La siento en la punta de mi lengua, pero aun no en mi garganta. Escucho un eco de sus fragmentos, dos de sus letras. Escucho su rima y me acerco un poco más. No, no es esa. Esa tampoco. Dudo por un momento si realmente existe o si la imagino. Pruebo con sonidos acercarme, y la siento cada vez más cerca. Es una palabra rota en sonidos, en caracteres, en la memoria.

En la punta de mi lengua (2016) es un documental de Lynne Sachs sobre un fin de semana en el que la directora invita a doce amigos, amigas, extraños y extrañas que residen en Nueva York a contar momentos reveladores de sus vidas en relación a hitos históricos de EEUU. La película es un collage de tomas, historias, archivos, voces y poemas que se interponen, se interrumpen y se silencian mientras construyen una memoria fragmentada de la historia reciente. En la película mencionan eventos como el asesinato a John F. Kennedy, la renuncia de Nixon, el alunizaje, u Occupy Wall Street.

Durante la mayoría de estos eventos yo no estaba viva. Tengo recuerdos de haberme enterado sobre ellos por referencias en series de TV y películas. No conocía el contexto ni estaba completamente segura de la época en que sucedieron, pero a partir de las pequeñas menciones en la cultura popular me imaginaba el resto. Tengo en la memoria una imagen muy clara de los gestos de Nixon mientras explica en televisión que renuncia, aunque creo no haber visto nunca ese video. Me he imaginado la ropa que vestía Martin Luther King. Ahora me cuesta pensar en el alunizaje sin pensar en la primera secuencia de Independence Day. Es una sensación similar a la que me produce ver una película basada en un libro que he leído.  Aun cuando el cine le ha puesto rostro a un personaje, mi mente regresa a cómo me lo imaginé por primera vez.

Mi percepción de imágenes históricas es una combinación de límites difusos entre las referencias culturales, lo que me he imaginado, lo que ignoro y lo que he aprendido. Este documental recrea justamente estos límites con tomas que a ratos parecen evitar mostrar rostros completos, o silencios desconcertantes en la mitad de un relato, o con pedazos de poemas de la directora que se leen a medias encima de las imágenes. Aquí hay una historia agujereada, o tal vez todas lo son. Georges Didi-Huberman dice: “Cada vez que intentamos construir una interpretación histórica, debemos tener cuidado de no identificar el archivo del que disponemos, por muy proliferante que sea, con los hechos y los gestos de un mundo del que no nos entrega más que algunos vestigios” (2013, p.3). Es como esa palabra que no logramos acordarnos, sensaciones incompletas, medios sonidos, palabras que riman y un sentido de cercanía constante. La fragilidad de la memoria expresada en la palabra en la punta de la lengua, es también la fragilidad de la historia susceptible a censuras, a poderes y silencios.

El gesto de la directora es incluir la memoria de las personas en los vestigios de los eventos. Las narraciones íntimas y las percepciones se vuelven archivos, y las reuniones entre amigxs son herramientas de interpretación histórica. El documental le otorga la familiaridad del recuerdo a estas historias que, a muchos y muchas, nos han llegado por la televisión, o a lo mejor por alguna clase de historia.

Para darle la misma familiaridad a este texto, pongo aquí mi propio recuento histórico del momento en que vi el documental por medio de fotografías de lo que estaba alrededor mío:

Referencias

Didi-Huberman, G., Chéroux, C., & Arnaldo, J. (2013). Cuando las imágenes tocan lo real. Círculo de Bellas Artes.

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