Apuntes y reflexiones sobre cuatro de las cinco películas de Mia Hansen-Løve

 La última película de Mia Hansen-Løve que me ha encontrado es, como suele ser con los descubrimientos espontáneos de una filmografía, su primera. Todo está perdonado (2007) registra la dolorosa ruptura entre Victor y Annette, los jóvenes padres de una pequeña niña llamada Pamela. Años después, la película la visita en su adolescencia, en la ocasión del inesperado reencuentro con su padre. Verla me ha devuelto a un cine cuyas semillas son la pérdida, la soledad, la independencia, la confesionalidad y el tiempo. En esta primera obra, compuesta por unas ciertas inconsistencias dramáticas y diálogos sinceros, los dos marcos temporales están punteados y separados con precisión. Sin embargo, a lo largo de las cinco películas que Hansen-Løve ha realizado hasta la fecha, esa precisión se ha ido disolviendo para encontrar una narrativa más sutil y menos controlada de su obsesión por rastrear el paso del tiempo en su cine. Ese que he ido conociendo en una suerte de desorden y extraña sincronía con mi vida misma. Ese cine de ritmos pacientes.

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Todo es un ritmo en el cine de Mia Hansen-Løve. Su afán por indicar los espacios temporales y geográficos que atraviesan sus personajes delata a un cine de crónica que los describe mientras viaja junto a ellos. Y no deja de ser curioso cómo el paso del tiempo en su cine es a veces imperceptible: es notoria su falta de preocupación por invertir en maquillaje para avejentar pues todo queda en la sutilidad de las interpretaciones. Pequeños indicadores como París 1999, Viena 1992 y noviembre 1992, se convierten en viñetas de una narración lineal que respeta un ritmo paciente y a la vez ambicioso por interrogar e indagar en las ranuras de tiempo que atraviesa una vida. Eden (2014), película que recorre el nacimiento del movimiento de música house en Francia durante los noventas, cierra con su protagonista Paul acostado leyendo el poema “The Rhythm” de Robert Creeley.  Pese a retratar una época de músicas erráticas, la película viaja en temporalidades extendidas que se acercan más a la balada inusual de Daft Punk: “Within”.

El cierre de una puerta, la apertura de una ventana, el paso de las estaciones, la luz del sol, los océanos son todos texturas de la cámara que, generosa en su amplitud y movimiento, los dispone como aliados de sus personajes, y como personajes en sí mismos. Los espacios campestres y marinos en el cine de Hansen-Love son escenarios de gran simbolismo y premonición. Un amor de juventud (2011), la primera película que vi de Hansen-Løve, describe los dolores precoces del amor a través de una adolescente. El epílogo retrata a su protagonista Camille en un verano después de la última carta que recibió de su primer amor, Sullivan. En esta secuencia luminosa la vemos atravesando los mismos jardines, patios y la casa de verano que alguna vez compartió junto a él, pero ahora en busca de su actual pareja Lorenz. Eventualmente decide esperarlo junto al río. Hansen-Løve nos sugiere algo sobre la soledad de Camille, que en ella ha aprendido a encontrar y apreciar lo que antes le era imposible: el alivio y el extravío juntos. Suena al son de la inevitabilidad de la corriente del río, la canción “The Water” de Johnny Flynn y Laura Marling.

Mientras Camille pierde un amor, Nathalie en El porvenir (2016), pierde una rutina, pero a diferencia de la adolescente, ella no pierde el amor. En está película, una apasionada profesora de filosofía pierde a su madre, a sus libros de apoyo para enseñar y a su esposo, en cuestión de poco tiempo. En el mismo marco temporal, forma dos relaciones importantes, una con Pandora y otra con Fabien, el primero siendo un gato y el segundo su protegido. El prólogo tiene lugar frente a un océano frío de invierno que la advierte que éste dejará de ser su segundo hogar varios años más tarde. Los últimos momentos que comparte junto a él, como pisar las rocas de una en una con los pies desnudos y tomar los frutos del frío, la inundan de una felicidad contradictoria a todo lo que la vida la ha ido quitando; pero finalmente, este es un cine en el cual la felicidad y la soledad no se contradicen. Esa combinación, nos recuerdan los ritmos de Hansen-Løve y la radiante Isabelle Huppert, es la más pura y la más discreta. La misma que siento al escribir.

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Las emociones, en el cine de Mia Hansen-Løve, son cálidas evitando toda derivación de sentimentalismo. Su cine es anticlimático pero íntimo, cálido pero desapegado. El tiempo que invierte en describir las acciones cotidianas de sus personajes es dinámico y jamás exhaustivo. Es un cine que detalla acciones y gestos nuevos, y en los repetidos busca reflejos de un tiempo pasado y del paso del tiempo. Esto lo hace, con frecuencia, con objetos inertes como una ventana o un sombrero, y los convierte en dispositivos de simbolismo dramático, y al hacerlo cobran vida. Todas sus películas son crónicas profundas que transforman todo aquello en imágenes luminosas.

Las emociones, en el cine de Mia Hansen-Løve, con frecuencia nacen, se desarrollan, se transforman y mueren a destiempo. Hay algo que conmueve y que inquieta en la inevitabilidad que se inmiscuye entre las personas en su cine, en su búsqueda de sincronía y la imposibilidad de encontrarla. Hay una cierta nostalgia. También hay una sutil crítica hacia los ritmos de individualismo y homogeneización que interrumpen las vidas cotidianas. Es un cine de temporalidades rotas y bajo riesgo que finalmente abren un vacío, y dan paso a la libertad y a la independencia. En El porvenir, Nathalie le confiesa a Fabien que ha encontrado su libertad, una libertad total que jamás había conocido. Que tiene el aire de ser extraordinaria. La libertad aparece como un estado, una noción nunca antes vista, nunca antes sentida, que los personajes perciben como si fuesen recién nacidos. Las crónicas de Hansen-Løve tejen, hilera por hilera, los procesos hacia ese descubrimiento que no da una respuesta, pero posa nuevas interrogantes. Y siempre está la música al final, una canción que encapsula todo. El porvenir cierra a capela, con una voz femenina como la de Hansen-Løve, como la mía y la de todas.

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