¿Qué hace que el rumbo de una vida se torsione hasta lo irreconocible, que lo que una vez fue fundamental pase de pronto a ser accesorio o, más aún, indiferente? ¿Cuáles son los movimientos decisivos de una persona, los que marcan la variabilidad de su potencia de vivir? ¿Cómo es que el amor, ese acontecimiento extraordinario que cualquiera puede experimentar pero que no responde a ninguna voluntad, pasa de ser una fuerza absoluta a una ausencia banal? Pocas cosas, como el enamoramiento, tan poderosas en su capacidad de desarmar las certezas y los planes de los sujetos para entregarlos al flujo y al choque de fuerzas e impulsos que nadie domina. Pocas cosas, como el enamoramiento, también, tan misteriosas en su modo de, súbitamente, desaparecer.

Las preguntas del principio son engañosas. Parecerían presuponer que en efecto hay algo, un acontecimiento o momento decisivos, fundantes, que hacen que la vida cambie, o que la vida cambia en el instante en que tiene que cambiar, como si existiera para el advenimiento de lo extraño un programa capaz de ejecutarse. Esas preguntas no tienen respuesta porque la materia misma de la vida está hecha de la forma intempestiva en que puede siempre volver a comenzar; del modo discontinuo en que ejerce sobre las personas su caudal de mutabilidad, su soberana posibilidad de empezar a ser otra vida en cualquier momento.

Algo de esto, pero con mayor gracia, con enorme ligereza, parece decir Hermia & Helena (Argentina-Estados Unidos, 2016), la sexta película de Matías Piñeiro, estrenada en agosto del 2016 en el Festival de Locarno. Ahí, la vida y los planes de Camila (Agustina Muñoz), una joven actriz que gana una beca para traducir el Sueño de una noche de verano de Shakespeare en Nueva York, cambian decisivamente, aunque ella permanezca ajena a cualquier decisión. Si en los días previos a su partida, Camila lamenta un poco tener que irse cuando su relación con Leo está en su mejor momento; si está decidida a terminar su proyecto antes del cumplimiento del plazo de la beca para poder volver lo más pronto posible; si, en efecto, al principio rechaza distracciones para concentrarse en el trabajo, el movimiento de la historia, ajeno a las causas, pura deriva de encuentros y reencuentros, la lleva a dejarse atraer por las fuerzas azarosas del amor sin programas.

Camila recuerda un poco a Suzanne, la amante compulsiva de A nuestros amores, esa película inagotable de Maurice Pialat: su salto de pareja en pareja no obedece a ningún programa, ocurre distraídamente, sin moral, sin maldad, como si las relaciones, los eventos y los lugares cotidianos pero enigmáticos de la ciudad en la que se mueve fueran el solo requisito, la sola excusa, para torcer radicalmente el rumbo, sin aspavientos pero también sin reparos. No hay dramatismo, reflexión, cuestionamiento: ejemplar es la escena en que se encuentra después de un período considerable con Gregg, otro de sus amores neoyorquinos, y hace con él, en ese instante del reencuentro, planes de casorio, hijos, mudanzas; muestra una entrega absoluta, inocente, casi romántica. Sin embargo todo lo interrumpe abruptamente, diría que con crueldad si no fuera que el acto carece de premeditación, ante la simple llamada de Lukas, otro amor. Entonces besa a Gregg y huye corriendo a un nuevo encuentro.

La lógica de la comedia de enredos (Hermia y Helena son los personajes femeninos de la comedia shakespeariana que Camila traduce en Nueva York, y la plasticidad de sus aventuras evoca las de Camila y Carmen, interpretada ésta última por María Villar, amiga que acaba de volver de Nueva York cuando Camila está por irse y que le da extraños consejos marcados por la principal y tal vez única conclusión de su experiencia con la beca: que nada cambia, que el año fuera la dejó exactamente igual que antes de haberse ido), esta lógica, pues, como es usual además en la filmografía de Piñeiro, es instrumentalizada por el relato para exacerbar sus propias posibilidades: las relaciones, los desencuentros, los equívocos y las coincidencias se multiplican para multiplicar también las derivas de la historia, su caudal de contingencia y las líneas de fuga hacia relatos por venir.

En ese trabajo grácil con las posibilidades de registro de lo espontáneo, del amor en el momento de su in-significante nacimiento, Hermia & Helena explora también algunos ámbitos inusuales en la cinematografía de Matías Piñeiro: la maternidad y, sobre todo, la condición de ser hijo, ese equívoco ineludible. Es significativo que el único momento en que Camila suspende la amorosa indolencia con que deja y encuentra viejos y nuevos amantes sea cuando viaja hacia las afueras de Nueva York para conocer a su padre, un contador solitario que vive cerca de un río y de un bosque. La forma extraña en que se aproxima a él (lleva anotada una lista de preguntas para hacerle, como si se tratara de una entrevista periodística, sobre-actuando de este modo la distancia que la une a su progenitor), el modo amable pero desapegado en que se relacionan (son, finalmente, dos extraños unidos únicamente por una invisible cadena genética que corre, anodina, por ambos cuerpos) se contrasta con el llanto de Camila, a oscuras y en silencio, conmocionada quizá por la irrelevancia de ese encuentro fundamental. Recordaría tal vez, entonces, las palabras de su amiga Carmen: “Yo volví y estoy igual a cuando me fui”, la mentirosa textura de una verdad irremediable.

Hacia el final, en lugar de la vuelta anticipada a Buenos Aires, en lugar de una extensión de la beca (propuesta insistentemente por Lukas), Camila emprende viaje hacia Montana para encontrarse con Danièle, otra enigmática figura de amor/amistad que Carmen había dejado en suspenso y que presenta para Camila nuevas vías para el viaje, nuevos desvíos posibles. Si Carmen dice, en un límite indecidible entre la verdad y la falsedad, mintiendo y siendo veraz al mismo tiempo, haber vuelto igual que como se fue, Camila participa de una mutación a la vez radical y modesta: no emprende sus cambios de planes como grandes hitos existenciales ni como gestos inaugurales de ningún tipo. En lo que representen para ella el amor y el desapego se cifra sobre todo una melancolía sin contenido: la que sentimos cada vez que constatamos que la vida no avanza ni retrocede; que comienza, diáfana y extraña, cada vez, al ritmo inaudito del acontecer azaroso del tiempo que nos tocó vivir.

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