Hasta ahora, la imagen creada digitalmente no ha exigido del espectador una forma nueva de mirar. Quiero decir: ¿vemos de manera fundamentalmente distinta los ejércitos de Lawrence of Arabia (David Lean, 1962) de los ejércitos de Attack of the Clones (George Lucas, 2002), por el simple hecho de que uno haya sido real y el otro generado por computadora? Evidentemente, los realizadores de Star Wars querían que uno mire esos ejércitos creyendo en la existencia de cada uno de esos soldados. Si los resultados fueron convincentes o no, resulta una cuestión de orden técnico que no me interesa discutir y, si el fanático de la franquicia salió decepcionado de los efectos especiales de las precuelas, los productores tomaron nota más o menos rápido de modo que saliera satisfecho en 2015.

Por lo general, cuando se combinan elementos físicos de la puesta en escena (actores, objetos, etc.) con imágenes generadas por computadora, se hace de tal manera que el conjunto pueda ser apreciado en armonía, con la distinta naturaleza de ambos perfectamente integrada bajo un solo sistema. Justamente ese fue el gran éxito a nivel visual de la última entrega de Star Wars. No confiar por completo en la imagen generada por computadora, sino realizar una combinación muy prolija del CGI con espacios reales y efectos prácticos, con tal perfección técnica que lo digital parece tener también un peso tangible, como los actores o los elementos de utilería.

En estas películas el espectador puede meterse dentro de la acción y seguir directamente el drama sin la necesidad de distinguir lo físico de lo digital. Más aún, es una condición que no lo haga. Bajo esta lógica, el sistema falla si el espectador distingue un elemento discordante (un personaje o un paisaje perceptiblemente computarizado) porque todo el conjunto está construido en función de la verosimilitud de ese universo. La disonancia llama la atención sobre el proceso que opera por detrás de la pantalla y produce un efecto distanciador.
Suena paradójico, pero tendemos a esperar que la fantasía construya un verosímil muy estricto. Autorizamos la irrupción de lo fantástico sólo si el universo narrativo ha sido construído de manera convincente, si ha sido propiamente establecido mediante los códigos adecuados. Códigos que, por otra parte, provienen en su mayoría de tradiciones dramatúrgicas y literarias mucho más viejas que el cine.

Desde la novela clásica de aventura e incluso antes, pasando por Poe y Julio Verne hasta esta última entrega de Star Wars, la narrativa clásica dedica una buena parte de sus operaciones en armar un sistema dentro del cual la repentina irrupción de un monstruo u otro ente sobrenatural produzca una reacción genuina de sorpresa, no descreimiento. Así, lo digital llegó a integrarse al sistema predominante de manera silenciosa, sin causar alteraciones fundamentales en la relación con el espectador ni en el modo en que las imágenes construyen ficciones.

Fuera de Hollywood, la mayoría de directores del llamado cine de autor filman hoy todavía bajo los mismos principios que sus predecesores de 35 mm, con la gran ventaja sobre ellos de que es mucho más barato. Sabiendo que los cambios de marea en el arte están siempre íntimamente ligados a un avance tecnológico (pensemos en la invención de la fotografía y su influencia sobre el desarrollo del arte no figurativo o la bien documentada relación entre las cámaras livianas y el neorrealismo, por poner dos ejemplos notables), resulta curioso que en su gran mayoría los cineastas hayan preferido rechazar la posibilidad de renovar el vocabulario del cine a través de la imagen generada por computadora.

A todo esto, la discusión que en realidad quisiera dejar abierta es la posibilidad de una imagen digital en el cine que no sea sólo capaz de mostrar cosas nuevas, sino que invente nuevas formas de ver. Comenzar a problematizar los materiales de nuestro tiempo en lugar de simplemente asimilarlos a las formas preexistentes.

Para dar un paso tentativo en esa dirección, tal vez sea útil mirar lejos del centro gravitacional de la industria. Poner atención a casos muy particulares de hibridación audiovisual entre lo digital y lo físico, que por su originalidad, obligan a pensar en nuevas posibilidades.

Sustituyendo a las salas de cine o a la televisión, el internet se ha consagrado ya como el canal idóneo para la creación y distribución más o menos democratizada en la actualidad. Entre la amplísima gama de contenido audiovisual ahí disponible, me llama la atención el descubrimiento reciente de pequeñas producciones en rincones insospechados del mundo, como Ghana, Nigeria y otros pobrisimos países del llamado tercer mundo, donde la imagen digital les ha dado la oportunidad de cultivar géneros cinematográficos que antes simplemente no les habrían sido accesibles: acción, ciencia-ficción, terror y muchísimos más. Es un cine donde, a pesar de evidentes debilidades (la peor siendo una tendencia marcada hacia el cliché occidental) lo que termina llamando más la atención es el ímpetu imaginativo y las creativas soluciones visuales que encuentran para superar la falta de recursos. El resultado es un frenesí que crece entre dos fuerzas condicionantes muy poderosas. Por un lado, la escasez apremiante de medios de producción, y por otro, el potencial aparentemente ilimitado que permite la imagen digital.

El resultado es de una artificiosidad extravagante, pero también de un espíritu genuino. Donde la construcción de un verosímil se ha fracturado, se ha formado una fisura por donde se entrevé algo mucho más profundo. Para eso es importante que la falsedad de los efectos no sea un producto consciente, fruto de un gusto por la desprolijidad, sino más bien un ejercicio auténtico de ficcionalización sometido a las contingencias de su entorno. El resultado es una ficción que es más que mera representación, sino la proyección genuina y contemporánea de una cultura a través de lo falso. Eso me hace pensar en las posibilidades que surgirían de combinar la imagen digital con estrategias documentales. En definitiva, que lo digital pueda ser una fisura en las ilusiones perfectas, por donde puede entrar la realidad en el arte, convertir lo falso en un acto de afirmación de la vida y no de su negación.

Pero sin necesidad de aventurar más propuestas, basta ver una elaboradísima secuencia de acción, con explosiones, con helicópteros, con tanques de guerra, filmada enteramente dentro de un living o en una calle cualquiera de Monrovia, para que sea imposible dejar de apreciar las ingeniosas soluciones encontradas por los realizadores. ¿Y por qué no apreciar también el valor artesanal en lo digital? Si podemos admirar una vieja vasija de cerámica en un museo y sabemos apreciar que son precisamente esas rayaduras, esos errores y accidentes los que agregan un valor extra que excede la mera utilidad del objeto, que son esos los detalles que más hablan sobre la cultura de donde vino esa vasija: ¿Por qué no hacer lo mismo con los materiales de nuestro tiempo?

 

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