Esta publicación fue realizada a partir de la convocatoria sobre experiencias musicales y sonoras realizada durante mayo y junio de 2019 por Recodo. Los nombres de los personajes han sido cambiados por petición de ellxs.

Escribo sobre esto porque es uno de esos días en los que saco mis disonancias y sondeo los tonos con los que se mueve mi cuerpo, escucho el compás con el que late mi pecho. Cuando se entorpece el paso, la frustración no se hace esperar, y fue esto lo que me llevó a descubrir que habitaba un cuerpo disidente del ritmo, un cuerpo extraviado en los pasos de una danza calculada racionalmente, una especie de carnalidad que no seguía el un-dos sino el sístole-diástole del corazón, y se acompasaba con una frecuencia animal al tenor primitivo de las vísceras. El caso es que a partir de ese día me transformé completamente, me obsesioné con la idea de que la música es una especie de pentagrama sobre el que se traza la trayectoria de los cuerpos donde estos se disponen bajo lógicas que nos obligan a mover las extremidades a la par con lo que abstractamente denominamos sociedad.

Quise compartir mi experiencia con personas por cuyas anatomías la música también debía pasar como un escalofrío o un vértigo. Recuerdo haber tomado un baño caliente y haberme conducido a través de la ruidosa ciudad hacia el “Hospital Psiquiátrico Julio Endara”; se me ocurría que quizás esa travesía me resultaría absurda, pues la angustia que causan los desatinos en los ritmos del cuerpo es una cuestión íntima que yo estaba dispuesta a compartir, pero nada me aseguraba que ellos también estuvieran prestos para hacerlo. Cuando me bajé en la estación, me encontré parada en una especie de paradoja en el tiempo, era increíble pensar que ese lugar, botado en medio de la nada, estaba realmente a una hora de una de las ciudades más agobiantes del país y a diez minutos de su hospital psiquiátrico.

Un colosal letrero me avisó mi llegada. A la derecha se disponía una estrecha y aparentemente incómoda garita donde almorzaba un robusto guardia. En el vidrio cubierto con una nata de polvo rezaban los horarios de visita y otros detalles como que no se permitía el ingreso a menores de 12 años o que era prohibido abrir la puerta sin autorización. Como no decía nada sobre desconocidos, pensé que sería fácil explicar mis motivos de visita e ingresar, pero había olvidado que es complicado asimilar que alguien que no sea familiar se acerque a un hospital psiquiátrico con nada más que el interés de entablar una conversación fortuita con cualquier paciente. Entonces, ¿cómo decirle al guardia que hay otras formas de ser pariente? Se me ocurre que antes de ser allegados de cualquier cosa somos, en primera instancia, allegados del corazón, porque los corazones laten a un ritmo que antecede incluso al surgimiento del habla; hablamos por necesidad, latimos por defecto. En definitiva, no era necesario darle tantas vueltas al asunto. Antes de terminar con mi usual sobre-análisis de las situaciones y sin ninguna complicación estuve dentro del lugar.

El patio, cubierto de hojas secas y pequeñas estructuras de cemento desgastadas, estaba vacío, no había nadie ahí, solo a lo lejos se divisaban unas cuantas siluetas que se movían lentamente junto a una casa mediana de planta baja. Atravesé una puerta de dimensiones inmensas que parecía estar hecha para portar la cabida de cuerpos gigantes y vigorosos, aunque en la parte interna ocupaban ralamente el espacio otro tipo de cuerpos que se veían consumidos por el agotamiento emocional. Algunos pacientes yacían inducidos a la inmovilización en camillas colocadas sucesivamente junto a una ventana por donde penetraba la escasa luz que aportaba específicamente ese lado del patio, otras tres pacientes permanecían sentadas en diferentes bancas, más adelante, en una sala con un piso de madera opaca, había una mujer asomada en la ventana viendo cómo en el patio un enfermero bailaba con dos pacientes que, ya sea por exceso o ausencia de medicina, seguían una cadencia acelerada.

Pronto sentí en el brazo la mano fría de una mujer que se presentó como trabajadora social. Quiso saber si buscaba a algún interno en particular o si era estudiante de medicina. Le dije que no, que estaba ahí para conversar sobre música con los pacientes porque me interesaba escuchar sus experiencias por razones personales. Al principio, con una actitud no tanto desconfiada sino más bien escéptica, insistió en que hable con los psiquiatras sobre estudios relacionados con ese tema en personas con diversos trastornos, pero pronto entendió que no se trataba de una curiosidad científica, es más, que ni siquiera se trataba de una curiosidad; lo que yo quería era encontrarme en los ojos de otras personas y conectar nuestras experiencias, las cuales iban incluso más allá de la música per se. Me habló de Pantera y también de Josué, y en su inútil intento por describirlos, prefirió presentármelos para que podamos dialogar personalmente.

***

Allí estaba, bajo el único cuadro de luz filtrado por el sol a esa hora. Pese a la claridad ineludible del día la habitación permanecía fría. Pantera prefiere llamarla celda, le recuerda a su larga estancia en el Centro de Reclusión Social de Latacunga, pero sobre todo considera que este término es más realista y a ella no le gusta que le anden con rodeos –al pan pan y al vino vino– dice sin sarcasmo y con una indignación que se deja entrever en las comisuras de sus labios. Ahora Pantera vive en una institución de salud mental, en un loquero para coincidir con sus términos, y su entretenimiento no es otro que el de sintonizar emisoras en la radio y apreciar el trayecto de ese cuadro de luz al ritmo de la música cada mañana. Pienso que las circunstancias inscriben emociones en los cuerpos, y esas circunstancias (a menudo olvidamos) no están dadas solo por lugares externos, sino también por espacios internos, como las habitaciones, y otros aún más internos; ahí donde habitan los trastornos mentales.

-A mí me trajeron acá mis hijos porque me gusta bailar. Ellos decían que no dormía, que escuchaba canciones que nadie más escuchaba y que me amanecía haciéndoles ruido, que no dejaba dormir a los niños, que despertaba a la abuelita. Es que ellos no aprecian las buenas canciones, y tampoco saben que yo sí duermo. Solo cierro los ojos cuando me da sueño, no importa dónde ni cuándo… puede ser en el día, en la calle, en el bus, y yo duermo, y descanso, y sueño. El psicólogo que me pusieron acá dice que la música sana el alma y cura la mente, yo no sé, pero me deja horas de horas escuchando esas ondas alfa que para mí no son música sino solo ruido, no me dan ganas de bailar, pero así puedo dormir como ellos quieren, sin molestar.

Pantera habla y yo no puedo dejar de seguir el cuadro de luz en el piso con los ojos y, con los latidos del corazón, el tan-tan de Caminito, un tango célebre que suena enronquecido en la radio. Todo lo que ella cuenta cobra sentido en mi propia experiencia como cuerpo disidente del ritmo y pronto, de forma tangencial, viene a mi mente un artículo que leí hace poco. Este exponía, con todo el paternalismo que caracteriza a los artículos científicos, que la esquizofrenia no es una enfermedad independiente, sino el resultado de un grupo de otros trastornos que funcionan como una orquesta en un concierto. Apenas recuerdo esto me estampo contra ese pentagrama de música sintética que llamo vida y doy vuelta a las concepciones que hasta ahora he figurado sobre el cuerpo; esa masa hecha de músculos y tejidos que dan acogida a los trastornos y los convierten en monstruos aterradores. De repente, mientras escucho a Pantera contarme su historia, mi cuerpo, esa anatomía disonante con el sistema, se va convirtiendo en un escenario listo para abrir el show de una orquesta dotada con una variada cantidad de instrumentos, bailarines y cantantes.

***

Desde que perdí el ritmo y me obstiné con esas cuestiones existenciales que circundan la música, no he podido dejar de pensar que para los cuerpos disidentes del ritmo la armonía debe ser otra cosa diferente a una simple organización de sonidos; algo como una corriente de aire, una exposición al fuego, un silencio intermitente, algo como una piel superpuesta que se entrelaza, para bailar, con las extremidades de brazos, piernas y caderas que se adaptan a sus propias sincronías. Este es el caso de Josué, el paciente con el que conversé después de Pantera. A lo largo doce años, él ha sido paciente ambulatorio del “Hospital Psiquiátrico San Lázaro” y durante ese tiempo, por el uso de la medicina (como él lo afirma) ha podido moverse como el común de los mortales, vivir con aparente “normalidad”, aunque sin redimirse del desenfreno que le proporcionan las ocasionales alucinaciones con John Lennon y Jim Morrison, delirios que lo han mantenido atado a los psicofármacos desde que estaba en la universidad.

-En muchas ocasiones se me había metido en la cabeza que debía salvar de la muerte a Jim y que solo convirtiéndome en él lo lograría. Me vestía como él, caminaba como él, hasta cantaba como él. Tenía una novia tan bonita como la suya, con pecas y todo, así igualita. Lo malo es que me dejó porque me concentré mucho en mi carrera como cantante, recuerdo que me engañó porque se cansó de que los tiempos no me dieran para verla, y fue entonces cuando me deprimí. Me colgué de un fierro que había en la puerta de esa casa a la que no quise regresar más. Mi tía me pidió que vaya a recuperarme a su casa, dijo que tenía una cama muy suave y que el silencio del jardín me daría paz. No me ayudó, el silencio me taladraba los oídos, me hacía falta los ruidos de la banda, nadie sabe que yo encuentro tranquilidad en la bulla. Tres veces intenté lanzarme a los carros cuando salí a la calle y como frenaban no me golpeaban con suficiente fuerza para matarme. Mi tía me salvó de una sobredosis obligándome a vomitar antes de que el efecto me llevase a emergencias de algún hospital. La última vez no logré suicidarme al lanzarme del octavo piso de un edificio porque el vidrio era muy duro y mi cuerpo rebotó cuando me estrellé.

Josué me cuenta todo esto ubicado de frente en una camilla de la sala comunal, –del 1 al 10 ahora ya estoy recuperado un 5– dice mientras juega a pasarse un esfero entre los dedos y canta “Break On Through” en voz bajita. Ser Jim ha sido para él, durante mucho tiempo, la maniobra maestra para habitar un cuerpo que ha sido arbitrariamente marcado por el diagnóstico. –De este modo la culpa siempre es de Jim– afirma impávidamente y continúa: –a mí no me gusta bailar, pero a Jim sí, a mí no me gusta cantar, pero a Jim sí, ¿me entiendes?–. Yo cierro los ojos, siento la sangre golpear mis sienes mientras pienso que hay mucho de culpa en esto de ser un cuerpo disidente del ritmo, uno se siente culpable de no poder despertar a las 7 en punto de la mañana, de no caminar a determinado ritmo, de perder el autobús, de bajarse antes de hora porque es imposible respirar, de que la ansiedad nos fuerce a llegar demasiado temprano o el cansancio nos condene a la impuntualidad, de que tengamos que sentarnos en medio de un baile y tener que bailar a la fuerza para poder vivir. Esta asfixiante obsesión por la armonía nos impide pensar que la lógica del ritmo no tiene que ver con la frecuencia de los sonidos, sino con el acompasamiento de los cuerpos.

Llegamos al mundo con la premura del ritmo, y así también nos vamos; intentando nacer a tiempo y no morir antes de hora para no consternar a quienes llevan una existencia consonante. Los cuerpos disidentes del ritmo nos aceleramos y a veces nos paralizamos, nos cuesta avanzar por miedo a atropellar, o ir lo suficientemente lento y estorbar. La vida, como la música, obedece a ritmos calculados matemáticamente para servir al sistema, por eso los cuerpos disruptores de las armonías bailamos al son de otros ritmos: el traquear de dedos, el crujir de dientes, el silencio ansioso, la locura, la convulsión, el éxtasis.

 

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