I

La pelota va al arco. Se eleva y empieza a descender. Cuando parece que se mete, el portero, el que guarda la meta, el que la protege, el que se para debajo del arco, da un paso hacia atrás, se eleva, contrae las piernas y rechaza el balón con sus pies. La locura. La irresponsabilidad. El desparpajo. En el segundo en el que el portero toma la decisión de elevarse podemos detectar la estrecha relación entre los porteros y lo impredecible, su abrazo con lo más valioso del juego: el azar.

Luego, el escorpión––la acrobacia antes descrita realizada por primera vez por el arquero René Higuita en un partido amistoso de su selección contra Inglaterra en 1995––se convierte en espectáculo. Se disuelve. Sirve para vender camisetas, derechos de televisión, bebidas hidratantes.

II

Quizá mi fascinación particular por los guardametas parte de mi experiencia propia con el oficio. Una de fracaso y frustración. Aprendí a ver fútbol cuando mis compañeros me mandaban al arco. En la cancha no podía parar el balón con agilidad, ni dar pases efectivos, mucho menos correr con solvencia detrás de la pelota. Escuchaba una voz queriendo ser gruesa que decía: pulga, o enano, o piojo, o nada más que “hey, tú al arco”. Y yo, bajando la cabeza me iba al arco comiéndome las lágrimas. Me aterraba la idea de que la pelota se chocara contra mi cara y me dejara tirado en el piso. Pero lo que pasaba es que mientras mis compañeros de escuela aprendían a confiar demasiado en ellos mismos, yo aprendía a lamerme el fracaso y configuraba, sin saberlo, mi propio concepto de valentía: uno que no dependía del tamaño de los huevos sino más bien de la textura del miedo.

Parado en el arco, aprendí que el juego tenía una lógica; mis compañeros eran hábiles pero sólo pocos entendían el juego. Había uno, pequeño y pecoso, al que yo envidiaba; podía jugar de lo que él quería, por su habilidad con la pelota y porque además era el dueño de la misma. Pero elegía armar una línea de tres niños parados delante del portero y colocarse él adelante. El niño sabía que el juego necesitaba un orden y era él entonces el encargado de dárselo. Un jugador número cinco fantástico. Yo, por otro lado, estaba tan atento al juego de los otros que descuidaba mi propia posición. Además no poseía habilidad alguna para el arco. Pronto dejé de estar en la portería y pasé a la banca, desde donde podía seguir viendo. Quizás allí me convertí en un observador y aficionado del fútbol, cosa que es muy distante a ser un hincha. El que ve y disfruta de ver canta poco, intenta no gritar, e insulta sólo en momentos de profunda desesperación.

III

Las arqueras observan el juego y esperan. Observan y esperan. Son la antítesis del espectáculo. Pueden pasar un partido entero paradas bajo los tres palos; pero su mirada debe estar siempre tras el balón. Y de repente ante una acción rápida, una genialidad de las estrellas, o un descuido de la defensa, deben mover su cuerpo desde la atención, quedarse quietas o lanzarse a donde vaya la pelota para evitar el gol, para silenciar la alegría.

Presuponen a dónde va el balón porque lo han estado observando. Las arqueras, además,  deben saber entender al viento.

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