Edmund cae. Se deja caer. Minutos antes Edmund deambula por entre los escombros. Sube a un edificio viejo. Mira por las ventanas. Lanza piedras. Salta. Y luego se para en un borde. Cierra los ojos. Se toma la cara. Da un paso al frente. Vuelve a cerrar los ojos. Y luego lanza su cuerpo hacía adelante. Se deja caer.

Vi Alemania Año Cero por primera vez en una pequeña sala de cine de una Universidad. Estaba en las primeras filas, y salí a la calle temblando. Rossellini me enseñó que al cine se lo siente en el cuerpo. El temblor duró unos días y la imagen de Edmund cayendo, que mi mente construyó, se repetía como una proyección continua en mi cabeza. En el cuerpo de este niño reside el peso de la guerra; junto a él desciende nuestra mirada y se estrella contra los escombros. No hay poesía después de Auschwitz, pero hay incertidumbre, horror, y un dolor que desgarra y pesa sobre la piel; empuja al cuerpo a caer: hay ruinas, escombros, vestigios.

En Septiembre de 2015 la fotografía de un niño kurdo ahogado en la orilla de una playa turca inundó la web, y se expandió con tal rapidez que creó un efecto global de reacción ante la crisis humanitaria de los refugiados. “El delicado cuerpo sin vida de Alan Kurdi acostado sobre la arena como si estuviese durmiendo”, escribe David Levi Strauss, “se convirtió rápidamente en un símbolo ineludible de la tragedia humana de la actual crisis de refugiados.”

El cuerpo de Edmund tirado sobre el asfalto, rodeado de vestigios, carga un dolor parecido al de Alan Kurdi. Aquí la diferencia entre ficción y documental es irrelevante. Es la desolación lo que lleva a Rossellini a filmar a un niño de 8 años dejándose caer desde un edificio en ruinas; la desesperanza de la guerra.

Hay ahora tantos cuerpos de niñas que reposan en la arena, en el asfalto, en la selva, en el desierto, en la vereda, que no podemos pensar que no vivimos en un estado de guerra. En nuestro mundo la violencia innecesaria, que parte de la injusticia, se mueve como si fuese una partícula de polvo. Se mueve y se reproduce.

Se puede decir tanto más; la angustia, la impotencia y sobre todo la frustración que viene de la comodidad trata de limpiarse en palabras. Pero en esta red en la que se dice tanto, resulta, a veces, preferible parar, y callar.

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