Desconozco la primera boca que pronunció el nombre de Guayaquil con el deseo de formular el entramado lingüístico Guayakill City. Estoy seguro de que la intención de pronunciar el kill surgió de una conversación. El sentido de fondo y la intención de la primera persona que pronunció estas palabras tampoco lo sabremos, pero estoy convencido de que, sea durante las primeras décadas del siglo XX, a la mitad o en sus postrimerías, estamos frente a un gesto performativo de nombrar la experiencia de vivir la violencia. Sí, y digo de la violencia y no de la muerte, porque kill es un verbo: matar. ¿Acaso no matamos únicamente en relación a otrxs?

El término matar me recuerda a lo que en una ocasión una compañera de clases nombró como “interrupción del ciclo de vida”. Hablamos de la posibilidad de detener involuntariamente el proceso de crecimiento y desarrollo de un cuerpo, despojar de la palabra, asesinar las pasiones o mutilar los cuerpos para que habiten un entorno donde reina lo inerte y los colores de la vida se trasladan a una cromática de grises. Guayagris y Guayakill son expresiones de protesta por una vida negada. En una ocasión, una amiga me confesó haberse olvidado de ser joven a causa de esta ciudad. He decidido hablar en primera persona (because it’s better for my health)[1], sin olvidar mi voz como escritorx, tímidx, homosexual, rarx, melómanx, deseante, rebelde, esteparix, pero ante todo, como todx joven, en ese limbo entre la infancia y el futuro. En este contexto de pandemia por el COVID-19, la ciudad se presta para replantear nuestros sentidos de convivencia. Nuestras historias son ese lugar por el que ya hemos andado; ese camino íntimo que podemos retomar si creemos que esta posibilidad de futuro continúa vigente.  Este relato es mi forma de retomar un pasado subjetivo para expandir nuestra pregunta colectiva por el futuro.

 

Bitácora de unx escritorx nómada:

1. Mi piel no es de madera, es de arcilla

No hubo ninguna otra razón para mudarme a Guayaquil que no fuera estudiar Literatura. La impresión de mis padres siempre fue: “pero en Guayaquil se ve horrible eso que pasan por los noticieros”. Admito con pesar que compartí esa opinión durante mucho tiempo. Guayaquil significaba un par de recuerdos del malecón y las historias de la T.V. No tuvo que pasar mucho tiempo para verme envuelto en situaciones de violencia similares, para ser un caso-más-no-registrado. Mi vida en la ciudad se desarrolló en medio de los circuitos artísticos, donde el intercambio de ideas y compartir vivencias generó mi primera comunidad en ese lugar extenso e hiper territorializado. No puedo hablar de las cosas que suceden en puntos de la ciudad que desconozco por completo porque la ciudad es un territorio que comienza a habitarnos a medida que nos desplazamos a través de ella y adquirimos una serie de (con)tactos con el entorno físico, no-tangible y afectivo. Cada unx lleva una ciudad en sí mismx y eso es lo que la hace posible: la suma de vivencias que oscilan entre lxs cuerpxs vivxs, lo inerte y el espacio inmaterial donde acontecen las ideas y sentidos con los que se construyen las culturas de una ciudad.

El partido político gobernante ha formulado una idea homogénea de cultura bajo el lema de “madera de guerrero”, clasificando en una identidad maniqueísta a las personas  consideradas como guayaquileñas y las que no. Yo vengo de la ciudad de Esmeraldas. No sé si me puedo autodenominar migrante, pero sí sé que en mi sangre se han desplazado genes que habitaron esta provincia. Dos de mis bisabuelxs negrxs por parte de madre llegaron a Esmeraldas en un barco a principios de siglo desde Posorja y Chanduy. Mi abuelo continuó con su oficio de construir barcos y mi abuela con el de tejer vestidos. Otro de mis bisabuelos (uno blanco en esta ocasión) era un intelectual guayaquileño que decidió desplazarse hasta Esmeraldas para apoyar la revuelta de Carlos Concha. Por el lado de la familia de mi padre, mis tatarabuelxs se desplazaban desde Tungurahua hasta Guayaquil en caballo y tomaban ligeros descansos en casas o haciendas que les quedaban al paso. Fue así como se asentaron en San Juan de Chimborazo, lugar de nacimiento de mi padre y mis abuelxs. Nuestra producción genética es producto de un intercambio permanente de flujos producidos mediante situaciones afectivas (en los contextos del periodo de colonización, nos queda la duda de si estas fueron o no situaciones de abuso) dentro de un territorio, y apuesto que cada guayaquileñx lleva en sí la historia de un pasado de desplazamientos y migraciones. Los intentos del PSC por producir una identidad guayaquileña desembocan en una producción racializada del territorio y, con esto, de unxs sujetos que son valiosxs de proteger para el sistema y de otrxs que no importan. De sectores que pueden llegar a proporcionar los recursos para una vida digna y otros en ausencia total de estos. Ante la pandemia, nos encontramos con un sistema desigual que tiene claro a quién proteger y a quién dejar morir.

Pero la muerte no viene de esta negligencia de turno: es un proyecto político histórico que atraviesa nuestras relaciones cotidianas. Somos sujetos producidxs por unas entidades gubernamentales y económicas externas. Nos han arrebatado el cuerpo: somos vacío y a la vez pancarta publicitaria. En cada guayaquileñx hay un potencial sujeto capaz de ser diferente. La aniquilación de la experiencia pública de lo diferente —que se legisló durante el Proyecto de Regeneración Urbana al señalar en sus artículos quiénes pueden y quiénes no ocupar los espacios en función del “orden público” y las “buenas costumbres”[2] — sumada a una producción de necesidades de consumo alimentario que son nocivas para nuestra salud genera una experiencia colectiva de sistema inmunológico deficiente. 

Sospecho que existe una relación identitaria entre lo que somos, de dónde venimos y con qué nos alimentamos. Los días que tomaba la Metrovía no dejaba de ver cómo en unos rótulos gigantes la ciudad me estaba dando indicaciones de cómo debía alimentarme o en dónde debía comprar. Es curioso el efecto que tiene en ti salir de la estación de metrovía y observar rótulos gigantes de almacenes La Ganga o KFC, pero también lo es caminar por la calle Portete cerca de tu barrio y observar un sinnúmero de asaderos, venta de arroz con menestra y carnes, pizzerías, locales de salchipapas, como las propuestas ciudadanas que predominan y normalizan cierto modo de alimentación. Durante la crisis del Coronavirus he leído varias recetas que llegan a mi whatsapp de cómo mantener fuerte mi sistema inmunológico ante la llegada de los viriones a mi cuerpo. Me he puesto a pensar en mi bisabuela de Portete que vivía frente al mar y en las canciones sobre los pescadores de Totó la Momposina, en mi padre y las historias de las camionetas que llevaban sacos de cebolla en la madrugada para vender en el mercado de Riobamba. Cuando me veo al espejo, observo mis rasgos y la raya que divide mi cabello largo y liso, se me vienen a la cabeza las historias de desplazamiento de mis antepasadxs en medio de tanta mixtura de etnias por causa de la distribución de alimentos. 

Cuando me subía a la línea 27 y observaba a la gente mirar con asco mi pelo, comprendí que yo no encajaba dentro de los parámetros de “lo guayaquileño”. Y yo me pregunto si ese aprendizaje permanente por los alimentos que ingresan a mi cuerpo es compartido por estas personas que me observan, que me tocan con sus ojos, que sacan su celular y me graban. Un sistema inmunológico fuerte protegerá al ADN de los nuevos viriones pero también lo hará mutar y transformar el genoma de tu descendiente. Mi piel mestiza no es de madera, es de arcilla que a veces se camufla de cáscara de arroz amontonada durante tiempos de cosecha. 

 

2. Síntomas de una urbe que se asfixia 

Por ahí se dice que donde hay ciudad hay Estado, y donde hay Estado hay poder[3]. Las ciudades son las expresiones tangibles del Estado y se han cimentado sobre el permanente desplazamiento de poblaciones naturales y humanas. Me interesa pensarnos como seres constituidos indispensablemente en relación con nuestro entorno. Actualmente vivo frente al Parque Forestal donde puedo ver todos los días cómo unos árboles de Eucalipto ondean sus ramas mientras el viento entra por las ventanas. Durante los primeros días de la crisis por el coronavirus veía cómo acudían personas desesperadas por tomar ramas de los árboles para llevar a casa. La relación de utilitareidad con los distintos seres de la naturaleza es lo que nos permite llamarles a estos “recursos” y acudir a ellos en nombre de satisfacer nuestras necesidades, sobrepasando algunas veces las capacidades que nos ofrecen los servicios ecosistémicos. 

Estos meses he leído en redes sociales diversos posts de cómo durante el confinamiento se han reducido al mínimo nuestras “necesidades” de consumo. Pero pienso también en la existencia de otras necesidades a las que no damos nombre y en cómo podemos comenzar a preguntarnos quiénes están permitiendo que nuestros cuerpxs sigan funcionando. Mantenerse vivx es un hecho que sucede en la medida en que acudimos, como estas personas al eucalipto, a otros seres humanos por la necesidad de convivencia social, pero también a otros seres vivos por necesidades sea fisiológicas o también de agenciamiento[4] . Uno de los ejemplos particulares de esto son las especies de compañía o los animales domésticos, de los que podemos señalar que en el contexto de las sociedades urbanas occidentales, son los únicos animales que han recibido algo de nuestro respeto y creemos dignos de compartir espacialmente con nosotrxs. 

Es conocido que al PSC no le tiembla la mano para talar una ceiba, para levantar un edificio o una estación de la Aerovía. El más reciente atentado ecológico fue el de querer construir los túneles que conducirían al nuevo aeropuerto de la ciudad por debajo del Bosque Protector Cerro Blanco produciendo así el asesinato de cientos de animales y especies. No me sorprende que esto me traiga a la cabeza los deplazamientos que existen en las asentamientos populares periféricos que suelen llamar “invasiones” con la finalidad de construir ciudadelas para las clases sociales pudientes. Esta semejanza entre la historia natural y la historia social de los seres vivos converge muy bien en esto que llamamos ciudad. Hace pocos días he comenzado a dar muchas vueltas en mi bici por el Barrio Centenario, observando la diversidad de árboles que ahí existe en contraste con otras áreas de la ciudad.  Varios días a la semana me encuentro con trabajadores que dan mantenimiento a los árboles y plantas del barrio. Un colega me contó que ahí era el lugar donde antes vivía la antigua burguesía guayaquileña. En su relato, me comentó que ahí aún vive la madre de Jaime Nebot, anterior alcalde de esta ciudad, quien actualmente vive en la isla Mocoli. 

La urbe es entonces una edificación permanente de cemento y material inerte que se extiende sobre territorios habitados por diversos organismos y cuerpos conscientes, articulando ahí vida social y generando las condiciones de ciudad y, por ende, los discursos y las violencias del poder. Pensar a Guayaquil de esa manera no me resulta extraño. Los últimos estudios realizados por Guillermo Peñalosa, presidente de la Organización Ciudades 8-80, causó un malestar a los gobernantes socialcristianos cuando les señaló la urgente necesidad de reforestar la ciudad. Los niveles de calor y contaminación impresionantes lo atestiguan, pero no solo se trata de esto: se trata de reforestar los sentidos de las relaciones dentro de la ciudad. Comenzar a mirar a la ciudad en función de dignificar las interrelaciones de sus hábitats sociales y naturales implica reconstruir la episteme de una ciudad y abrirle el camino para que comience a convertirse en nuestro hábitat.

El proyecto de la Aerovía es la metáfora perfecta para esta idea de “futuro” que no se preocupa por el bienestar de sus poblaciones humanas y de sus ecosistemas naturales, lo que nos llevará directamente a una catástrofe. El presupuesto de la Aerovía bien pudo haber sido ocupado para activar un Plan de Acción durante la crisis del Coronavirus. Los miles de muertos tienen nombre y rostro, y si hilamos estas asociaciones, podemos denunciar que la negligencia del municipio y el gobierno nacional se debe a un desinterés absoluto por las condiciones de vida de las personas. Me atrevo a decir que existe una intención subyacente de destruir (Guaya-kill, recordémoslo).  Una alianza entre sociedad y naturaleza, al igual que la disolución de las diferencias entre naturaleza y cultura, podría llegar a ser una pequeña estrategia para denunciar esta ineficiencia política y comenzar a cambiar las cosas a nivel macro y micro. Caso contrario, sabemos que el futuro que estamos viviendo y que viviremos será un enorme y moderno cementerio. 

 

3. Un relato para oídos revoltosos

         “Te hablan de rebelde, marginal y revoltoso:

solo porque quieres, solo porque quieres ¡libertad!”

Descontrolados.

Vivir en Guayaquil ha significado un reto para mi estabilidad emocional y la de muchas personas que conozco. A veces me pregunto en qué momento desaparecieron los jams de música que organizaban en departamentos o los frecuentes recitales de poesía donde íbamos a embriagarnos, bailar cumbia y abrazarnos. Debo admitir que soy melómano para sostener este relato. Ser melómano es parte de mi diversidad, puesto que la diversidad sólo es posible en la transgresión de la norma o lo que los griegos llamaban “doxa” (valores comunes) o, en lenguaje socialcristiano, las “buenas costumbres”. Desde mi casa escucho todos los días a mis vecinos de edificio poner canciones de Britney Spears o vallenato. En las otras casas se escucha reggaetón, cumbia, salsa, baladas, y hasta ahí. La melomanía es una condición de placer —bendita sea la dopamina— a la que nos entregamos las personas obsesivas con aprovechar ese lado de la vida que a veces puede ser amable. Digamos que lo que escucha una ciudad dice mucho de su entrega corporal y espiritual. Sabemos que la música nace de diversos contextos culturales y va hibridándose con sonidos de otros territorios a medida que sus creadores o pobladores se desplazan hacia otros lugares. En una ocasión iba cicleando por la calle Chile cuando escuché un sonido de percusión junto con la vibración de unas cuerdas sonoras que me hizo detenerme, esperando que fuera un concierto de rock y poder entrar, tomar una cerveza y esperar que comiencen a suceder cosas. Cuando caí en cuenta, estaba frente a una iglesia evangélica.

La música es un material que hace que sucedan cosas. Diversos géneros musicales han acompañado luchas sociales y resistencias culturales a lo largo de la historia de la humanidad. Quiero hacer memoria de esa vieja ciudad guayaquileña sobre la que he escuchado varias historias. En una ocasión conocí en las calles a un viejo comunista —esa misma noche me pusieron escopolamina en las calles del centro— que me contó su historia durante los 80’s, cuando vino escapándose de la dictadura chilena. En esa época el Escuadrón Ambulante rondaba la ciudad y se llevaba a los jóvenes rebeldes a centros de detención clandestinos donde los torturaban y, a otros, desaparecían. Él fue y es trovador y pintor. Después de varias detenciones, la ocasión en que le iban a torcer el cuello, se salvó porque el comandante de policía que dirigió su captura le gustaba la pintura. Obviamente, me comentó que las pinturas del comandante eran horribles.  Además de eso me contó del ambiente universitario que se respiraba entonces, repleto de agrupaciones de izquierda o comunistas y de adolescentes de cabello largo que disfrutaban del rock, la trova y la literatura. Era una época de consciencia social que ha sido eliminada de la historia oral de las familias tradicionales de la ciudad. Pero esto se remonta a los primeros grupos anarquistas que llegaban en barcos europeos a inicios del siglo XX y comenzaron a formar los sindicatos de obreros. Bajo esta creciente influencia, se formaron las primeras asociaciones estudiantiles de izquierda durante los años 50. Había un espíritu revolucionario creciente que se observó con la salida de los estudiantes a las calles en los días 2 y 3 de junio de 1959 y 29 de mayo de 1969 bajo el mandato de los gobiernos de Camilo Ponce y José Velasco Ibarra respectivamente. Ambos acontecimientos terminaron con la masacre de cientos de estudiantes en las calles que, si le damos una lectura al asunto, eran la célula intelectual crítica que buscaba accionar por una transformación de las cosas.

Vivir en una ciudad que se reconstruye constantemente en base del olvido de su pasado hace también difícil que pueda existir una cultura rebelde. Las culturas en resistencia se han ligado permanentemente al trabajo de sus antecesores y esto es lo que ha permitido mantener la continuidad de sus procesos de lucha y transformación en base a la justicia social. Actualmente, la Universidad de las Artes es un foco crítico en la mira de ser ocupado por dirigentes de derecha, mientras que los manifestantes y activistas siguen siendo reprimidos violentamente por la policía en las calles. Si bien hay una movida cultural que lleva años trabajando y organizaciones sociales en permanente acción y resistencia, seguimos siendo pocos quienes consideramos que salir a las calles y levantar nuestra voz es necesaria. Lo observamos durante las jornadas del Paro Nacional con una convocatoria que no ocupaba más de una cuadra de personas manifestándose frente a la masa policial adiestrada. Una ciudad que reactive su memoria histórica podría construir unos cimientos fuertes ante cualquier intento de despojo. Ser unión, pero también ser masa diversa. Y para alimentar las fuerzas vitales que nos producen placer, para eso de mantener el espíritu de ser jóvenes: mucha, mucha música. 

 

4. El arbusto donde nace la bioternura

Uno de los mayores hábitos que generan las condiciones para que pueda sobrevivir a una ciudad tan violenta como Guayaquil es el afecto. Como homosexual y poeta maricón[5]  no siento pena en decir que me encanta explorar distintas formas del deseo. Un nómada que conoce los términos bajo los que desea, se desplaza por la ciudad agenciando sentidos de simpatía. No estoy hablando específicamente de atracción hacia otras personas: podemos hablar desde objetos hasta seres no-humanos con los que intercambiamos afectos y acercamientos. Si pensamos en esta idea del contagio por intercambio de moléculas a través de las superficies que tocamos durante nuestros desplazamientos por la ciudad, estamos reconociendo que el tacto es el mecanismo bajo el que las relaciones humanas/no-humanas/inertes se producen. Con el COVID-19 lo hemos presenciado: el contagio se produce cuando tocamos algo que haya pasado por las manos de otras personas. Mi crítica a la idea de lo humano-máquina durante estos tiempos es que, situaciones como la imposibilidad de educación virtual a causa de la carencia de recursos tecnológicos en ciertos sectores y familias, o la idea de coexistir a través de espacios virtuales donde los afectos y deseos se mezclan con la máquina nos demuestran que hasta cierto punto lo vívido de los seres humanos no logra efectuarse bajo la tecnología de lo virtual. Que algunas personas no puedan estudiar o que nos hagan falta las caricias durante el confinamiento es una demostración de que esta simbiosis entre tecnologías digitales y cuerpo excluye directamente a grupos de personas. ¿Podemos seguir pensando entonces que el rol de ciertas tecnologías es verdaderamente más importante que el bienestar de los cuerpos en el futuro?[6]

Pero yo quiero hablar del (con)tacto. Hace algunas horas recibí un mensaje de voz de un chico que me gusta mucho. Me comentaba que estaba leyendo en un libro llamado La vida oculta de los árboles, de cómo durante los procesos de urbanización, cuando un árbol interfiere en la disposición de la ciudad como en los edificios, las vías, o centros de comercio, los municipios proceden a cortar las ramas, para lo cual hizo una analogía (digamos cuestionable por su argumento biológico pero que da apertura a la capacidad de entendernos en lxs otrxs) con los brazos humanos. En su proceso de regeneración, el árbol segrega resinas que es una secreción que los protege de los insectos u hongos a los que a partir del momento del corte se ven expuestos y que podrían matar al árbol. Cuando estuve en Cali observé cómo talaban un árbol porque su proceso de regeneración había fallado y el árbol se había infectado y estaba muriendo. Los árboles se deprimen durante este proceso, y a pesar de que nuestra antropocéntrica y mamífera predominancia de dar valor únicamente al Sistema Central Nervioso nos haga creer que los árboles no emiten reacción ante esto, estamos ante un fenómeno de vida interna donde los procesos químicos suceden dentro del organismo a partir de su epidermis hacia dentro. Uno de los mayores logros del poder político ha sido arrebatarnos la voz y obligarnos a sufrir en silencio, como las plantas. Reconocernos en ese devenir es admitir que los procesos químicos del dolor y del afecto suceden dentro de nuestro cuerpo en relación con un modo de tacto (el corte del brazo del árbol) que proviene del exterior. La cosa está en cómo tocamos el mundo, cómo tocamos en función de la vida.

Agenciar la sintiencia (forma de sentir) de los árboles en nosotrxs mismxs es la forma en que reaccionamos con potencial bioternura al momento de relacionarnos con cualquier forma de vida que habite en la ciudad. Una ternura enfocada hacia la vida (bíos), pero también hacia el dolor de esos otrxs que forman parte de un sistema de ciudad que se sostiene entre todxs. Sabiendo que la presencia de árboles en la ciudad absorbe el CO2 que producen los vehículos o máquinas, durante esta época de pandemia hemos observado cómo cada individux, por insignificante que haya sido valorado su trabajo, cumple una función fundamental en el abastecimiento y sustento de la vida de nosotrxs como comunidad. De repente resulta absurdo que los trabajadores de la millonaria corporación La Favorita ganen un salario básico o que los vendedores ambulantes (esos que llegan a nuestras casas con comida) no tengan un seguro social. La bioternura nos hace parte de una sensibilidad ecológica ante el dolor de cada organismo sobre la tierra y su historia común de injusticias, al igual que nos introduce en un proceso de interrelación entre cuerpos-otrxs (si el sexo es solo una de sus formas, te doy la posibilidad de que pienses cómo has intercambiado flujos de sentidos y afectos con otrxs seres no-humanos) que es casi una forma espiritual de relacionarnos con el mundo. Si el futuro no es una valoración de la vida, me pregunto entonces, ¿cuál es su posibilidad? 

 

Cierre de la bitácora de unx escritorx nómada

Las casas del barrio donde vivo tienen una arquitectura muy particular. La mayoría de las casas tienen primeros pisos alargados; generalmente con un altillo y columnas altas que las sostienen. Este formato es una readaptación de la arquitectura de antaño, la cual se perdió durante el incendio de Guayaquil de 1896 y se  retomó en la construcción de nuevas estructuras a comienzos del siglo XX.  Pienso en cómo la arquitectura es un registro cultural de las transformaciones de un contexto específico: de la materia de lo no-vivo se hace una composición estética en donde habitan los seres humanos. Repensar las casas como una composición estética en la que sus elementos y funciones puedan satisfacer las necesidades de los seres que la habitan, me hace imaginar a las arquitecturas de nuestro tiempo ya no en correspondencia a fenómenos culturales homogéneos, sino más bien a lo que caracteriza a lxs seres que la habitan en su potencial diversidad. Una casa con enredaderas es una metáfora de cómo la vida vegetal se introduce de a poco en el centro de los lugares donde crecemos. Si pensamos en la ecología del planeta como nuestra casa, quisiera saber si hay una posibilidad de que mi barrio (y todos en los que he vivido y viviré) reescriba la arquitectura de su vivir. 

Pronto dejaré de saludar a los eucaliptos que viven frente a mi casa puesto que tengo que abandonar mi departamento a causa de la crisis. Con esto abandono el barrio vecino repleto de árboles–por donde me gustaba ir a pasear–y el mío–lleno de historia. Intento creer que adonde quiera que voy llevo una casa y que esta casa me lleva en ella. Debo volver a mi ciudad natal y restablecer mi antiguo hogar ahí. La posibilidad de tener una casa solo nos llega si tenemos las condiciones para habitar con dignidad, cosa que sigue siendo un privilegio de pocxs. El futuro no es ese fetiche por las hiperinfraestructuras que aprendimos de las películas de ciencia ficción norteamericanas. El futuro, para mí, solo existirá de esta forma: en la medida en que las casas dejen de ser espacios de encierro y se conviertan en organismos dinámicos por donde pasa el mundo y todo lo que estamos siendo. 

Escribo este texto por todas las veces que tuve miedo de salir de casa, para que no vuelva a pasar. Quizás habitar el soportal de la casa, como es tradición de mis vecinos, sea un primer paso. Mientras tanto, habito el umbral de la escritura con el mundo para hacerme saber que el tiempo que he vivido acá no ha sido un gesto inútil. Una Guayaquil habita en mí tal como yo habité en ella durante estos años. Y ahora que me veo con la obligación de irme, me pregunto, si con todo lo que hemos aprendido de estos tiempos pandémicos podemos caminar hacia la bíos con una mirada distinta de lo que queremos de nuestro futuro. Después de todo, no soy elx únicx que se ha hecho esta pregunta:


[1] Sampa the Great, guerrera espiritual de la música, lo dice hermosamente en su canción Grass is greener. https://www.youtube.com/watch?v=n7eZwB2ZSss

[2] Artículo 13 del capítulo V de la “Ordenanza reglamentaria de la Zona de Regeneración Urbana del Centro de la ciudad”, 2004. Enlace aquí.

[3] Cita tomada del perfil de Facebook de un amigo (Sixto Machado) donde dice: 

“La propia ciudad es, para Clastres, una creación del Estado: cuando aparece el poder, necesita un lugar de residencia, con sus almacenes, sus cuarteles y sus templos. Allí donde hay Estado hay, también, ciudad”.

[4] Inconscientemente estaba citando a Deleuze y Guattari. No recordaba haber integrado ese término en base a su lectura. Aquí dejo una definición del concepto que propone. (Deleuze).-Agenciamiento

[5] Esto según el relato de Roberto Bolaño en un capítulo de Amuleto donde Ernesto San Epifanio, poeta homosexual latinoamericano, es la metáfora de todos esos poetas que escriben desde el dolor que nos ha significado el deseo hacia nuestro mismo género en este sistema patriarcal. Digamos que Roberto Bolaño cree que los poetas homosexuales son hermosos y casi sagrados.

[6] Pensemos en ese Ser-máquina de la película Metrópolis, de Fritz Lang (1927) bautizada como “El hombre del futuro” como una predicción de la problemática impuesta por el neoliberalismo entre fisicidad del cuerpo/tecnología/el futuro. https://youtu.be/8huGJO7po_A?t=2606

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