Es 8 de marzo del 2020, es un año desde que estoy en Ciudad de México como migrante. Por la mañana me pregunté si ir o no a la marcha, me enteré por la redes que habría un bloque transfeminista al que me uniría en caso de ir. Estaba aprendiendo a usar una cámara de fotos después de haber tenido una única clase en enero del 2020, así que aproveché, tomé la cámara y salí a buscarme en la jauría y seguramente a colarme al final del día en alguna fiesta para convivir con otrxs demonixs. Quedé con una amiga lesbiana de Guayaquil y fuimos a la marcha. Tenía miedo de estar ilegal, sabía que si la policía recibía órdenes de apresar gente podría perjudicarme más que al resto. Pero ese mismo miedo me llenaba de un ímpetu de errancia adquirida y atesorado por mí.

Quería hacer fotos, quería alzar la voz.

Me pregunté por un momento sobre la voz a la que me refería, hace mucho renuncié a la categoría de mujer. La última vez que me asumí así había sido, justamente, un año y medio atrás, en un transamblea. ¿Qué voz quería levantar si en medio de las decepciones abandoné al fin esa categoría que me violentó por años? Ser leídx mujer en un sistema gordofobico de coleccionismo de cuerpos, heterosexista, capitalista, clasista no me había traído nada bueno. No ser mujer y aún ser leidx como una cuerpa feminizada es lo que me llevaba a querer alzar la voz en una marcha de mujeres. Para llegar a la convocatoria, nos subimos al metro, por suerte solo necesitamos una línea para llegar a la estación Revolución, en donde por lo menos una vez cada quince días pasaba en la bicicleta que mi amigo Rio me prestó para ir hasta Azcapotzalco, a su casa, a fumar y divertirnos en el club de autoexcluides del feminismo colonial, transfóbico y abolo. Me sentí confiadx de estar con una persona cercana porque me reconocía en su acento, en sus jergas, en sus antojos de comida. Poco a poco el lugar se empezó a llenar de mujeres en toda su diversidad, de cuerpas trans no binarias y binarias, de frikis del género. El lugar se empezó a llenar de memoria.

La memoria trans en medio de mareas feministas.
La memoria trans en medio de mareas transfóbicas.
La memoria trans en medio de gente cis que ni iba a la marcha pero se detenia a vernxs.

El temor de la ilegalidad se desvaneció, me contagié de las arengas de los deseos de justicia. Así sí es el amor, y en ese amor desgastamos la garganta para hacer eco en medio de los disturbios del mal autodenominado bloque negro que iba a su paso destruyendo con pintas transodiantes. Ese bloque que nos nombran a lxs no binarixs traidorxs, a los chicos trans, machistas o amantes del privilegio masculino, y niega los derechos de las mujeres trans. En el bloque transfeminista estábamos lxs amantxs: amantxs de los saberes de la danza, de las bicis, de las pintadas, del fútbol, del cine, del disturbio, amantxs de lo humano y lo no humano. A la voz de la radicalidad de abandonar el género y abandonar la comodidad de la cisnorma, a la voz de tantxs habitantes de la calle, de tantxs trabajadorxs sexuales, de tantxs caídxs no solo en Stonewall si no también en casa a manos de sus familias o en algún centro de tortura.

Me pensaba desde la categoría mujer abandonada por mí mismx.
Me pensaba en esa marcha como invasorx de una lucha que solo busca un trato de justicia y dignidad para todes.
Y me pensaba desde el disturbio interno de no sentirme ni lesbiana ni mujer ni humano.
¿Cuál es nuestro lugar en el mundo?

Regresé a ver la bandera con un corazón ahogado por dudas y solo me imaginé en la comodidad de mi hogar, en mis entrenamientos, en mis cenas, en mi azotea, me pensé entre todxs quienes abandonamos las asignaciones y nos enunciamos transfeministas, en mi mundo negado. Me acordé de mi sobrinx que se enuncia elle porque aún no sabe qué siente, de mi amiga cuerpa resiliente y marika reexistente antirracista que vive la diferencia en la piel, y me pensé en los bordes en el feminismo de los bordes, en el grito vuelto aullido y la autodefensa como única opción.

Saqué la cámara e hice este registro esperando que las fotos me salgan bien, intentando verlo desde mi mirada, intentando verme en las miradas. Regresamos a la casa caminando, después de ver caer la noche y ver el fuego en el zócalo y a mujeres expulsando gente. Llegué a casa cansadx, con un sabor amargo y dulce, con los rostros impregnados en mi memoria, de mis amigxs marikas. En mi casa, saqué los pezones y me hicieron unas perforaciones. Ahora escribo esto desde Ecuador, anhelando las calles de México, con la desesperación de no querer olvidar esas historias construidas desde la rabia del amor por mi jauría trans, monstra, migranta y sudaka.

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