro con Dunkirk, la nueva película de Christopher Nolan basada en la batalla del mismo nombre que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial. En algún momento hace varios años, me consideraba un seguidor de Nolan; creí que había en su visión una narrativa que caminaba por la frontera del cine hecho para disfrutar la Coca-Cola y el canguil. Todavía lo creo, así ya no sea su fan, y Dunkirk consolidó mi posición de que hay exigencias de la industria a las que Nolan se resiste, pero a las que finalmente termina cediendo. Disfruto de esas películas que me hacen doblar y guardar la bolsa de canguil que empiezo a comer en las propagandas; que provocan que el movimiento de mi mano rumbo a la bolsa de canguil se detenga, y entonces como detenido, como encantado, siga el movimiento de la imagen. En Dunkirk eso sucede, uno se congela y sigue el movimiento y el sonido. Hasta que la batalla termina, la calma vuelve y la esperanza llena las almas de los soldados, del pueblo inglés y por extensión, de nosotros los espectadores. Lleno de esperanza, entonces, abro mi funda y termino de comer mi canguil. Dentro de las narrativas de la industria, un espectador es ante todo un consumidor, y un consumidor no puede salir de la sala completamente turbado, desubicado, perturbado. Entonces la película se debe acabar en la victoria de la esperanza. De esa forma el canguil no cae mal al estómago.

El no poder escapar de la guerra, ni siquiera con la muerte, es un estado de terror. Uno como espectador experimenta el encierro de todos los soldados. Tommy, quien lleva la mirada en la tierra, más que ser un héroe es un testigo privilegiado. A través de él miramos el encierro y la desesperación. Lo miramos y lo sentimos. El horror ingresa sobre todo por nuestros oídos: la música que no para, como en casi todas las películas de Nolan, es una presencia que encierra a quien escucha; como en un centro comercial donde uno no puede escapar de la música ambiente, de las luces y de las ofertas.

Narrativamente Nolan estructura la película a nivel del espacio. Así que hay tres líneas narrativas: la tierra, el mar y el aire. En la tierra los soldados esperan en la orilla; se acumulan al borde de la playa, en el muelle. Los que no resisten más caminan hacia el mar, se hunden en él. En el aire, tres aviones ingleses se enfrentan a una tropa de aviones alemanes, se deslizan por entre las nubes, se esconden, disparan. En el mar, una embarcación familiar, un pequeño bote de navegación recreativa, se dirige a Dunkirk a salvar a los soldados; si en la tierra los alemanes hunden portaaviones bombardeándolos desde el aire, las intenciones de los tripulantes del pequeño bote parecen absurdas, ingenuas, suicidas. En el aire y en el mar se mueven las máquinas y los sujetos de la esperanza. De ellos depende que quienes están en la tierra sean liberados. La tierra es, entonces, un estado intermedio entre la condena y la salvación. En cada uno de los espacios hay una mirada masculina: un piloto, un soldado, un navegante, que me guía por la historia; más que protagonistas, estos personajes son como habitáculos de la mirada, en ellos se posa la cámara y sobre, y a través de ellos, yo me muevo por el espacio. Dunkirk es una historia de guerra, una historia de hombres. La esperanza es también la victoria de la hombría. Pero durante la guerra la hombría tiembla, suda, llora, se desvanece, desaparece. Solo hay cuerpos cubiertos de una piel llamada miedo. Reconozco el miedo en Dunkirk, pero no dura, no se mantiene, no late.

Licencia de Creative Commons

Mapa del sitio - Estamos en Facebook // Instagram // Vimeo //                      © Rengelismo