Este texto fue escrito a cuatro manos por Gabriel Noriega y Sebastián Tobón. Un diálogo a destiempo sobre la salsa como parte de nuestra convocatoria de Experiencias Sonoras lanzada en 2019. La autora de la fotografía de portada es Salomé Suarez

Bogotá, enero 2055

Mi querido Vladimir,

Si no fuera porque te tengo una noticia de última hora, una sorpresa que te dejará boquiabierto, no te escribiría ni para darte un saludo. Es más, te dejaría tranquilo en tu despacho, tanto sé que tienes por hacer. La cosa es que me topé,  el otro día, no sin cierto recelo, con unos documentos extraños. Son unos documentos viejos, descascarados, arrugados y bastante curiosos. Curiosos porque están fechados del 2006, cuando tú sabes que las macbook pro se vendían como pan caliente, como si las regalaran, aunque eran carísimas, y la gente era feliz, como idiotas, desperdiciando su dinero para adquirirlas. El autor, el señor que firma al final de las páginas, imagínate, es Cornelio Palma. Sí mi querido Vladimir, oyes (o lees, aunque sé que me oyes) bien.  Cornelio Palma, ese autor que he seguido tan de cerca en los últimos años.

Cornelio Palma debía ser un tipo curioso, un anacrónico, como el matemático y fugaz candidato a la alcaldía de París Cedric Villani, pues resulta que el insensato escribía a mano, con tinta y pluma, en un papel odiosamente caro y dificil de conseguir. (Esto te lo puedo referir porque mi padre tuvo una papelería en los años 70 en Bogotá y después de sostener estos archivos en su mano me dijo que se trataba de un papel sumamente fino). El contenido de los documentos no te lo puedo revelar aquí. Te los haré llegar con suma prontitud. Por el momento te ruego que te armes de paciencia. Cuando los recibas, sugiero que los leas y me des tu opinión. 

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Libreville, capital de Gabón, marzo 2055

Le había emocionado la carta de Estragón, aunque le molestaba su condescendencia. El muy pendejo sabía que estaba desempleado y aún así suponía que tenía “tanto por hacer”. En fin.    

El hilo del tabaco subía hacia la luz escuálida y amarillenta. La pieza olía a sudor, alcohol, tabaco y pergaminos viejos, viejísimos. Era difícil el trabajo de historiador. ¿Cómo no derramar una sola gota de café o ron en estos preciosísimos documentos? Pues eso. En este preciso instante se encontraba Vladimir trabajando con archivos. A primera vista, parecían los primeros escritos de salsología, apócrifos. Y, sin embargo, su corresponsal se los atribuía a Cornelio Palma. Es cierto que el estilo pedante y filosófico le hacían pensar más en ese autodenominado “fenomenólogo político”. Un farsante. Pese a la ceniza sobre los folios se podía leer la sustancia de estos fragmentos.

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4046 años

Son 46 años desde la primavera de la Salsa en Nueva York, desde que Machito, Tito Puente y Tito Rodríguez jalaban a los migrantes puertorros, cubanos, venecos, y también por ahí ecuatorianos, a los bajos del Palladium, en pleno Broadway a bailar de verdad y emborracharse de verdad —no como los fanáticos del entonces decadente y edulcorado swing. Problema, nos cuenta César Miguel Rondón en su Libro de la Salsa: los negros bajarían a Broadway llevando sus malas mañas, sus puñales y desenfrenos. La Salsa de entrada fue un grito, un “aquí estamos, y con nuestra alegría, ni el invierno ni la rutina (…)”. 

40 años de escuchar Salsa. Los ilusos ven aquí un milagro. Salsa. No cumbia. No merengue. No bachata. No vallenato. Salsa, su majestad, el ritmo más noble y popular que haya parido, lo que para ahorrarnos problemas llamaremos “lo latino”. 46 años que se escuchan más bien como 4046, y no porque haya cansancio, sino porque la Salsa no viene realmente de los años 60s. Viene de antes. No, de los años 30 tampoco. Ni del siglo XVI, ni nada que se le parezca. La Salsa es ancestral como el tumbao, como un lagarto, ancestral como la respiración, y por eso, sin esfuerzo alguno, nos sobrevivirá. 

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La procedencia de estos documentos era todavía incierta. Se los había enviado su colega Estragón por correo postal, con una nota que decía: “Loco, esto es un tesoro. Encontré estos manuscritos en una casona vieja en la Candelaria en el centro de Bogotá. Lo más posible es que sean de ese tal Cornelio Palma, aunque difícil aseverar con exactitud. Lo que sí, es que sientan las bases de eso que hemos estado queriendo hacer en estos días. Elevar la vida, las enseñanzas de la salsa, al estatuto de conocimiento. Así pues, si hay salsa, y si hay un conocimiento acerca de ésta, eso debe ser una disciplina de estudio. Creo que estos documentos sientan las bases para poder empezar a pensar algo que podría llamarse la Salsología”.

A veces pareciera que Estragón fumara demasiado, o que se la pasara borracho todo el día. E incluso así, en el fondo, la cosa tenía una pizca de sentido. Emocionado, Vladimir siguió con la lectura.

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La Salsa es el Todo-Mundo

Infructuoso sería procurar el origen de la Salsa o de la utilización de esta palabra para describir al género musical. La mayoría coincide en reconocer la matriz cubana, el vínculo directo con el Son. “Salsa” también sería el término que agrupó a la música latina producida en gringolandia a partir de los años 60. Pero la raíz de la Salsa es indubitablemente rizomática, múltiple y compleja. Se oye en la clave del tambor no solo a Puerto Rico y a Cuba, a Venezuela y a Colombia: se oye al África y al Mediterráneo. Se oye a la playa y también se oye a la gitanía y quizás al Magreb en la sequedad del bongó. Se oye al monte, al caserío y a la fogata y también al rascacielo neoyorkino en los órganos eléctricos.

¿De dónde viene la Salsa? Del mundo entero y de su corazón. Viene del centro de la tierra, dicen los cursis, y eso, el corazón de la tierra, se escucha con los pies. Con los pies, que son miles de terminales nerviosas que nos conectan con los rizomas que nos preceden, a nosotros y a Palmieri, y que preceden al Son y al mismísimo tambor.

La Salsa es música del Todo-Mundo. 

Fue Édouard Glissant, el más grande pensador de las identidades y las culturas del siglo XX, quien inventó este término “Todo-Mundo”. Nacido en una Martinica colonizada por los franceses, territorio donde se exterminó a las poblaciones más antiguas y se pobló de negros esclavos para el cultivo de la caña, Glissant entendió que las identidades son siempre cultivos diversos, móviles, que son siempre errancias y mestizajes y que los esencialismos son reducciones peligrosas. La identidad, como la Salsa, es una cuestión de movimiento. Las comunidades que se encierran estáticamente sobre sí mismas están condenadas al malestar y quién sabe, peor. Por ahí aboga por una Cultura del Mestizaje, consciente de que todo lugar de enunciación, todo paisaje, es al mismo tiempo todos los paisajes. Decir tu lugar es decir el mundo, el Todo-Mundo. La Salsa, encuentro de raíces múltiples, nos pone en Relación con la otredad.

Resiste en la Salsa algo innombrable, mucho mayor que nosotros, algo que duerme o ronronea y que está ahí, recordándonos el mundo, el universo. Algo que se escucha con los pies, que está en la tierra y que se convoca con lo que hay de zapateo en la Salsa. Golpeando los pies contra el suelo se despiertan, se activan los principios activos del son: por eso, aunque la Salsa se baile en salones y con frac, se siente siempre como bailar descalzo. Descalzo y con ropa ligera.

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Envalentonado por el tono del texto, satisfecho de saber que sus opiniones coincidían con las de un eminente pionero de la Salsología, Vladimir se tomó un par de cañas (ya se había vaciado la botella de ron), encendió otro cigarro y decidió lanzarse en la escritura de unos cuantos párrafos que pudieran entrar en diálogo con estos fragmentos.  Escribió lo siguiente:

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Dos Salsas

Hay dos tipos de Salsa. La Salsa Brava, clásica, o rumbera -la verídica- y la Salsa Romántica, de Cevichería o de Chongo, que es todo lo que hay entre Eddie Santiago y el infierno, esa que Luis Miguel, pensador colombiano,  llama salsa de motel. 

Tema universal, el Amor. Es indecible, indefinible, como lo dice Carver, por ejemplo, que no sabemos de lo que hablamos cuando de aquello hablamos. Y sin embargo, la lección de esos cuentitos de Carver es que no hay nada más de lo que hablar. 

Claro que todo depende de cómo se aborde la cuestión. Por un lado, los tristísimos Willie Gonzales, Jerry Rivera o el mismo Gilberto Santa Rosa, que es un impostor. Del otro lado está el Panteón del “ritmo nuestro mi hermano”, con Ismael Rivera y Monguito Santamaría juntos de la mano como un solo lucero. 

En el primero de estos estribos están los lugares comunes, con el besito platónico como referente máximo, las ganas de cometer el harakiri ante una decepción, el perdón y el llanto. Lugares comunes pues la decepción es tratada como decepción y el llanto se canta en llanto, en ese tono tan próximo a la bachata y al lamento. Lamentarse lamentando o el júbilo a lo Disney: he ahí la dualidad imperante en la Salsa Colonizada que tan tristemente inunda buses, chongos y cevicherías y redobla la estética de la telenovela. 

Por el otro está la mismísima vida: la ironía y el antiabsolutismo, la alegría que sube en la tristeza y, porque la Salsa no es un chiste, el dolorcito en la alegría. Pero primordialmente lo primero: se te quema la casa al Son del Bongó. Se te roban la novia al Son del Bongó. Las congas llaman a llorar con esperanza cuando el mayoral asesina impunemente. O a bailar. Cuando muera no me lloren, dijo Lavoe. En la salsa incluso la muerte incita a bailar.

La Salsa, no nos compliquemos, es siempre fundamentalmente alegre. El son, el repique, la clave o los vientos son alegres, y todo lo demás —que también es la Salsa— suena desde un lugar que no abandona la esperanza. 

Hay una frase que regresa como un leitmotiv: Pa’lante, echar pa’lante como un elefante

La Salsa y el mar

La Salsa no es de dios. Las vidas de los salseros es la confirmación muchas veces trágica de esta premisa. Juanito Alimaña puede perfectamente ser entendido como un alter-ego de Lavoe, que se metía de todo y llegaba tarde a todo lado. En Guayaquil fue preso por borracho y patán. En Colombia, según cuentan, se escapó de unos narcos que lo habían contratado. 

La Salsa no es de dios porque es de la calle, pero si fuese de algún dios, sería de alguna diosa africana, que son imperfectas, más cercanas a nosotros que a los santos. Son diosas humanas. 

Seguramente de Ochún o de Yemayá, como lo vaticina el canto/ofrenda que les dedica Lavoe, pues Ochún y Yemayá comparten la filiación al agua. La una es diosa de los ríos y la segunda de las desembocaduras y los mares. Diosas de las riberas entonces. De las riVeras, que como Ismael (el juego de palabras se demandaba a sí mismo) comunican con las lejanías, con lo otro tan cercano, tan propio y tan ajeno. La salsa es caribeña, es música de las islas, confinadas y abiertas sobre los mares, sobre las otras islas, sobre el recuerdo de África. La salsa es archipelar tal y como Édouard Glissant lo entiende. El Pensamiento Archipelar nos abre, desde nuestras tierras hacia los mares y los recuerdos y las huellas que nos preceden y que de cierto modo precedemos. La Salsa es archipelar porque es el presente de tantas diversidades que erran, abiertas sobre las extensiones y que ponen en relación los horizontes. Lo archipelar es el sentimiento que te produce ver al mar desde una isla.

Ochún y Yemanyá son las diosas de las aguas y de la fertilidad. En ellas confluyen la imagen mítica de la lejanía africana así como el tiempo histórico, cruel, crudo, de los barcos negreros. Glissant ubica allí, en las bóvedas de esos barcos, a la nueva génesis de los pueblos afros que son pueblos desarraigados. La Salsa, filha de Ochún y Yemanjá, nació en un triste barco que se dirigía a New York.

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Curioso, pensó Vladimir, toda esa diatriba sobre la identidad y sobre lo “latino”. Es cierto que los latinos se mueven al ritmo del bongó, que los bajos del son revientan en los tímpanos de los bailarines y que estos estrellan sus zapatos contra el suelo. Pero ni una mención sobre el lenguaje, sobre la lengua. Ese español de la Salsa, del Son, es reconocible por todos los pueblos de habla hispana. Y, sin embargo, reto a algún intrépido que no sea cubano o puertorriqueño que me explique el significado de términos como Guajiro, Guarachar, Parchar, Cumbanchear, Guaguancó. Esa jerga sólo la dominan los soneros de verdad. Entonces concuerdo con el argumento de este pergamino, pero pienso que la salsología deberá incluir ineluctablemente una reflexión sobre la lengua, más precisamente, un análisis textual de esa lengua tan maleable, diversa, barroca, polivalente y milagrosamente unificada que es el castellano.

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El son es lo más sublime para el alma divertir

Salsa y fertilidad van ligadas de la mano, las caderas y el ron ustedes saben que no miento y las miradas y los vestidos, el sudor y el amor, así tan sencillo, un amor no necesariamente romántico y cursi, un amor más que del cuerpo de la carne, honesto y realista. Amor carnal. Estado primero y quizás último del deseo pues entiende que al estar con los otros, en salsa, me encuentro comprometido en un mismo mundo físico-social común a todos. La carne comunica, la carne es tu cuerpo y el mío y lo que hay entre medio. Y la fruta voluptuosa de los rituales de trance que preceden a la salsa. Basta de pudor, a comer. A comer con Salsa. 

Ritual del sabor y el deseo, la Salsa es más mundana que espiritual. Se eleva en percusión como el viento, disculpen la imagen, para aterrizar como un hombre con alas de albatros. Un aterrizaje pesado, que levanta polvo. Más sencillamente: la salsa parte de lo concreto y allí regresa. Interesa en la Salsa como en la mejor literatura no tanto el mito sino el contramito. Pedrito Navaja, de Blades, Juanito Alimaña, de Lavoe, Ramona de la Ponceña (la mejor orquesta de todos los tiempos), son solo héroes, en lo que tienen de anti-héroes. Sin olvidar al famoso Perico Macoña de Canales.

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Dicen que antes, antes de quién sabe qué, la palabra y la música eran una sola cosa inseparable y que al hablar la entonación, la melodía, las consonancias y asonancias, se mezclaban en un solo presente lisérgico. Ismael Rivera es una reminiscencia de aquel tiempo mítico. Su canto es sin esfuerzo. Contar y Cantar, dos verbos que comparten tanto y quizás sean lo mismo. La Salsa lo sabe, Rivera mejor que nadie, Blades también. Al coro, aleccionador, repetitivo, que convoca al trance, que es repetición, giro y vértigo, el cantante interrumpe y lo pinta en versos diversos, cantados pero casi hablados, como en el rap, pero con caribe en los dejes. Si el RAP se llama así por ser Rythm and Poetry, la Salsa podría ser Ritmo y Prosa, Ritmo y Narrativa, porque cuenta aventuras, pero lejos de la épica, o si hay épica, una épica mundana, de lo que pasa en la calle,  la anti-épica de las diosas africanas. 

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En esas se encontraba Vladimir cuando se asomó por la ventana. Libreville y su mar se cubrían de la luz morada de la aurora que entraba por entre las cortinas. Sin darse cuenta, había estudiado toda la noche y había seguido derecho. Escuchó vida en la cocina. Blanca, la señora que trabajaba para él, también migrante latina en el Gabón, ya estaba preparando café. Irrumpiendo erráticamente en la cocina, Vladimir le dio un fuerte abrazo a la señora. “¿Se le ofrece algo para comer, señor?” Preguntó doña Blanca. “Salchicha con huevo”, pidió Vladimir al amanecer.


 

Co-autor:

Sebastían Tobón: Es un estudiante de doctorado en ciencias políticas en la Universidad de Illinois en Chicago, aunque se apasiona más por la salsa y la literatura latinoamericana.

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