Céu, jadeante, sus pasos sobre el cemento creando junto al viento, máquinas operando a lo lejos y murmullos humanos cerca de ella un paisaje sonoro móvil, permite desprender de un impulso musical una canción. Mientras camina canta y quizás hacerlo le da más tregua al cansancio que jadear. Pero que la canción surja de un impulso musical no cancela lo que estaba allí ya desde el inicio: la musicalidad de una caminata, aunque para ser precisa a las motivaciones de Céu y las diez compañeras de todas las edades con quienes la comparte, de una peregrinación por Portugal para honrar las apariciones de la Virgen de Fátima. Asumo que los murmullos del inicio son de ellas, a quienes, a lo largo de este proyecto maleable que es película de dos tipos de duración y una serie televisiva, conocemos íntimamente por medio de la complicidad que João Canijo, el director, y el resto del equipo establecen con las actrices que las interpretan.

Sentada en el mismo sofá verde desde el cual vi Fátima por primera vez hace uno o dos años me invade de repente el deseo de anotar todos los sonidos que pueda identificar. Lo hago en un cuaderno también verde que hace unos meses pensé en utilizarlo como un diario sonoro, aunque hasta este momento lo he utilizado para todo menos eso. Ahora anoto: respiraciones, jadeos, pasos, murmullos, viento, máquinas operando a lo lejos; conversaciones, autos sobre la autopista, motores, lluvia, cantos de pájaros, comida friéndose en una parrilla, la radio, el agua caliente de duchas cayendo sobre una baldosa blanca. Recuerdo lo que dijo R. Murray Schafer, conocido por aportar al campo de la ecología acústica desde el World Soundscape Project que gestionó durante los setentas en Canadá, de en qué consiste un paisaje sonoro. De eventos escuchados y no de objetos vistos.

Me imagino cerrando los ojos mientras corre la película.

Pero no lo hago, aunque verla incluye a las distracciones, principalmente sonoras, que son propias del lugar donde la veo: la sala del departamento donde vivo. Por la ventana se filtran sonidos de las construcciones en nuestra calle, mi compañera de departamento escribe en su computadora, suspira y yo le respondo con un suspiro mío, si ponemos nuestros pies sobre el piso cruje la madera y de repente, sentada a mi lado mientras almuerza comenta: “Ya has visto esta película. Recuerdo esa escena de la chica que filma a la otra con su celular”. Agradezco estas distracciones y se vuelven inseparables de la película.

Me pregunto por los paisajes sonoros de experiencias con películas que algunas personas han tenido los últimos seis o siete meses, tan diferentes a los de la sala de cine: sin el sonido envolvente de los parlantes que se camuflan con las paredes por lo general de color negro o los susurros de espectadorx a espectadorx para pedir permiso para salir al baño o contestar una llamada, o las respiraciones, estornudos, aclaraciones de garganta de una multitud, si es que es una multitud la que está presente. Pero quizás no tan diferente de la sala de cine, los paisajes sonoros de estas experiencias de películas en espacios por lo general domésticos también se componen de los sonidos de alguien masticando algún alimento que pueda o no ser canguil. Pero ese alguien no es unx desconocidx entonces el sonido tampoco lo es. Me pregunto donde en nosotrxs se registra esa familiaridad.

Sentada en el sofá verde, pase lo que pase, mire a donde mire, las mujeres no dejan de caminar, con excepción de la noche, cuando descansan, ocupando un par de furgonetas, curándose las ampollas, celebrando la posibilidad de ocupar un baño ajeno y limpio, dando largas a tensiones que parecen no bajar de volumen, pero con más espacio para respirar profundamente de por medio. Cuando una de ellas se queja de sus arrugas, otra le responde diciendo que las arrugas son bonitas. Así se cuidan las once mujeres entre sí durante la noche. Cuando vuelve el día están de nuevo sobre la marcha, caminando por lo general en fila o de dos en dos. Las tensiones suben de volumen y siento que casi necesito aguantar la respiración hasta que haya algo de tregua, pero no parece llegar pronto. La tregua y el cuidado no pasan por la palabra. Parecen más bien pasar por los pies. Caminar se vuelve entonces otra forma de cuidarse entre sí.

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