Desde que mi mamá me sintió en su barriga soy Isadora. 

       

 Isadora 

             como su amuleto para tenerme sola y 

libre.

 

Desde que soy niña el libro de su biografía recorre distintas repisas de nuestras casas, recuerdo abrirlo por primera vez a los catorce años y detenerme en las fotos, en el movimiento de las telas que envuelven el cuerpo de la bailarina que ante la historia creó la danza contemporánea (1). Empezar la lectura y pausar al encontrar en él el diálogo de nuestros cuerpos y mi miedo al pensar el peso de su nombre. Buscar a mi mamá con el libro en la mano y en vez de encontrar una respuesta oir su voz diciéndome: “esa es la mejor biografía sobre ella, pero debes leer Mi Vida, es uno de los libros más bellos…” A pesar de que llevo su nombre, hay algo en sus biografías que hacen que los tenga como objetos que me acompañan y esperan el momento azaroso para abrirse y convertirse en fragmentos que despliegan un pensamiento corporalizado e íntimo, al que me cuesta poner en palabras, como la película de Damien Manivel. 

Después de ver Los hijos de Isadora (2019) de Manivel, vuelvo a ellos mientras congelo la imagen de mi pantalla y me suspendo en el silencio de las imágenes. Experimento al cine como danza, y La Madre, danza que compuso Isadora dedicada a sus hijos después de que murieran ahogados en el Sena en el año de 1913, tema central de la película, se vuelve una coreografía de imágenes táctiles donde revivo la poética de la pérdida. Una pieza de danza articulada de tres historias a través de los cuerpos de cuatro mujeres. Me veo como una más de ellas, escarbando en mis ausencias, en el recuerdo y el carácter de relato que tiene una vida que se manifiesta en gesto, buscando en los míos las imágenes de aquello que no puede nombrarse, queriendo ser un cuerpo que hace de la muerte un gesto de absoluta belleza como lo hizo Isadora con su vida y a su vez Damien en esta película.

 

                                                                               La primera vez que volví a tocar el piano después que mi papá se murió fue en un cuarto de ensayos de la universidad: pequeño, de paredes blancas y con poca luz, con instrumentos de percusión que los imagino de Surinam, Curazao o alguna Antilla, cubiertos de olvido, como el pasado colonial que flota en los canales de esa ciudad-. Me senté, abrí la tapa, coloque las manos y volví a ver mi cuerpo sentado en una banca clausurando todo sonido y escuchando lo que acontece en el cuerpo. Repasé las teclas como lo hice con sus manos antes de que se vuelvan piedra, buscando en el frío del mármol desgastado nuestra última caricia. Miré la portada del libro de partituras, y el azul del mar difuminado al del cielo se tornaron en horizonte, luz y sonido. Vuelvo a ver en los encuadres que acompañan a la joven bailarina de la primera historia que narra la película la misma luz azul: tenue, muda, como la de esa noche de su muerte que parece haber venido con un extraño estado de languidez que lo cubre todo y me jala al centro de la tierra. El mar suena en todos los azules que van apareciendo a lo largo del día de ella hasta llegar a esa sala de estudio blanca, donde la marea de autos son el contrapunto del piano silente que toca Skriabin. 

Escucho la respiración de la Ela que duerme junto a mi, miro el movimiento de aire en su panza, y las ráfagas de sonido de los motores también se sienten como oleajes que rompen la quietud de nuestro altillo. Busco a Skriabin en mi dedos, el lila del do#, el celeste pálido de esa tonalidad que el compositor postromántico ruso sentía con esas notas. Hallo en un estudio que fue compuesto para desarrollar la técnica, el movimiento del afecto que se prolonga en una melodía de acordes. Encuentro en esa bailarina que repasa los movimientos de Isadora el silencio de la muerte, como esa burbuja que te aísla y encapsula, donde todo lo que acontece en el mundo exterior no se separa del abismo profundo que florece en el pecho. La capacidad del dolor de ocuparlo todo y hacer de cada sonido oleajes de sensaciones que acompañan la imagen de la memoria. 

 

“Cada gesto tiene un significado”,  le dice la maestra a su alumna en la segunda historia que articula otra interpretación de La Madre. A diferencia de la primera ya no es la voz de Isadora la única forma de la palabra, sino las de ellas que agregan un nuevo hilo a la coreografía. Se abre otro diálogo entre los cuerpos: una madre que extraña a sus hijos y una alumna con síndrome de down que hace de su intimidad otro gesto que se plasma en otra interpretación de la obra. 

Nos veo en esos pies y me acuerdo del dolor de los míos en mi primer intento de ser Isadora. Repaso su cotidianidad: el frío de la madera vieja incrustandose en mis hendiduras; mi voz dudosa diciéndole a mi mamá que me gusta la danza pero que prefiero la música -por miedo a contarle que me duelen los pies-; el placer de mis plantas al tocar los pies del Francis y su calor que envuelve el páramo de nuestra cama; la suavidad de los pies de mi abuela en cada noche que le puse crema al cuidarla. Miro las imágenes y me los toco, vuelvo a ser niña y a sentir las manos de mi mamá sin artritis como arena suave y húmeda masajeando mis pies hasta que me quede dormida. Sus dedos mezclados con su canto me llevan a nuestro mar. Un mar ancho y largo, lleno de conchas, piedras, caracoles y estrellas de mar rotas, un mar para caminar donde vamos salpicando agua, como en una de las escenas de la película y jugamos en la orilla mientras ella sigue cantando. Yo la observo como si fuese una imagen que existe por sí sola,  guardo sus pies y la brisa de su canto de sabernos juntas y dejó a la imagen muda, independiente al tiempo, convertida en paisaje que figura un comienzo sin continuidad. 

“Encontrar el gesto propio” no solo se vuelve el consejo que le da la profesora a Manon, sino la forma de descubrir la danza en cada una, en esas imágenes que parecen existir como átomos de sensaciones que sólo pueden empezar a narrarse por esa pérdida. A pesar de que lo esencial de toda experiencia es irrepresentable, el poder de la imagen que se despliega en el lenguaje cinematográfico de Manivel muestra la posibilidad renovada de volver a aquello que pensamos como concluido. Por medio de la imagen se capta algo que parece ser intolerable. Las imágenes son un gesto del cuerpo que pone en acto afectos y recuerdos que parecen ser independientes uno del otro y se ubican como espacios en sí mismos: paisajes con una presencia casi autónoma que parece sustraer el tiempo.

Elsa Wolliasto (mujer de la tercera historia mirando la interpretación de La Madre de Mannon).

La belleza que encuentro en las corrientes doradas del tapiz, en la simetría de la composición, en el letargo de la última mujer de la historia que articula su cotidianidad a la coreografía de La Madre, hacen que agradezca que Isadora haya sido un amuleto que me dio una madre soltera que hace de la pintura su palabra. No puedo evitar retroceder la imagen, poner pausa y mirar las escenas de su cotidianidad una y otra vez, la sutileza del trazo de sus movimientos que bailan la belleza del silencio que te deja la muerte, que marca una vida irreversible. Para ella, una vida sin su hijo, para mi, un cuerpo con muchos vacíos. Recuerdo ese primer instante invadiendo mi cuerpo a los nueve años cuando supe que mi primo José murió degollado por un tractor, el silencio cubriendo todo el barullo del juego; la planicie blanca ocupando la cama de mi mamá cuando Lucas, otro de mis primos de mi misma edad, se accidentó; la pausa como coda de un abrazo de reencuentro con mi amiga antes de decirme que mi abuelo se acababa de morir; las pupilas de la Gladys brillando de tristeza como reflejos de los postes de luz sobre la cama, buscando que sea mi voz y no la ella la que anuncie la muerte de mi abuela a mi mamá y a mis tías; la sordina en las fiestas familiares que trajo la muerte de mi dos tíos con cáncer; mi grito mudo con el cuerpo de mi papá infartandose en el closet de mi cuarto y mis ojos buscando un encuadre violento que me saque del espasmo; el prólogo silente en medio de los gritos de una aula que confirma la sobredosis de mi ex pareja; la imposibilidad de escucharla, verla y tocarla que me trajo la muerte de mi tía con covid. Tajaduras en forma de silencios. Cicatrices que marcan mi cuerpo de ausencias que se deja llevar con el movimiento de las manos bañadas en un piano lleno de caricias mudas.  


Nota al pie:
1. Isadora Duncan (San Francisco 1877- Nisa 1927)  fue una bailarina y coreógrafa considerada la creadora de la danza contemporánea. Su danza se caracterizó por el uso de su cuerpo como expresión de la emoción, elementos teatrales y lumínicos, el baile  de los  “grandes compositores clásicos” y la influencia del arte griego. Creció con su madre y sus tres hermanos, todos muy relacionados al arte, en particular, a la música y a la danza ya que su madre fue profesora de piano. En su biografía Mi Vida, la cual quedó inconclusa por su muerte trágica en un accidente de auto, cuenta su relación con el mar y como este le dió la idea del movimiento.

 

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