La película pernambucana Aquarius de Mendonça Filho, que fue seleccionada para el lanzamiento de La Casa Cine Fest (2017) de la Casa de la Cultura, tiene todos los méritos para serlo. Fue la película sudamericana más triunfadora del año pasado: se estrenó en Cannes compitiendo por la Palma de Oro. No ganó, pero se llevó una standing-ovation de 5 minutos. Sí ganó en Cartagena de Indias, y en Munich. Fue escogida la mejor película extranjera en los Césares franceses, y Sonia Braga, auténtica diva brasileña, se llevó el premio a la mejor actriz en muchísimos festivales por su interpretación de Clara. Solo por ella ya vale la pena ir al cine. Además es gratis. Pero no estamos para hacer un afiche. Lo que sí es verdad es que la película me emocionó, y cada premio también lo hizo, porque viví en Recife y amo el Pernambuco. También amo a Quito, y supongo que me emocionaría tremendamente si una película ecuatoriana tuviese el reconocimiento mundial que ha tenido Aquarius. Después de la proyección y en vista de este texto, entrevisté a Pedro Queiroz, un viejo amigo que interpreta a Tomás, sobrino de Clara.

Aquarius trata sobre muchísimos temas, pero el hilo conductor de la narración es justamente Clara, una viuda de 65 años que vive en un viejo apartamento frente al mar en la ciudad de Recife. La casona donde reside ha sido progresivamente desocupada por los vecinos pues una constructora inmobiliaria, con el afán de construir un rascacielos, ha comprado todos los departamentos. Menos el de Clara, por supuesto. La mujer resiste épicamente defendiendo su casa, su causa, contra viento y marea. Incluso sus familiares parecen querer que ceda. Este tema, que podría parecer banal, da lugar a reflexiones de absoluta contemporaneidad y universalidad. La universalidad del combate, la belleza del individuo que resiste frente a la máquina compresora.

En Recife, de hecho, el tema de las militancias urbanísticas no es nuevo. Las constructoras han devastado la principal playa para transformarla en un muro de departamentos con vista al mar.

Aquarius es de alguna forma la continuación de esos debates. Pedro Queiroz nos dice: “La gente (nosotros los progresistas) tiende a considerar a lo conservador como algo exclusivamente negativo, cuando a veces es una manera de preservar lo que da identidad a un lugar. Además el Brasil, desde su fundación, ha renegado de sus orígenes. Sufrimos constantemente una pérdida de identidad y de memoria. Entonces, cuando de preservar la memoria se trata, lo conservador es bueno e importante, eso pienso”.

Los vínculos con los debates ecuatorianos se aclaran. Los términos tienen su complejidad, y esta película permite acercarse a ellos de forma problemática. Pedro cuenta: “Todas las generaciones tuvieron pensamientos del tipo ‘la ciudad ya no es la misma, en mis tiempos no había tráfico, ni polución’. En fin. Todos esos son, de alguna forma, pensamientos conservadores pero son pensamientos más inteligentes que considerar que transformar a Recife en Miami va a ser una solución económica y cultural para la ciudad. Ese tipo de progreso es bobo, es un progreso que solo piensa en el capital, en acumular dinero en la mano de pocas personas. En ese caso, yo seré el tipo que defiende a las casitas con su arquitectura original frente a los rascacielos.”

Las dos caras de la moneda: un conservadurismo consciente es quizás sinónimo de un progresismo avisado. Al fin de cuentas se habla, a través del cuerpo de Clara, de la resistencia frente al capitalismo salvaje. Pero no desde el dogma ni de lo panfletario. Pedro nos lo aclara: “La película no es panfletaria desde el momento en que el personaje principal es una burguesa, Clara. No es la pobrecita, no es alguien que vive en un barrio pobre. Y el rival de ella, Diego, de la inmobiliaria, él tampoco es un monstruo. Ese es el primer paso para no ser panfletario, no trabajar con arquetipos del villano y la moçinha. No hay una idea partidaria. Esta una película sobre resistencia, pero desde un ángulo humano y poético.”


Aquarius le resultó incómodo al gobierno brasileño. Coincidió su estreno con el golpe contra Dilma Roussef. El cast de la película se detuvo encima de los escalones de Cannes y todos blandieron unas hojas A4 con mensajes políticos: En Brasil está sucediendo un golpe de estado. En Brasil ya no hay democracia. Dilma, lucharemos contigo. Las consecuencias: el gobierno de Temer prohibió la película para menores de 18 años, y en un gesto impertinente y soberbio no la nominó a los Oscares.

El ángulo humano y poético del que nos habla Queiroz, pasa principalmente por la sutil actuación de Sonia Braga. A muchos les traerá recuerdos “ajetreados” de esas enamoradas libertarias de Jorge Amado que interpretó en su juventud (Gabriela, Doña Flor, Tieta do Agreste). Sonia habla con todo el cuerpo: la ciudad que crece a su lado la ensimisma, pero ese gesto no concluye en la abdicación, sino en la consciencia de sus músculos. El carisma y el talento de Braga no ha disminuído, y en Aquarius, Sonia vuelve a ser la brasileña total que ya fue.

Pero eso no es lo más importante. Clara es una mujer llena de complejidades. Sobrevivió a un cáncer, y a la pérdida de sus seres queridos. Es una heroína de los tiempos modernos. Madre, abuela, profesional. Pero también una mujer sensual. La escena de sexo, donde aparece el cuerpo de Sonia Braga mutilado por el cáncer, estremece. Clara es un personaje que se aleja de los cánones heroicos a los que estamos acostumbrados.

Celebramos a Aquarius porque además está cargada de gestos cinematográficos, de una narrativa compleja que se acelera hacia el final. Es, en sí, un acto de cine. Una película que te lleva al grado cero de la existencia, allí donde se entremezclan dignidad y cursilería. Es un filme poderoso: la selección musical lo prueba: en los primeros veinte minutos ya te deleitaste con “Another one bites the dust” de Queen, y con “Toda menina bahiana” de Gilberto Gil. Da ganas de ponerse a bailar en plena sala. Conviene contenerse pues en todo lo que sobra de película, la intensidad no disminuye. Yo me la repito.

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