En otros tiempos era más difícil hacer sentido de la ira. Caía sobre mi totalmente desprevenida, en las situaciones más comunes. Un paseo familiar. Cortándome el pelo días antes del primer dia de clases. En mitad de una fiesta infantil. Una mínima invasión ¿Por qué no usas aretes?, ¿segura no quieres usar el vestido nuevo?, ¿no le quedaría mejor el cabello largo? Sentía el tiempo congelarse mientras mi corazón empezaba a latir con más fuerza, sentía venir el silencio. Ese pequeño desmantelamiento de mi cuerpo traía enojo, pero no entendía muy bien por qué. Me imagino que después de soltar una corta respuesta y respirar un momento, esa ira se iba disipando.

Con el paso de los años se volvió un poco más fácil. Podía verlo venir. Reconocía las miradas inquietas predispuestas a comentar sobre la manera en que me veo. Una forma de supervivencia. Andar con cautela, prepararse con anticipo y memorizar una respuesta inmediata. Porque me da la gana. Porque sí. Porque quiero. Las respuestas acompañadas de una mirada fija logran encarnar parte de esa ira. La otra parte no sabía bien en qué se convertía. Aunque era capaz de identificar que en esos comentarios había algún tipo de invasión sobre mi cuerpo, no entendía por qué los recibía con tanta vulnerabilidad.

Fueron los susurros de otras historias los que finalmente hicieron sentido de la mía. Había otras iras. Otra gente reaccionando a estos comentarios. Otras corporalidades más propensas a recibir comentarios, y otras formas de expresiones violentas. Esos murmullos, que se fueron juntando a los míos lograron que haga sentido de esta ira. Hay un poder de por medio, y una vulnerabilidad.  La intimidad es política. Las historias son políticas. La frustración es política. La ira es nuestra reacción. Así se cuenta parte de mi historia.

Ahora voy a la exposición La intimidad es política en el Centro Cultural Metropolitano y me reconozco en las obras. Esos susurros de historias se convierten en miradas, en gestos, en aullidos, en poéticas de cómo cada artista ha ido haciendo sentidos con su ira.

La exposición abre con fotografías de Zenele Muholi que retratan a personas LGBTQ de Sudáfrica y a sí misma de diversas maneras.  Al un lado de la pared personas con diversas corporalidades posan demostrando la seguridad con la que habitan sus cuerpos. Al frente los autorretratos de la artista la convierten en múltiples personajes como recreando con su propio cuerpo la historia. Estas obras hacen que sigamos el recorrido en constante cuestionamiento de cómo es nuestra mirada y el poder que ejerce.

La exposición continúa con un despliegue de expresiones que convierten la ira en respuestas contundentes. Más adelante me encuentro con la habitación de Nora Pérez. En una de sus fotografías de la serie Fajas un estómago está llevando al límite a un corsé. La piel sobresale por las aperturas y pone en tensión a la tela. El exceso de cuerpo y también la restricción sobre ese cuerpo. Esta obra muestra la restricción y la posibilidad de hacerla explotar, justamente con nuestro exceso. Siento que esta es otra historia que susurra en mi oído, y cómo mi cuerpo ha sido tantas veces cuestionado por estar en el límite tensionando las restricciones que aprietan y asfixian.

El vídeo de Núria Güell está en un cuarto separado. Obliga a sentarse y ver con atención con la oscuridad que lo rodea. Es el registro de una obra en que mujeres menores de edad que han sido víctimas del turismo sexual hacen visitas guiadas a una exposición de Botero en el Museo de Antioquia en Medellín. Las chicas reconocen y relacionan estas obras con las maneras en que ellas han sido abusadas. El poder masculino romantizado en las obra de Botero es interpelado por las vidas de las mujeres. Estas historias logran desestabilizar y cuestionar la imagen de Botero, que de alguna manera en esta obra se convierte en símbolo de cómo se construyen los mitos en la historia del arte.

Siguiendo por la exposición encuentro el gesto que más resonó con mi ira. En el video Habla de Cristina Lucas, la artista golpea con un mazo una reproducción del Moisés de Miguel Angel. Van cayendo los pedazos. Se sube encima de la escultura, sigue golpeando. Más pedazos. Cae la cabeza. Esta obra es el enfrentamiento con el símbolo del poder masculino a partir de la constancia, de la suma de golpes. Cada pedazo es importante porque va desestabilizando la estructura.

Parte de la confusión con mi ira cuando escuchaba comentarios invasivos era que sentía que era una violencia líquida. Se regaba por entre las rendijas de personas cercanas sin que ellas sepan bien lo que estaban diciendo o sus consecuencias. La intimidad es política propone varias maneras de encarnar esos poderes y de reaccionar ante ellos. Las artistas convierten ese silencio pesado de latidos rápidos en una respuesta, en un exceso, en una tensión, en un desafío. Y en su conjunto amplifican y hacen coro del murmullo de voces que en algún momento me ayudaron a hacer sentido de esa ira. La exposición tomándose del Centro Cultural Metropolitano crea un espacio en el que las corporalidades diversas, las historias silenciadas y las subjetividades restringidas agrieten las estructuras a través de la ira.

 

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