Sin Dios, Bezbog en búlgaro, es el nombre de una montaña en Bulgaria. Para evitar una matanza en manos de los turcos, un sacerdote hizo subir a toda la gente del pueblo a la punta de la montaña para que así puedan estar más cerca de Dios. “Fueron todos asesinados como ovejas,” cuenta un personaje secundario hacia el final de la ópera prima de Raitza Petrova  “Bezbog” traducida como Godless, Sin Dios. Yo miro a Gana, su protagonista, moverse por una ciudad semi-destruida, semi-abandonada, en una furgoneta blanca y destartalada. Gana trabaja como enfermera cuidando ancianos. Va a sus casas, los ayuda a limpiarse, les entrega medicamentos, les da de comer, los baña. Y también roba sus tarjetas de identificación personal para luego venderlas en el mercado negro, con la ayuda de un mecánico. Él es su socio, una especie extraña de amante, y sobre todo su compañero de viaje en la toma de morfina; medicamento que Gana roba de su trabajo.

Gana ve, y a través de ella miro yo, por entre las puertas; mira el paisaje de una ciudad desteñida desde su balcón; asiste a la práctica de un coro dirigido por uno de los ancianos que cuida, y a quien también robó su cédula. Mira ese mundo nublado como buscando una esperanza; al menos una señal, un indicio de que los días pueden ser un poco menos grises. Así mismo yo, como espectador, espero un camino que permita dejar aquel territorio sórdido atrás. Espero por algo que a la mitad de la película, sé que no llegará. Y de alguna manera descreo de ese universo; siempre hay grietas y son las grietas las que hacen verosímiles los mundos ficcionales; y los reales también. Eso es lo que hace, por ejemplo, del cine de Michael Haneke un cine de horror; la posibilidad siempre presente de una escapatoria. Posibilidad que nunca llega en esta película; sin embargo la sola esperanza nos empuja dentro de la historia y nos hace sentirla en el cuerpo.

En Bezbog se filtra, por entre los poros de la historia, el retrato de una ciudad, de un país; la visión de un paisaje sin esperanza. Colores fríos y un invierno siempre presente, siempre punzante. La paleta de color se mueve alrededor de esos tonos verdosos y amarillentos impregnados en las paredes húmedas y descascaradas. Todo en este universo sin dios se va desmoronando, la misma imagen se descascara y proyecta un tiempo eterno borroso y sin futuro, una especie de purgatorio marginal en el que el cielo y el infierno no llegan a ser ni siquiera ficciones. Solo existe ese limbo descolorido de permanente desolación donde no hay espacio ni para el dolor. Así es el paisaje que construye Petrova; paisaje en él que ni siquiera la morfina es un escape.

Al final, en un extraño epílogo, algo dulce nos queda. Como mordisquear la punta de un caramelo después de comer un pedazo grande y amargo de wasabi. Esa sensación, que no es agridulce, sino apenas un refrescar después de un sabor amargo. Amargura de un encierro permanente, de un cielo siempre nublado, de unas relaciones siempre corruptas.

 

Bezbog será proyectada como parte del 2do Festival Internacional de Cine de Quito. Encuentra la programación completa aquí.

Licencia de Creative Commons

Mapa del sitio - Estamos en Facebook // Instagram // Vimeo //                      © Rengelismo