Irene mira a las cosas con una curiosidad temerosa. No es una curiosidad que hace estallar sus ojos, pero que los opaca. Irene tiene trece años y es la más callada de una familia extensa, cuyas energías están dirigidas al matrimonio de Solange, la hija mayor. Mientras su padre ronca las tardes y noches, su madre y hermanas se preparan diligentemente para el gran evento. Irene pasa la mayor parte de su tiempo afuera, y es desde allí donde ella se permite mirar las cosas. Esa distancia con la cual observa se dispara de una marginalidad emocional que es irrespirable. En la dificultad de mirarse a sí misma, Irene mira al resto. Así es como encuentra a la otra Irene, también de trece años, con un cuerpo más adulto que el suyo, con ojos que disparan chispas y un vigor irreprimible. Cuando Irene la conoce, su curiosidad no deja de ser sombría pero sí más perspicaz.

En su ópera prima, el realizador brasileño Fabio Meira serpentea varios escenarios que acumulan tensiones hacia el despertar al que llega Irene. En la rigidez de su hogar, que se contrapone a la despreocupación del hogar de la otra Irene, Meira delata una fijación por establecer diferencias estilísticas que se minimizan en la interacción entre las dos Irenes. Ahí, en el espacio que se va achicando entre ellas, es donde As Duas Irenes (2017) cobra fuerza. Ahí es donde la película me atrapa. Hay un magnetismo entre ellas que supera a todo el resto de capas que componen a la película. Entonces me quedo con los paseos en bicicleta, los bailes, las idas al cine y la imagen que condensa todo ello, y que conjura a la escena más emblemática de Persona (1966) de Ingmar Bergman: Liv Ullmann y Bibi Andersson viendo a la cámara mientras sus rostros se funden en uno.

Bibi Andersson y Liv Ullmann en Persona (1966) de Ingmar Bergman. 

Isabela Torres y Priscila Bittencourt en As Duas Irenes (2017) de Fabio Meira 

Los rostros de las dos Irenes no llegan a fundirse en uno, quizás porque guardan una distancia que tambalea por la fragilidad de su inocencia. Meira elabora tensiones que rozan la superficie del descubrimiento de la sexualidad de cada una. Pero no permanece mucho tiempo ahí, y da prioridad al secreto que guarda Tonico, el padre de Irene, como guía de la línea narrativa. Éste no busca una revelación climática, más bien dispone un escenario que abre nuevas posibilidades para Irene, y la escapatoria a otra vida es la más efervescente. La otra Irene es quien la cristaliza. El encuentro entre las dos, sugiere Meira, es el acto de mirar a otra y encontrarse a una misma, a la vez que es el acto de mirarse a una misma y encontrar a otra.

La intensidad de ese acto atraviesa a la película y logra desarmar a momentos su tono árido. La forma de mirar de Irene parte de una profunda soledad, la de querer ser otra, la de querer crecer a pasos acelerados, la de querer ser deseada. Con la aparición de la otra Irene, Meira explora las fronteras que existen entre ellas y sus deseos. La frontera de sus manos se queda conmigo. Cuando se tocan, en ese contacto tan simétrico, sus manos se convierten en una. Las formas magnéticas que operan sus cuerpos son el engaño más fiel.

As Duas Irenes será proyectada como parte del 2do Festival Internacional de Cine de Quito. Encuentra la programación completa aquí.

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