Las películas de Garrel están compuestas por momentos de precisión, de una veracidad que linda con lo insoportable. Son un canto desilusionado a lo visceral, a esos instantes de peligro en que podemos tocar fondo, ser mezquinos o ridículos. Pero la intensidad con que se viven esos instantes aleja a este autor de aparecer como un pesimista cualquiera. Garrel tiene otra cosa: en el centro de su cine, en cada gesto desesperado y contradictorio de sus personajes está una pasión juvenil que los hace inevitablemente amables, entrañables hasta donde puede encontrarse entrañable uno mismo.

El amor, los celos, las sensaciones de observadores distintos y cómo cada acto egoísta del amor tiene consecuencias en el otro, son algunos de los terrenos en los que se mueve La Jalousie (Francia, 2013), exhibida recientemente en el Festival Eurocine en Quito. Es una película mínima, que cuenta, más que una historia, una relación o varios momentos de relaciones amorosas como impresiones personales, tan reales que no pueden ser más que experiencias vividas por el director mismo. Cada una de las situaciones que separa por elipsis, y que el espectador encuentra ya empezadas, son observaciones de reacciones genuinas, embarazosamente humanas.

Pero hay que tener una disposición particular para entregarse al juego, a veces desgarrador, de esta y las demás películas de Philippe Garrel. Como para leer de cerca a Proust, creo que hace falta ser celoso, sentirse radical y extremo en los sentimientos, o haberlo sido, para que además de la identificación nos afecte la nostalgia y la añoranza de un estado como el que parece vivir eternamente este director en sus filmes.

Lo mismo que en su más reciente cinta L’Amant d’un jour, en La Jalousie se repiten las figuras de gran parte de su filmografía: el padre, el amante, el hijo, la hija, la madre abandonada o ausente. Los verdaderos hijos del director suelen interpretarse a sí mismos, a menudo con sus propios nombres, para dejar más borrosa aún la frontera entre la realidad y el relato. Eso hace a cada pieza una especie de carta o diario que les deja públicamente para que lo conozcan desde dentro, teniendo que encarnarlo. Mientras, obliga al que mira, casi incómodo por estar en momentos tan privados y familiares, a desprenderse de maniqueísmos para comprender comportamientos, culpas, raptos y considerar un sistema de valores contradictorio.

Observadores Distintos Garrel

Es un romántico anacrónico que consigue que nos reconozcamos, a pesar nuestro, en esos seres capaces de correr desencajados ante la idea de que se ha ido el amante. La música no termina de parecer orgánica y se vuelve un elemento que distancia o deja en evidencia el patetismo de la situación, pero los actores y los actos son tan impredecibles que tienen sustancia y la película toda se siente exactamente como la vida, despojada de coherencias absolutas y llena de deseos incompatibles.

Son pocos los encuentros y a menudo se quedan fuera de cuadro, así que lo que sigue es el amor desfasado, a destiempo. Como no son artificios narrativos, los personajes cambian de situación pero no de naturaleza, por eso puede retomarlos una y otra vez en cada fragmento de sí, que son sus películas.

Este es un cine para celosos, posesivos, atormentados y explosivos, una colección de cuentos poéticos o documentales del alma de un artista, que no se agota y ofrece siempre algo más con solo reordenar las mismas cartas.

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