«lo radicalmente otro que ellos deno-minan ‘animal’ y por ejemplo “gato”»
Jacques Derrida.

Desde mi cuarto y a través del silencio de las calles donde usualmente el ruido de los autos y la gente no me permiten siquiera descansar, pienso estar inmersa en el mundo configurado en la novela distópica Cadáver exquisito de la escritora argentina Agustina Bazterrica. Toda esta inusual quietud que envuelve al centro de Guayaquil es esto: el mundo de Cadáver exquisito a punto de acontecer, me digo. 

Siempre he habitado lugares ruidosos, pero el ruido del centro de Guayaquil no me recuerda a nada; ni siquiera a Buenaventura, una ciudad puerto colombiana que muchas personas suelen comparar con Guayaquil. Son sonidos líquidos como un cóctel de motores de autos viejos y a diésel, de vendedores y de hollín fluyendo como un agua espesa, como una baba tan densa que cuesta entender su movilidad. 

Bazterrica nos abandona en un mundo donde un virus que primero ha atacado a los animales tanto silvestres como domésticos y que luego se ha expandido a los ‘humanos’ interrumpe la existencia, un caos que empieza con el sacrificio de todos los animales del planeta y luego con la domesticación de humanos para ser consumidos por otros humanos, que al parecer no pueden continuar o reinsertarse en la vida sin el consumo desmedido de carne. 

La carne especial (nombre asignado a la carne humana comestible),  es una carne deshumanizada/desnaturalizada para el consumo diario. Toda esta posibilidad caníbal despierta en mí algunas preguntas: ¿Quiénes tienen la potestad de comer y quienes la no potestad de ser comidos?, ¿cómo se toma la decisión de los que nacen para ser carne y los que nacen para degustarla? Y por último ¿Es la carne entonces una suerte de apología de la represión? Es decir, una sociedad capitalista y neoliberal decide modificar a otras sociedades hasta arrancarles la voz, las decisiones y la soberanía de moverse para convertirlos en alimento: fuente de desarrollo de las masas dominantes.

¿Alguien puede recordar acaso la primera vez que comió de otro animal? Yo no puedo recordar cuándo fue la primera vez que mis padres me dieron carne, pero sí puedo recordar la primera vez que asistí a la matanza de un cerdo. Estábamos en una hacienda en el norte de Esmeraldas, unos amigos de mi madre nos invitaron a comer; porque siempre la disposición de un animal listo para el consumo es motivo de fiesta y de convivencia. Desde la casa de madera vi al cerdo correr por la sospecha de ser asesinado, luego vi el golpe que le dieron para desmayarlo, luego el cerdo colgado. El cerdo desangrándose aún con espasmos siendo cortado. El cerdo siendo nuestra cena. Risas, el humo de la parrilla y los platos que se llenan. Comer es un ejercicio de placer, pero también de dominación, pienso, mientras recuerdo al cerdo del norte marchando por su vida sin poder siquiera movilizarse del todo: un animal obeso, engordado para el consumo de otros animales “más fuertes”. Un cerdo esclavizado cuidado y alimentado para el deleite de los invitados.

En la novela, Marcos Tejo, el protagonista, no solo es el encargado general del frigorífico Krieg, establecimiento de importancia mundial de producción de carne, sino un hombre que ha vivido en los dos mundos: el mundo de consumo animal y la llamada transición hacia la carne especial. La nostalgia de este personaje que, deambula por espacios derruidos y deshabitados como los zoológicos, recordando esa posibilidad y cercanía con los seres que han sido sacrificados para perpetuar la existencia humana. El edificio roto y abandonado lo convierte en una especie de archivo: la prueba de que hubo otras posibilidades de mundo, pero también es la prueba del miedo perenne de la sociedad occidental hacia la diferencia: animales encerrados para que los humanos disfruten de su presencia, animales protegidos, rescatados y extraídos de su hábitat primario para el consumo visual de la familia.

Podríamos decir que el zoológico/archivo monumental de un pasado distinto permite a este humano-animal pseudo-domesticado, atesorar la memoria en ese hacerla otra vez: el padre que hereda el oficio de matar y convertir en comestible lo que está vivo, pero también ese puente de lo vivo en encierro, de lo vivo que, a través de ese silencio intuido, accede a acomodarse la vida. Entonces lo que está vivo y es mudo se asume directamente como comestible, no sin antes configurar el mundo para hacer de lo caníbal la norma: lo que llega a la mesa del hogar, esa naturaleza proteica y vitamínica está hecha únicamente para eso, sin otra posibilidad que la de ser comida.

Marcos Tejo ha renunciado al placer del consumo de carne. Él, que vivió la transición no puede consumir lo similar, lo que camina en dos piernas, en lo que se ve reflejado. Este proceso de animalización o conversión de humanos en lo radicalmente otro, categoría usada por Derrida para reflexionar sobre lo animal, adquiere su forma más enfermiza en los medios de ‘incivilización’ o ‘desobediencia’ que ejercen, por ejemplo, los humanos que habitan las periferias, los llamados carroñeros que acuden al matadero a consumir lo desechable, lo que no tiene precio: la basura que expulsa el frigorífico. Una doble radicalidad, forma abyecta que adquieren a su vez los expulsados de la urbe, para alimentarse: hubo en el proceso de transición carros fúnebres asaltados, hubo también intersecciones violentas a camiones que llevaban cargamento especial para ser triturado, hubo muertos desenterrados en los cementerios para el consumo… otra vez: ¿quiénes deciden lo que es o no comestible? ¿Es alimento todo lo que no tiene voz? ¿Si hay un hermano/vecino que no puede comunicar a través de un lenguaje legible para nosotros es él una posible cena?

El protagonista ha perdido también un hijo, acontecimiento que hace a su esposa volver por un tiempo indefinido a la casa de su madre. Un día, uno de los socios del frigorífico al cual le compran cabezas para ser convertidas en carne especial le regala una hembra PGP (Primera Generación Pura): es decir, un ser consumible de la más alta calidad. Cabeza que además de ser de lo mejor que existe en el mercado, también puede dar a su vez crías con las que se espera empiece su propia red de consumo cárnico. Entonces, el protagonista ingresa a otras categorías de lo consumible. Con la hembra desnuda y atada frente a él en su granero, sin hablar, solo el temblor de la otra presencia, con la ausencia completa de pudor del que no sabe que está desnudo, con las iniciales puestas al rojo vivo en su cabeza PGP, un nombre decisivo que agencia sobre su cuerpo la imposibilidad de construir otra identidad fuera del consumo. Un ser con las cuerdas bucales mutiladas al que no se le ha enseñado nada más que disciplina y obediencia:

Mira al otro costado y ve a la hembra acostada muy cerca de su cuerpo. Se para sobresaltado, pero se balancea y se vuelve a acostar (…) La piel blanca de la hembra brilla con el sol. Va a tocarla, quiere tocarla, pero la hembra tiembla apenas, como si estuviese soñando, y saca la mano. Le mira la frente marcada a fuego. El símbolo de propiedad, de valor.(Beztarrica, 2018, p.103)

De a poco nos enfrentamos a una transformación sistemática de la ética del personaje que, conforme pasa el tiempo intenta “humanizar” lo que ha sido privado de la libertad. Marcos se ha dejado mirar por la PGP: la viste, la lleva a su casa, le enseña a comer con cubiertos y a usar el baño de manera adecuada, todo esto en el mundo que habita es absolutamente ilegal y peligroso. Se asume a las cabezas con docilidad de lo domesticado, pero algo en la mirada de la hembra despierta en Marcos la necesidad de integrarla como una “humana” a la vida en la casa. La limpia, duerme con ella pero también le habla de música, de libros. Intenta tejer un vínculo afectivo a los que ella responde solo con silencios o gestos pequeños de cariño. Marco le da nombre: Jazmín en un acto de doble apropiación o de compasión a lo que no tiene salida de ser consumible de alguna manera ¿Lo nombrado imposibilita el proceso de digestión del alimento o hace que el alimento entre en otras dimensiones del consumo y la propiedad? De alguna manera el “verse visto” genera el miedo/necesidad de continuar con ella lo que ya no puede con su esposa ausente.

Jazmín no habla porque no puede, todo son juegos y gestos que Marco recibe como aprobación. Le asigna un vestuario, le enseña pequeñas normas de silencio y de afecto a los que ella cede porque ha sido criada para no tener voluntad. Se podría leer este gesto de vestir al animal como un acto de compasión, pero también de capricho y de reapropiación. La hembra no puede negarse a nada de lo que se ejerce sobre su cuerpo, ha nacido y crecido desnuda dócil para muchas maneras del consumo:

Acabo de conjugar la pasividad con la desnudez. Esta pasividad desnuda, podríamos apodarla, con una palabra que volverá más de una vez, desde lugares y según registros diferentes, la pasión del animal, mi pasión del animal, mi pasión del otro animal: verse visto desnudo bajo una mirada cuyo fondo permanece sin fondo, a la vez inocente y cruel quizás, quizá sensible e impasible, buena y mala, ininterpretable, ilegible, indecidible, abisal y secreta: radicalmente otra, lo radicalmente otro que es cualquier otro pero ahí donde, en su proximidad insostenible, no me siento todavía con ningún derecho ni con ningún título para llamarlo mi prójimo o menos aún mi hermano.(Derrida, 2008, p.27)  

Reitero, el vestir y humanizar a través de costumbres de hogar resulta en una doble domesticación de la hembra, que pronto vamos descubriendo en el libro estas y otras formas más macabras de dominación sexual que se ejercen sobre los cuerpos de estos seres: hembras encerradas en habitaciones matrimoniales, hembras “gozadas” en frigoríficos… en fin, la carne que no solo se digiere a través de la boca.

El tema del virus no se desarrolla demasiado en la novela, ya que este presenta  un mundo devastado por la pandemia que afronta el silencio de las ciudades como la norma. No hay aves que canten ni perros cohabitando espacios humanos. El virus fue algo desconocido que atacó primero a lo animal, por consiguiente a los seres que los consumieron y finalmente con la decisión de desaparecerlos del planeta, el hambre y la urgencia cárnica llevó a la sistematización de la posibilidad social de comerse unos a otros de manera modificable: justificando y sistematizando el régimen de lo alimentario. La carne especial. Eso que llega a la mesa de las casas como un bulto rosa envuelto en plástico de cocina y recipientes desechables. 

Desde mi cuarto en Guayaquil, pienso en el afuera como el miedo asumido, en las veces que voy a hacer la compra y veo a las personas llevar de manera desesperada montones de táperes llenos de contenidos rosas, rojos, pálidos: carne triturada “saludable” comestible. De dónde vendrá esa carne que se consume en los supemercados. Carne asumida como la norma donde los consumidores no se detienen a pensar en las formas de dolor o dominación detrás de su alimento.

El virus fue, tal vez, una posibilidad de cambio para una sociedad construida a partir del consumo de animales; sin embargo, y frente a todas las otras posibles formas de reconstruirse, ganó el miedo a lo radicalmente otro. La ausencia de lo animal que alcanza su máxima expresión en el silencio y el vacío de las calles sumerge a Marco Tejo en una constante nostalgia, un recorrer la ciudad dibujando lo que ya no es visible. El virus dejó además una supuesta radiación en el ambiente, por ello las personas ya no juegan en las calles: el afuera pasó a ser un espacio utópico y primitivo. Salir significa estar siempre cubierto con una sombrilla especial: el miedo de morir hace que todas las personas pertenecientes a clases privilegiadas estén recluidas en sus casas. 

Marco Tejo se convierte en ese puente de lo que ha sido y que es absolutamente impensable, las nuevas generaciones no pueden ver al otro como su prójimo, leyendas de perros salvajes que habitan los bosques y animales escondidos hacen otra vez del miedo el aire a través del cual se existe en el mundo. Los animales pasaron a ser una especie de mitología del horror. Nunca se asume como posible la expulsión de la carne del consumo diario, al contrario; empiezan por el rapto de cadáveres y el asesinato de los oprimidos y luego a la sistematización y normalización del consumo de carne humano-especial.

La literatura se alimenta de la vida por reducir dicha simbiosis entre vida y literatura a un lugar extremadamente común y rápido. Agustina Bazterrica dijo en el conversatorio ‘Este es mi cuerpo: la carne como narrativa’ en la FIL Quito 2019, que su escritura se alimenta en primera instancia de un malestar, episodio que nace en el cuerpo, una fuerza que se antepone al yo individual: yo soy más fuerte que yo. Dicho malestar se acrecentó a través del proceso investigativo para la escritura de la novela, inmersa en la recolección de información sobre la industria cárnica. Un malestar que sobrelleva desde que decidió cambiar sus hábitos alimenticios y replantearse la alimentación como una verdadera herramienta de soberanía y no un arma de sometimiento para el placer individual.

La sociedad de Cadáver exquisito, escogió el proceso de la eliminación total de los radicalmente otros, una suerte de necropolítica animal justificando la supervivencia y el bienestar de lo humano: es decir, lo humano que sirve al capital, para luego desembocar en una trituración de los otros, de esos que no tienen una voz legible, para ser comidos. Cada día en Guayaquil, cientos de personas se desplazan desde distintos puntos y barrios populares para asumir el cuidado y la limpieza de espacios donde no viven. Muchas de esas personas no cuentan con un seguro de vida, o un sueldo coherente, que cubra las horas y todo lo que realmente vale su trabajo. Cientos de personas que ahora empezamos a ver desde los balcones y las redes sociales cayendo en las mismas calles donde se han desplazado para llevar el sustento a sus hogares: esta ciudad es también, ahora –Pienso– una gran boca a punto de triturarlos y desaparecerlos(nos).

Tal vez las pandemias sean un medio para hacer que las sociedades despierten, sin embargo, como menciona Paul B. Preciado en un artículo reciente publicado en El País con referencia a la emergencia sanitaria mundial de COVID-19, lo que hace el virus es potenciar las formas de expulsión de las clases empobrecidas, de los cuerpos demuni: 

Roberto Espósito nos enseña que toda biopolítica es inmunológica: supone una definición de la comunidad y el establecimiento de una jerarquía entre aquellos cuerpos que están exentos de tributos (los que son considerados inmunes) y aquellos que la comunidad percibe como potencialmente peligrosos (los demuni) y que serán excluidos en un acto de protección inmunológica. Esa es la paradoja de la biopolítica: todo acto de protección implica una definición inmunitaria de la comunidad según la cual esta se dará a sí misma la autoridad de sacrificar otras vidas, en beneficio de una idea de su propia soberanía. El estado de excepción es la normalización de esta insoportable paradoja.

Nuestras sociedades están padeciendo el síntoma del hurto de la soberanía alimentaria y el desabastecimiento que significa habitar una ciudad con mercados cerrados, donde la única opción de alimentación es la compra a través de cadenas de supermercados que especulan con los precios y la calidad de lo que consumimos. Nuestras generaciones, de alguna manera tienen la obligación de recuperar esa soberanía, de manera simbólica el encuentro necesario con las preguntas del qué me llevo a la boca, qué es placer y qué es alimento. Pensar en soberanía alimentaria desde la complejidad de la ciudad es por ejemplo, asumir la posibilidad de empezar una huerta familiar o vecinal; adquirir productos que provengan de otros sitios como de asociaciones de campesinos, etc. Pero que esta información sea una posibilidad tangible para muchos.

El colapso de Guayaquil desvela no solo lo evidente, el fracaso de un mal llamado modelo económico exitoso de ciudad cimentada bajo las lógicas de centro y periferia. De cierta forma, las transiciones y las enfermedades agencian o disparan el mal funcionamiento de un sistema necropolítico.

Este sistema que se come y digiere de distintas maneras a cuerpos que, en los estados de emergencia, son los primeros en ser asimilados y subsumidos por la ciudad. Repensarnos a quiénes digerimos y qué nos llevamos a la boca es una tarea que pienso urgente, desde mi cuarto en Guayaquil antes de que sigamos destruyéndonos/comiéndonos unxs a otrxs.

 

Dedicado a mis amigas antiespecistas de las cuales aprendo mucho todos los días a toda hora (Andrea Alejandro y Tita Delgado) por enseñarme a amarme a través de la comida y el amor.

 


Ilustración: Francisco Galarraga

1.- Bazterrica, A. (2018).Cadaver Exquisito. Buenos Aires: Alfaguara

2.-Derrida, Jacques. (2008). El animal que luego estoy si(guie)ndo. Madrid: Trotta

3.-Preciado, P. (2020/03/27). Covid-19: Aprendiendo del Virus. España: El Pais. https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html?ssm=FB_CC&fbclid=IwAR1X6PluGsU4GYHKTXjF7Y8dUnzElSXhWUkc5zpeJfHHuVrjwFAP7mOx9NY

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