Cuando una amiga regresó a Quito después de haber vivido cinco años en Buenos Aires me contó que llegó con una maleta grande en la que logró que quepan todas sus cosas. Ella me dijo que siempre le ha gustado “viajar ligera” y no cargar todo el tiempo con objetos que a la larga terminan siendo inútiles. Aunque no le dije nada, no dejaba de sorprenderme de su capacidad, que calificaba como inaudita, de deshacerse de aquello que ocupa demasiado espacio, físico e incluso emocional. Me parecía increíble que, por ejemplo, toda su vida en la ciudad de la furia se haya reducido a una maleta de 23 kg. Para mí, eso hubiera sido, de lejos, insuficiente. Me preguntaba: ¿cómo yo podría meter en una maleta con esa capacidad, docenas de libros; los detalles que me rememorarían a amigxs, lugares o acontecimientos que me marcaron; la comida y los dulces que traería por montones como el último lazo que me conecta a su lugar de origen; o los regalos con los que recordaría a mi familia y amigxs cercanos que siempre estuvieron acompañándome en cada paso a pesar de la distancia? 

Es imposible viajar ligera -me decía-. 

Bajando por el ascensor de mi edificio en Barcelona, la ciudad en la que vivo ahora, con varias cajas de cartón vacías dispuestas a colocar en el contenedor del reciclaje, me crucé con una chica que transportaba tranquilamente una maleta muy grande. Debe estar vacía -pensé-, mientras ella la trasladaba con facilidad y yo luchaba con los cartones que no me dejaban caminar sin miedo a tropezar. De pronto recordé aquella conversación que tuve con mi amiga en Quito. Mientras aquella joven caminaba radiante con su liviano equipaje y prácticamente dejaba ver una cálida sonrisa detrás de la mascarilla que llevaba, después de casi dos meses y medio de encierro por el COVID-19; yo me sentía incómoda. Percibía cómo  el sudor de mis manos se acumulaba y hacía casi imposible que pueda dar dos pasos sin que alguna caja se deslizara y cayera. Debajo de la mascarilla, me ahogaba una sensación de asfixia que se encontraba incrédula con la soltura de esa chica.

El agobio terminó cuando tiré todas esas cajas de objetos que pertenecieron a unx de mis compañerxs de piso, con quien he compartido aproximadamente 75 días de confinamiento. Esta persona se califica así mismx como “coleccionista” de cosas, y en esos cartones alguna vez estuvieron alojados los múltiples objetos que dice guardar. Descubrí esa peculiar característica que, en 9 meses de convivencia anterior al confinamiento, jamás había procesado como tal cuando mi rutina planificada se enfrentó con los vaivenes impredecibles de su día a día. Durante la cuarentena, mi ciclo repetitivo de hábitos consistía en desayunos de madrugada antes de comenzar a teletrabajar en mi habitación; el break de la media mañana; la preparación de la comida alrededor de las 2 de la tarde; el almuerzo a las 3; videollamadas nostálgicas al anochecer; intentos de ejercicios nocturnos para tratar de enfrentar el sedentarismo y continuar teletrabajando hasta la media noche. Por su parte, mi compi llevaba a cabo intermitentes y mudables actividades que iban desde desayunos a diferentes horas de la mañana; preparación de tartas y pasteles a media tarde o en la noche; clases de alemán online; hasta idas constantes a ejercitarse o descansar en la azotea a cualquier hora del día. De un momento a otro, cuando mi marcada rutina se encontraba con lo impredecible de su día a día empecé a excavar el hoyo de las revelaciones. 

Mi compi “colecciona” de todo: zapatos, camisetas, pantalones, chaquetas, además de tuppers, y otras herramientas de cocina que necesita para ejercer su profesión. Sus cosas están guardadas  en cada rincón de nuestra casa, a excepción de las habitaciones que afortunadamente no ocupa. Mi molestia por el desorden que esto provoca nos llevó a intercambiar malestares. Un tira y afloja bastante reñido permitió que varias de esas cosas desaparezcan, aunque no sé si las sigue guardando. Justamente esa inseguridad condujo a que mi percepción de la presencia de sus cosas empezara a agudizarse. Un día, cuando me dijo: “me gusta coleccionar zapatillas”, mientras yo veía asombrada un mueble lleno de ellas, de todos los colores y modelos posibles, solo alcancé a sonreírle, al tiempo que en mi interior se prendía un incendio inagotable. 

Collage por Patricia Celi Medina, 2020.

Coleccionar, -me repetía- es disponer y conservar una serie de objetos, materiales e inmateriales, en un contexto propicio para comunicarlo a un público más amplio. Dicho de otro modo, hay un trabajo implícito en reunir, clasificar y seleccionar aquello que se colecciona. Al menos, así es como imagino la labor realizada por coleccionistas de arte o antigüedades. Ahora, me pregunto: ¿dónde está el trabajo  cuando se apiña todo lo que resulta de un consumo imparable? Solo hay una clara acción destinada a la transacción que permite la compra de aquello que  se guarda para la posteridad. No hay un quehacer detenido, solo una apetencia insaciable y una negación a desaparecer los sucesivos frutos de ese apetito. A diferencia de la dedicación que marca al acto de coleccionar, cuando tiene lugar la acumulación, hay una serie de anhelos incontrolables que no se comunican, sino que se imponen a lxs otrxs. Justamente esa imposición es la que me comenzó a generar  una incomodidad y extrañeza indigerible

Al principio creí que ese malestar se derivaba de los espacios desordenados en casa con las cosas que sobraban de esta persona. Sin embargo, si al caminar por la sala o al acercarme al comedor me encontraba con algo, aunque sea una servilleta que mi compi tomó y que no estaba en su lugar, dentro de mí surgía un enfado inaudito. Todo lo atribuía a una manía acumuladora que empezaba a detestar. No me parecía (¿o parece aún?) que bastase con las cosas guardadas o ubicadas en su lugar. El solo hecho de saber que están guardados objetos que no hacen falta, que podrían servir a otrxs, o que simplemente ya no pueden utilizarse más, me empezó a agobiar.

De esa forma rememoré la expresión “viajar ligera” de mi amiga. ¿Por qué mi genio y estado de ánimo comenzó a girar en torno a las cosas que para mí restaban en casa?, ¿por qué no puedo estar en paz hasta sentir y saber que todo está en su lugar y que, al menos, las cosas que sobran no están guardadas en los espacios de uso común? La alteración que me produce la costumbre de “acumular” tiene que ver, sí con las cosas, con lo que estas representan y me recuerdan, pero sobre todo con otros hábitos acumuladores, tal vez más subjetivos, con los que me he descubierto identificada: decisiones no resueltas; los recuerdos y conexiones a personas que en lugar de ser un motor son un freno; resentimientos; asuntos pendientes no dichos o no escuchados.

Aunque no acumulo (o no tanto ahora) cosas inservibles, tengo varios de aquellos otros “asuntos” ocupando un espacio importante en mi corazón: mis preocupaciones y especialmente, mis deseos. Para mí, un deseo no concretado, guarda una intención contraria que lo detiene. Cuando se acumulan deseos que cuestan cristalizar, hay una ola contracorriente que suma fuerzas y que sé que debo romper. No siempre sé cómo hacerlo. Fue así como me tomó dos años sacar de mi armario y de mi vida, los regalos de una expareja. Cuando por fin lo logré, sentí que la cadena de acumulación se rompió. No solo estaba desapareciendo de mi espectro visual esos recuerdos que ya no me alimentaban, sino que con ellos también se iban, y de una vez por todas, sus celos e inseguridades que se acumularon a mi alrededor, acrecentando en mí sentimientos de culpa; de terror a una vida sin él; de miedo a proyectos propios que no encajen con sus expectativas; de incertidumbre frente a mis fallos demostrándole que soy alguien que “puede ser leal”; y de malabares constantes para mantener a mis amigxs, así no sean dignxs de “su confianza”. Cuando necesitaba un impulso para recordarme por qué no retroceder, volvía a la caja con esos sentimientos “coleccionados” y recordaba el propósito de reconstruir mi otro mundo con otros afectos posibles -que siempre me permitan volver a mí y jamás me lleven a renunciar a mis constantes utopías-. Luego, llegó el día en el que no fue necesario reensamblar nada más. 

Esas colecciones ya no forman parte de mi espacio vital.

Compartir piso con una persona que acumula cosas me ha enfrentado con una metáfora en torno a mi propia capacidad de amontonar aquello que, aunque quiera esconder bajo la alfombra, siempre termina estorbando. En mi caso he tenido la fortuna de siempre estar sostenida por valiosas mujeres que me ayudan a continuar el camino sin ese montón de piedritas en mi zapato, chirriando y haciéndome tropezar muchísimas veces. Hoy por supuesto, también acumulo otras tantas trincheras: confesiones que quisiera gritar desde niña, pero aún no me alcanza la voz; dilemas sobre la dirección que toman los sentimientos que me embargan y no paran de dilatarse; promesas que sigo sin cumplírmelas; desazones respecto a las relaciones familiares que me cuestan abordar. Todo esto conforma mi reserva de deseos en suspenso, de palabras que se inhiben y se atoran en mi garganta, de vacilaciones y desesperanzas. 

Ya no calculo y comparo las ventajas de aceptar lo que implica la presencia de algo o alguien en mi vida, frente a lo que significaría la magnitud de rechazarlo. Esto no es más una operación matemática en la que sumo supuestas grandes hazañas para lograr un efecto placebo, y resto los pasos cortos y continuos que podrían llevarme a abrir las puertas a lo que debo dejar salir para sentirme finalmente liberada del peso que se ha ido acumulando sobre mis hombros. Un peso que puede amontonarse lentamente como transcurren 75 días de encierro durante una pandemia, a veces también de forma liviana como las cosas que mi amiga decidió empacar en una maleta de 23 kg, o incluso aglutinarse insospechadamente durante 9 meses compartiendo una vida de piso que parecía estándar. No importa la forma en la que se recolecten, con paciencia voy desaprendiendo el enfado que me producen los acervos innecesarios. 

Hoy abrazo todo eso que se acumula en mi espíritu y me conduce a la fragilidad, para evitar atascos, para soltarlo, para pronunciarlo con todas sus sílabas, para convertirlo en un deseo satisfecho y viajar ligera.

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