Cámara Lúcida – Tercer Festival Internacional de Cine No-Ficción, Experimental y Poéticas Expandidas está sucediendo en Cuenca este momento, donde en varios de sus rincones me encontré con los lentes para tres ojos que simbolizan a la edición de este año. Durante el fin de semana salió el sol y solamente llovió en las noches, una rareza para lo que va del año en Cuenca, nos contaron. Este año, también nos contaron, el festival creció en escala, la diversidad de películas fue mayor, los espacios que las acogieron fueron más numerosos y se incluyeron proyecciones al aire libre. A una de esas asistí el sábado por la noche, en el Puente Roto, que es también un escenario común para las fotografías de quinceañeras y novias. Allí vi un par de cortometrajes que, junto a unos largometrajes y otros que había visto antes, me llevaron a escribir estas notas. Al hacerlo, encuentro que todas comparten una misión: la de cazar fantasmas. Y mientras más las pienso y re-imagino juntas, identifico una característica importante de la misión, y es que esta es sencillamente cazarlos, y no atraparlos. Esta cacería toma formas, precisiones, velocidades, estrategias y motivos distintos según el caso, pero en ella nunca triunfa el desánimo, ni la adrenalina inquisitiva. E incluso, en un momento, diría que deja de ser una cacería.

Aquí adelante, además de anotar mis reflexiones, haré referencia a palabras de mis amigxs y colegas que, en su momento, me llevaron a estas películas.

Y el encuentro fue mucho más emocionante.

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La siesta del tigre de Maximiliano Schonfeld

(Cazar el fantasma del tigre dientes de sable)

Durante un paso extraño por La Plata, ciudad simétrica con calles numeradas, amplias y árboles que se extienden largos hacia arriba, y que durante esa primavera del 2017 parecía haber poca gente, pero en realidad solamente sucedía que yo no las encontraba, donde además fui recibida por una familia maravillosa de mujeres durante un voluntariado que realicé con el Festival Internacional de Cine Independiente de La Plata Festifreak, vi La siesta del tigre en Cinema Paradiso, en la Calle 46, entre la 10 y la 11.

Al noreste de La Plata, cerca del Río Paraná, se sitúa la pequeña ciudad de Crespo en la provincia de Entre Ríos, que ha sido el gran terreno de inspiración de Maximiliano Schonfeld. En esta ocasión, Crespo es el escenario de la búsqueda de los restos de fósiles de un tigre dientes de sable, que realiza un grupo de amigos. Esto dispara un periplo que hasta ahora no he olvidado. Una mezcla de amenaza, picardía y espontaneidad me queda de esta película donde, según el catálogo de Festifreak, “la caza del felino fantasma se extiende más de lo planeado, y hay que encontrar una fórmula para surfear el tiempo. El canto catártico, los chapuzones desgarbados y el arte del graffiti campero ayudan a que no triunfe el desánimo”.

La observación de cómo se construye la complicidad, atravesada por un humor agudo, prevalece en esta cacería.

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El silencio es un cuerpo que cae de Agustina Comedi

(Cazar el fantasma del pasado del padre)

Varios meses después de ese corto viaje, me encontré con otra película argentina que me conmovió profundamente: El silencio es un cuerpo que cae. Esta vez fue en Quito y en el cierre de la emocionante maratón cinematográfica que fueron los 17EDOC. Con un tono de voz asertivo y a cinco minutos del arranque de su película, la cineasta nos cuenta (porque no se siente a que lo cuenta al vacío, sino con una intención clara e íntima a las espectadoras): “cuando yo nací, una parte de Jaime murió”. Jaime era su padre y esa parte que murió es la que ella caza a lo largo de este ensayo donde el afecto y el misterio son los motores narrativos. Jaime era su padre, y un collage de la cámara casera que sostuvo en sus manos hasta el día de su muerte, entrevistas a sus seres más queridos y otros descubrimientos y reflexiones íntimas, son los dispositivos de la cacería que Comedi hace al fantasma de su pasado, donde fue muchos otros, aparte de ser su padre.

Comparto un fragmento del texto que Carolina Velasco, editora de Recodo.sx, escribió para el periódico El Otro Cine:

“Es una pregunta compartida la de cómo son los padres y las madres antes de nuestro nacimiento. ¿Qué les hacía moverse? ¿Cuáles eran sus placeres? ¿Con quién compartían miradas cómplices? Pero en la vida de Jaime se suman más preguntas; su pasado no se revela con tanta facilidad. En Chile, durante los años setentas, como cuenta uno de los testimonios, tomaban a las personas en las calles y las torturaban ante un indicio de disidencia sexual o de género. Jaime, que fue pareja de varios hombres antes de casarse, vivía entre los placeres de los viajes, las amistades, sus parejas y las represiones de la época. Agustina con su cámara, y con la de su padre, encuentra en estos rastros una ligera nostalgia de un pasado que no es suyo. Al final, después de ir llenando poco a poco los agujeros con palabras, queda una imagen fragmentada de su padre, pero la directora se reconoce en esta imagen. Esta complicidad, y la posibilidad de que se desanuden poco a poco los silencios, representan un alivio para la voz”.

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Cilaos y La Bouche de Camilo Restrepo

(Cazar el fantasma de la hija y el padre muerto)

Al hablar de cacerías de fantasmas, no hay nombre en la programación de este festival que mejor resuene con ello, que el de Camilo Restrepo. Durante la proyección en el Puente Roto hubo dos cortometrajes que lograron crear un silencio casi total en lxs asistentes. El uno fue Flores de Jorge Jácome. El otro fue Cilaos de Camilo Restrepo. Una sucesión de ritmos, susurros, gritos silenciados, gestos que se hacen mímica entre sí, familias rotas y muerte, marcan la búsqueda de una hija a su padre para cumplir con los deseos de su convaleciente madre. Al enterarse que él ha muerto, decide cazar a su fantasma. La repetición incesante de gestos corporales, de miradas sospechosas, de intentos de acercamiento humano, del ritmo Mayola de la Isla de la Reunión, son el vehículo a un transe intenso.

Entonces no puedo dejar de asociar esta experiencia con la que vivió Orisel Castro, amiga y colega, al ver La Bouche, el otro cortometraje de Restrepo: “La mujer es una aparición doble y rutilante y su voz se repite y se quiebra con fuerza. Los saltos y los cabellos vertiginosos llenan el cuadro en silencio al inicio, solo se escucha el preámbulo de la percusión, pero ese movimiento se repite con el batir de las manos sobre la superficie del tambor. Al fin, el padre habla a través de un ritmo desquiciado, exuberante. Su cabeza se mueve, su expresión cambia mil veces y termina, volviendo al semblante adolorido y enigmático, sin abrir nunca la boca.

La realidad está en la música y en los rostros convulsionados, en la lengua y su sonoridad repetida como en un trance. La Boca, La Boca”.

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El hombre que siempre hizo su parte de Orisel Castro y York Neudel

(Cazar los sueños de grandeza)

Orisel, junto a York Neudel, con una cámara a veces nerviosa y un micrófono que deja traspasar sonidos más íntimos de la filmación como los de su pequeña hija, caza los fantasmas del Doctor Carlos Rota. Estos son principalmente, según el enfoque que han puesto lxs realizadorxs, los de sus sueños de grandeza. Pero esta cacería, como en La siesta del tigre, deja ver los entretelones de cómo se teje una complicidad, y permite apreciarse como una cacería mútua, que es finalmente el valor que mejor revela la picardía del personaje retratado.

Aquí unas palabras que Galo Pérez, editor de Recodo.sx, escribió a propósito de la película, en la ocasión de su estreno nacional:

“El Doctor Rota conversa de manera apasionada – sea el tema que sea – y en su voz suena la convicción de un experto. Eso quiere demostrar a esta cámara, y al parecer al mundo también. En su oficina hay montañas de documentos que se acumulan en el piso y los muebles. El Dr. camina por su desordenado archivo, se alegra cuando descubre el artículo que buscaba, lo muestra a la cámara y pide un clip para juntarlo con otro documento que antes estaba perdido. Pienso en las herramientas que tenemos para auditar la memoria y entiendo que la acumulación de papeles para Carlos Rota no funciona como este tipo de instrumentos del recuerdo, sino como un índice del pasado, para solo estar consciente de que se tiene a algo, en medio de la vida solitaria. Quizá una apreciación o una lectura extraña que al fin logre reconocerlo y redimirlo”.

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Milla de Valérie Massadian

(Cazar la adultez)

El domingo de Cámara Lúcida fui al Teatro Sucre a ver Milla, retrato cautivante y demandante de paciencia de la transición que experimenta la adolescente que le da el nombre a la película. Valérie Massadian dice interesarse por esos momentos limbo en la vida de una mujer. Aquí Milla caza la adultez y Massadian su soledad inicial al hacerlo. Milla la caza ejerciendo con resiliencia los actos más minuciosos que componen a lo cotidiano y a lo doméstico de su nueva vida. Massadian la caza con igual afecto por la monotonía como por los quiebres mínimos e irreversibles que la acechan. Éramos pocos en la sala y la cámara que permanece siempre abierta y sigilosa ante el paisaje frío del mar de la Bretaña o de Milla embarazada trabajando en un hotel, ya sin su pareja, intensificó la soledad de ese momento. Sin embargo, hacia el final ese vacío se empezó a remediar con el nacimiento de su hijo. Sospecho que tanto para ella, como para nosotrxs. Y la sala se dejó de sentir solitaria, y la cacería se tornó colectiva y cómplice. Y pasó de ser una cacería a un canto sostenido a la resiliencia que las acciones de Milla dicen en alta voz, aún si su mirada lo dice en voz baja.

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