Nota editorial: Durante la escritura de estas notas, Isadora Ponce le compartía a su madre, la artista Olga Berrú, la música que la había llevado a escribirlas. Esta publicación es un diálogo entre ellas.


 

Mi comedor, domingo 19 de Enero 6:00 pm,

Silencio de domingo. La Ela me mira.

Hice café con cardamomo.

A los años que me siento a escribir de música.

Me gusta mirar el piano abierto en cada punto

Saber que en él siempre estarán las pausas y los desfogues:

los que no se contienen en la palabra

pero los produce el deseo de su parto.

 

El sábado 18, el sonido se metió en la piel: recorrió la sangre, goteó por el cuerpo, se sincronizó con mis ritmos internos. Entonces sentí la pulsión de correr: de mutilar el deseo y el libido producido por los bajos -que ahora habitan mis caderas- y transducirlos a palabras. Pensar desde y con la música sobre el cuerpo como el soporte de la obra: el cuerpo sujeto y objeto que oscila entre lo individual y lo político. La capacidad del sonido y el ritmo de guardar una relación distinta con la naturaleza y el territorio que cuestionan aspectos de la modernidad occidental. La ritualidad desplegada sutilmente por las texturas del sonido y la percusión. La masculinidad y feminidad como dos grietas que nos separan y construyen; dos ficciones que se abrazan y se disuelven. El sujeto atrapado por la fetichización del arte. El ego. La contradicción y ambigüedad que habitamos lxs mestizxs que se torna en posibilidad. La música como territorio portable que edifica la diversidad de nuestro universo sonoro y genera sus propias relaciones. Un objeto que se adhiere y desencadena un vómito íntimo de afectos que se filtran en mi piel y se torna voz escrita.

 

Mi sala, jueves 27 de Febrero, 10:00 pm.

Horno. Sofá. Cuadros de mis otros hogares por todo el espacio.

Fragmento de invierno andino: de lectura con interrupciones sonoras.

Arrullos de lluvia.

 

El sonido háptico que entra en contacto: toca, “agarra”, susurra, toca a ser tocado. Afecta en distintas superficies donde la piel es solo su primera capa.

Afectos.

Sonido.

Tacto.

Los afectos son momentos de intensidad que pasan de un cuerpo a otro (humano o no), que parten de uno y se mueven hacia otro; resonancias que circulan alrededor y entre cuerpos [1]. El sonido es energía emitida por vibraciones transmitidas por un medio que requieren de otro cuerpo para ser expuestas, es decir, escuchadas. Tacto: “el sentido olvidado”, como dice Pablo Maurrette, –libro que me acaricia, recorre, despierta, libro que me lo dio otro ser que le hace al mundo y a mi-  sentido que converge todo: tangibilidad, deseo, prudencia: entendida como saber leer, escuchar, sentir la situación y saber tocarla. Como dice Maurrete: “tener tacto es saber afectar; es tocar sin contacto físico” [2].Tacto, sonido, afecto: existencias que convergen, se entrelazan, se adhieren permeando las texturas internas y nos llevan hacia el movimiento, el pensamiento y la extensión. Energía invisible que circula y requiere de la materialidad para mutar de lo intangible a lo tangible.

Quizás por eso, para mí, escribir de música es escribir de sonido/afecto/cuerpo. Escribir sobre mi cuerpo afectado y las posibles formas que se despliegan una vez que la resonancia atraviesa y permea el tejido de la piel. Tornar al cuerpo y a la escucha en tierra y agua que crean barro sonoro y nos permiten moldearlo en palabra escrita. La escucha como forma para escribir de música pero a la vez como la técnica del cuerpo que difumina fronteras entre la música como objeto y la que escribe como sujeto. Como dice Debora Kapchan, cada acto de escucha nos orienta a una dirección afectiva particular: “Lo que oímos depende de cómo escuchamos y para qué escuchamos” [3].

Desde hace una semana escucho Astro cada vez que estoy en la bici, cuando la oficina tiene silencio de cuerpos y la luz de la tarde le da otro contorno a Santa Teresita, también mientras troto o cuando hago granola. Escribir de música es que te acompañe y le dé otros sonidos a la cotidianidad.

Mi comedor, domingo 18-19 de Enero 11:00 pm

Mi ático, lunes 1 de Junio, 5;46 pm

Notas  escritas en la pausa del baño

del teatro,

del CAC,

de otra casa y su balcón al abismo.

Palabras cortadas por silencios, el deseo de bailar y el tiempo.

Palabras repensadas en el estar.

La palabra táctica se contuvo en mis extensiones: virtuales y corporales. Hay cosas que no se explican, solo pasan en el cuerpo, ese que se prepara para escuchar, que desea con ansias la experiencia de un concierto. Un concierto que toma al espectáculo como su estética en nuestro mundo colonial del espectáculo carente de arte espectacular. Y aunque espectacular, como todo obra de arte, comparte un cúmulo de disposiciones afectivas que es el receptor el que les da forma. La obra coodependiente de ese otro oído que lo convierte en entretenimiento o encuentro. Lo colectivo del arte y su proceso de experiencia se despliega en una noche larga, fría y ventosa donde antes de entrar al Sucre, visito la tienda de la Guayaquil como inicio al ritual del teatro.

Descubrirme desde la repetición sonora. Mis manos se mueven con el cuerpo. Siento la energía del dedo que pulsa y se expande. Entro en la posibilidad de otro tiempo que se abre entre cantos y teclados que marcan el ciclo de una resonancia menor y crean el territorio virtual de la palabra que sale de la tierra y vuela al espacio.  En música, el ritmo sintetiza la materialidad del sonido con la abstracción del intérvalo a través del tiempo, crea ensamblajes entre elementos tangibles e intangibles. Contrae la abstracción con lo material, generando negras, corcheas, etc, formas particulares como todos esos patrones rítmicos desplegados a lo largo de Lumia, Tejidos, Puerta de Sal, IO. Patrones temporales que ponen al cuerpo presente a vivir el ritmo que siempre es más que puro sonido.

A lo largo de Astro el sonido y el ritmo son camaleones que danzan entre texturas, pero mis caderas siempre vuelven a la tierra. Aunque los oídos lingüísticos no escuchen formas mestizas y la música del Mateo ya no sea “explícita” para nuestro odio dicotómico que le encanta dividir entre lo occidental y lo local,  lo popular y lo académico, etc., los ritmos y las palabras que brotan de esa música nacen de la tierra y arrastran elementos de su paisaje sonoro vivo al sintetizador, la percusión, la voz. Ponen al cuerpo como forma de escucha que danza entre voces y sonidos animalísticos y electrónicos, pentafonías sutiles y las fracturas de la mismidad que el territorio te regala. Y es justamente esto, su posibilidad, su capacidad sonora de cuestionar y reverberar nuestro odio colonial donde el tiempo barroco rebrota.

Por medio de los materiales expresivos, esas tres masculinidades traducen su experiencia imaginaria y estetizan su vida singular. Interfieren la cotidianidad pero no traen a la representación, sino se presentan como simulacro. Son ellos mismos habitando la fábula, como diría Deleuze o Echeverría. Como en IO donde esas voces de máquina que hablan del ritmo de la reproducción reflejan la propia contradicción. Músicos que performan su sombra que no es sombra. Hijxs de la modernidad colonial y capitalista, del barroco fundado en piedra. Olas de luna. Pantallas de estrellas. Absorbidos en nuestro propio reflejo. Criticamos mientras creamos el encuadre de cómo queremos ser vistxs. Celebramos el músico hecho mercancía. Vacuedad cubierta de luces y trajes. Experiencia quebrada. Simulacro en movimiento. Baudrillard nuestro profeta. Todxs inmersxs en el espectáculo. Antropocentrismo del deseo insaciable.

Símbolos, objetos y sonidos que proliferan sin mantenerse fijos a un código particular. Nuestros cuerpos barrocos abiertos, múltiples, enfocados en nosotros mismos, llevados por las emociones que buscan representar lo irrepresentable y caen en una especie de melancolía, característica de nuestro scopic regime [4], como diría Martín Jay.  Y en medio de esos tres cuerpos que mezclan una temporalidad barroca con un mundo espectacular y una tristeza hedonista patriarcal, mi cuerpo femenino baila en la teatralidad fragmentaria construida.  Me encebollo en la mismidad del otro.

 

—–

 

Mi comedor, domingo 19 de Enero 6:00 pm,

Estoy sentada en el comedor.

Silencio de domingo. La Ela se fue.

Me acabé todas las almendras.

Los arpegios y escalas ayudan a desanudar mis ideas sonoras.

 

“El cuerpo no es una cosa, es una

situación: es nuestra comprensión del mundo y el

boceto de nuestro proyecto”

Simón de Beauvoir

 

En la música del Mateo el cuerpo es el soporte: la materia para experimentar, explorar y transformar. Quizás por ello su música es fenomenológica. Por más que los sintetizadores y los sonidos masterizados son parte de su naturaleza, la reproducción técnica no puede capturar toda la energía que se despliega, más aún de un cuerpo que tiene a la naturaleza enraizada y viaja hacia adentro con ella. De esos otros dos cuerpos que hacen de esa música lo que es. -Me conflictua escribir de Astro tan localizado en el Mateo,  sin el Andrés y el Miguel Ángel no hay Astro y eso solo es la primera capa. Alimento al arte como objeto y no proceso, como los tres objetos masculinos que viene de sus naves espaciales al encuadre perfecto de las stories de los cientos de teléfonos que vuelvo a ver a mi alrededor-.

Dentro del telar de vibraciones hubo una resonancia suspendida que se quedó entre esos cuerpos que producían sonido y el mío: energía masculina. Hablar de masculinidad es hablar sobre un cuerpo que no habito, pero la música me llevó a sumergirme en ella desde la intimidad del yo. Expandirme en los pliegues de su fractura. Reverberar: vulnerable, sensible. Escuchar en esos sonidos un cuerpo que es el centro de la experiencia: cuerpo personal que se extiende a lo colectivo. Cuerpo significado y significante que abre el espacio de encuentro entre lo femenino y masculino. Fisura que teje puentes a la vez que rebrota el aire patriarcal que nos asfixia a todxs; cicatriz que nos recuerda los cimientos arcaicos del arte occidental y los límites de su ficción.

Durante todo el concierto, la palabra masculinidad resonó en su contradicción y vino cargada de matices. Palabra invisible que nos siguen marcando y mutilando la piel: determinando el caminar, construyendo nuestra propia mirada, nuestro cuerpo abstraído y roto que modula a la fuerza por ser escuchado. Dispositivo de poder que nos ha condenado a invisibilidades e inaudibilidades infinitas que se han tornado en cotidianidades naturalizadas -como en este concierto donde la masculinidad, como casi siempre, vino con nuestro cuerpo borrado y no es más que el reflejo del vacío femenino en los espacios hegemónicos del mundillo musical, donde el canto es la migaja que nos toca-. A la vez, una masculinidad que emerge de la tierra: cuerpo roto que torna la vulnerabilidad en hilos de creación y no pone al cuerpo en representación sino lo sonoriza. Pulsión que circula y brota. Y soy mujer-cuerpo-naturaleza-deseo, rompo mi prisión mariana. Y somos espejos dentro del espejo con sus diferencias. Música que resuena la desnudez del interior.

—–

 Mi ático, lunes 1 de Junio, 5: 46 pm

Vuelvo a estas notas 4 meses después.

Escucho Astro y el cuerpo y el pensamiento vuelven a bailar.

Se articulan memorias, ideas, silencios, encuentros,

afectos.

Tocar.

     Escuchar.

             Escribir.

 

Decantar sobre un mismo.

Dejar salir lo que está anudado en el vientre y la piel.

Hablar con las distintas materialidades del cuerpo;

expandir sus propias posibilidades y revestirse de ellas.

Compartir la intimidad en un tiempo donde las superficies brillantes nos eclipsan

y evaden el mirarnos desde las fracturas.

Tornar lo individual en colectivo.

Recrear y gestar desde la vulnerabilidad y la ruptura.

 

(Varios fragmentos de estas notas nacieron de una carta que le escribí al Mateo,

una persona que no conozco pero su música me hace sentir lo contrario).


[1] Cfr. Gregg, Melissa, and GregorySeigwoth. “An Inventory of Shimmes.” In The Affect Theory Reader. Durham and London: Duke University Press, 2010, pp. 1.

[2] Maurette, Pablo. El  Sentido Olvidado. Mardulce. Buenos Aires, 2015, pp.53.

[3] Kapchan, Deborah. The Splash or Icarus: Theorzing Sound Writing/Writing Sound Theory.” Theorizing Sound Writing, edited by Deborah Kapchan, Wesleyan University Press, 2017, pp. 5.

[4]Para M. Jay lo visual refleja un campo permeado por lo “natural” y “cultural”, por ello no existe una universalidad en la visión, sino distintas manifestaciones de la experiencia visual. Scopic Regime se refieren a los distintos modos o formas de ver que se despliegan en la modernidad que el autor agrupa en tres: Cartesiano, Baconiano y Barroco haciendo alusión al arte y a la filosofía (Jay ).


Referencias pensadas en estas notas

Deleuze, Gilles. 1993. On the Fold. London: Bloomsbury Publishing PLC.

Gregg, Melissa, and Gregory J Seigworth. 2010. “An Inventory of Shimmer.” In The Affect Theory Reader, edited by Gregory J. Sigworth Melissa Gregg, 1–25. Durham and London: Duke University Press.

Jay, Martin. 1988. “Scopic Regimes of Modernity.” In Vision and Visuality, edited by Hal Foster, 3–23. Seattle: Bay Press.

Kapchan, Deborah. The Splash or Icarus: Theorizing Sound Writing/Writing Sound Theory.” Theorizing Sound Writing, edited by Deborah Kapchan, Wesleyan University Press, 2017, pp. 1–22.

Massumi, Brian. 1995. “The Autonomy of Affect.” Cultural Critique 31: 83–109.

Maurette, Pablo.2015. El  Sentido Olvidado. Buenos Aires.

O’Sullivan, Simon. 2006. Art Encounters Deleuze and Guattari Thought Beyond Representation. Palgrave Macmillan.

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