A veces tiene sus ventajas llegar de noche a un pueblo tan feo cuya calle principal está en obras, llena de lodo, de polvo y de perros callejeros enfermos. La oscuridad anula tanto horror, neutraliza el ambiente. Uno ya no tiene que aguantar el estigma concreto de los pueblos que delimitan a los países “en vía de desarrollo” (en políticamente incorrecto: países jodidos y en la mierda).

Luego de haber atravesado el puente entre Ciudad Hidalgo (México) y Tecún Umán (Guatemala) al atardecer, un taxi -que me quiso cobrar el doble- me lleva a Malacatán. Los locales hablan sobre todo de cómo los señores de la droga limpiaron la zona de los pequeños delincuentes centroamericanos (guatemaltecos incluidos) que robaban por doquier. Ahora uno puede ir en paz en una bicitaxi al puesto migratorio de ambos países sin temer ser despojado violentamente de los pocos pesos y papeles que uno posee. En el camino, el taxista me cuenta sobre el declive del narco en la zona. Dice que la inseguridad está volviendo, que ya no hay quien los proteja y les provea esos empleos que ayudan a redondear el mes.

Como uno lo puede esperar de una ciudad fea, hay una oficina de buses/sala de espera desabrida , con pasos lodosos secándose en la baldosa blanca y una televisión transmitiendo “Tropa de Élite” doblado al castellano. Hay comedores feos, como el “Cristabel”, que en lugar de cocina tiene uno de esos puestos de comida callejera en la entrada. Por lo menos las tortas mexicanas son baratas, ricas y menguan el horror malacateco.

Ni quince minutos llevo en esa sala de espera/oficina y escucho cinco fogonazos.

Pirotecnia nocturna malacateca. Es como una costumbre forjada por las diferentes configuraciones sociales de la región: Narcos y oportunismo (armado) económico. Algunos nombres como Chamalé y los Huistas (el panteón del crimen organizado guatemalteco) surgen en las páginas rojas de los periódicos del país, hiriendo a cientos con su pirotecnia y ambiciones de control de rutas de trasiego de drogas.

Veo la cara de los demás presentes en la oficina/limbo y ninguno se ve preocupado. Salgo a ver qué pasa entonces y veo a un hombre, gordo y con la gorra de lado, correr pistola en mano bajo la mirada impune de nosotros, los espectadores callejeros. Ni lo pienso dos veces y me quedo postrado en una de las sillas de plástico del lugar, leyendo a Bolaño y su Gaucho Insufrible. El hijo de la señora de al lado sale y se fuma un cigarrillo, tratando de no pisar los charquitos de agua que se disimulan en el lodo. Regresa a sentarse, dejando huellas de lodo detrás de él y escupe, acertadamente, hacia la calle. Nadie habla en ese lugar, nadie, como si el cansancio o las imágenes televisadas de las favelas hipnotizaran a los presentes. No puedo seguir leyendo porque la luz del lugar es muy tenue y los ojos duelen.

Voy a la tienda que queda a dos puertas de la oficina para comprar una botella de agua. Sólo tienen Coca-Cola los condenados, y a un precio que me parece inmoral (un quetzal más caro que en la capital). No queda de otra que doblarse a la voluntad del vendedor malacateco. Al regresar, un señor ocupa mi silla. La verdad es que mejor me quedo parado, así no me gana el sueño y no me quedo dormido, nadie sabe qué me puede pasar. Finalmente escucho hablar a la gente de la oficina. La señora y su hijo son salvadoreños, de la Libertad (qué playas más bonitas, 

qué fea la crisis). Están huyendo de las maras de su barrio. Quisieron forzar el reclutamiento del chico, hecho al cual se opusieron rotundamente, y hecho que les valió el exilio y la pena de haber sido retornados a la frontera. Hay una muchacha con su bebé en brazos. Dice que viene de Santa Tecla, El Salvador. Ella quiere reunirse con su esposo y escapar, ya que los extorsionadores saben que ella recibe buena plata del Norte. Hay dos señoras nicaragüenses que tampoco pudieron ir más allá del primer puesto de la Policía Federal en Chiapas. Ellas están escapando la pobreza y miseria más trivial.

Al final de cuentas, soy el único guatemalteco esperando el bus. A todos los regresaron de México, centroamericanos indeseables del otro lado del río Suchiate (Xochi Atl, “agua de flores” en náhuatl. Lo menos que hay en ese río son flores) y del Usumacinta. Según el diario mexicano El Universal, 107 199 centroamericanos fueron retornados a sus países desde México. No se sabe cuántos niños se pavonean en esas estadísticas. Ni imaginemos cuántos lograron quedarse escondidos en territorio mexicano, y cuántos más lograron llegar al American Drim.

El señor que ocupa mi antigua silla (porque me fui a la villa) se llama Mauricio y es hondureño. “Ay mamita, ustedes cometieron un gran error de novatos, ustedes no se tenían que ir por Chiapas, y aún menos por acá, ustedes tienen que irse por el norte de Guatemala, por el Ceibo, si quiere ahorita le muestro cómo“. Este hondureño ha de ser un coyote de seguro. Pero al final de cuentas, no, no lo es, es otro migrante más por estas pinches tierras, pero con más experiencia en el terreno. Ya que la señora no tiene papel para apuntar, arranco unas hojas de mi cuadernito, se las entrego. Mauricio se pone a escribir una serie de nombres de ciudades guatemaltecas y mexicanas, poniendo en algunas un dibujo, o mejor dicho un garabato, para señalar donde hay puestos de migración en México. 100 pesos a cada chofer de bus para que pare antes de los puestos de registro y ellos puedan escabullirse por los montes chiapanecos, tabasqueños y oaxaqueños y así llegar al medio-oasis del D.F. “Tenga cuidado, viaje siempre separado de su hijo porque los federales se lo controlan a uno al llegar a la TAPO“. Qué buena onda este Mauricio, pero quiero ver cuando les pida dinero o algo por el estilo.

Son apenas las 21h30. Todavía tenemos que tres horas más de espera. Continúa la plática, muy amena, con Mauricio y los salvadoreños. “Con esa ropa papito, te van a deportar rápido“. Mauricio le da tips de moda al menor salvadoreño. Zapatos casuales, camisa arremangada y pantalones tipo jean. Son las 22h43. Una hora y cuarto más de espera en la fila de los condenados. Ya el sueño empieza a ganarnos y todos miramos la televisión callados, en pleno trance causado por los pixeles de una película sobre monstruos animados en 3D.

Al salir a fumar, les ofrezco un cigarrillo a Mauricio y al chico salvadoreño. Procedemos a inhalar humo juntos. “¿Y vos crees que eso de los aliens en el desierto ése en los Estados-Unidos existe realmente?“. Yo creo que es una invención bien lograda de la Guerra Fría que sirvió para ocultar tantos planes malévolos de ataque contra el Gran Oso soviético. Silencio. Bueno, no hay silencio del todo. Nuestro silencio está envuelto de canto de grillos, de voces lejanas en el parque y del ruido que hace la boca al expulsar el humo tabaquero. Mauricio dice que los gringos también llaman a los mojados “aliens”, que para qué ir tan lejos si ya tengo frente a mí a dos auténticos extraterrestres. Mauricio y el salvadoreño, con sus ojos ya achinados por el sueño, se van a sentar y tratan de dormir en las sillas de plástico. Yo prendo un nuevo cigarrillo y observo la calle que lleva al parque. Poco iluminada, se esboza una sombra tambaleante, que titubea sus pasos y divaga en la lobreguez malacateca. Es la sombra más etílica del mundo, sombra que merodea bajo esa lumbre tan pobre y fea del pueblo. Es medianoche y los comercios comienzan a cerrar, a bajar sus persianas deformadas por el uso.

Ya vino el bus“.

La mejor noticia en tantas horas. Lo último que se ve por los vidrios polarizados y empolvados del bus es el indecente fulgor artificial de Malacatán, su invariabilidad en el espacio-tiempo de este país tan indecoroso al que llamamos “Guate-mala”. La oscuridad reina finalmente en mis ojos, sosegado por el ronroneo del autobús. Recuerdo aquella frase de Bolaño, al cerrar los ojos: ” y después oí un aletear que pareció rasgar la noche y luego volvió, incólume, el silencio profundo“. Todos nos volvimos iguales en la oscuridad, poco importa si fueses hondureño, nicaragüense o salvadoreño. Todos dormimos, finalmente, un poco de descanso luego de tanto ajetreo, luego de que ese hoyo negro que es la frontera haya aspirado la energía restante.

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