El 29 de enero del 2020 me reuní con Tata Rodriguez a jugar con los hongos en La Chichería, que tiene todo para ser un lab. Siguiendo la invitación de Pedro Soler y su manual de Fungi Clock le propuse a Tata hacer un nodo Cuenca, Ecuador. Ella es un nexo entre la ciudad y los productores agroecológicos de la provincia del Azuay. Con ella tenemos mucha afinidad, compartimos el amor por las bacterias y los fermentos, por las micro-vidas que nos acompañan a diario, sin las cuales no sería posible la vida y con quienes es plausible establecer relaciones muy diversas. Relaciones que afectan de manera radical y profunda nuestra participación en el tejido de la vida.

La Chichería de Pukushka es una propuesta de cocina sencilla, fresca y agroecológica en un 90% y, a su vez, es un bebedero de matices que reivindica la chicha y las bebidas espirituosas. (Texto de presentación de La Chichería en redes sociales.)

Fungi clock o reloj fúngico, es un proyecto de Pedro Soler. El objetivo del reloj fúngico (o receptor de esporas) es cultivar las esporas flotando en el aire de los espacios que habitamos, documentar su proceso de reproducción y compartir esta documentación con los miembros del MNS (Mycelium Network Society). Este proceso revelara las coincidencias y/o diferencias que hay entre las esporas de diferentes lugares en el mundo, para hacernos participes de una parte del tiempo fúngico y empezar este viaje del micelio juntxs.
Un reloj fúngico (para nosotras trampa de hongo) es un medio de cultivo que se llama PDA – siglas en inglés que significan Potato Dextrose Agar, en español: Agar- agar, dextrosa y caldo de papa. El agar – agar es un alga que se usa como gelatinificante vegetal, usado también para la producción de alimentos veganos. El PDA es una fórmula muy antigua ampliamente usada para hacer cultivos de bacterias y microorganismos.

Más allá del gusto por el fermento del maíz, las dos somos chicheras porque entendemos a la chicha como posibilidad de entrar a otra dimensión, a otra cosmovisión, en la que compartir la chicha de una misma taza es una vacuna contra la mala onda y también contra las enfermedades. Para algunas comunidades de la cultura Kichwa Otavalo, chicha significa “ternura cósmica”. La Chicha es compartir la palabra, el aliento vital, la saliva, el baile, la rueda. Es memoria y conexión.

La chicha de maíz es una de las pocas preparaciones ancestrales de nuestros pueblos primigenios, mantiene en su formulación cientos de años de conocimientos que se codifican y decodifican como información genética en nuestros genes, como hijxs de Mama Sara. (…) La tecnología culinaria presente en los procesos de germinación y fermentación de los granos y azúcares del maíz establece la chicha como una bebida ceremonial que entrevé los conocimientos andinos no escritos que transgreden la epistemología occidental, y dan cuenta de que relato y conocimiento científico no son polos opuestos. ( Fragmento de la presentación de taller “La Chicha, tecnología culinaria andina” desarrollado por la Tata Rodríguez y Sisa Anrango en el Centro de Arte Contemporáneo de Quito, como parte de la programación de la exposición “La tecnología somos nosotrxs”  en el 2018.)

Mama Sara significa Madre del Maíz en kichwa, y dentro de la cosmovisión andina todos, los autodenominados seres humanos, somos hijos de Mama Sara. 

Para Tata Rodríguez la captura de microorganismos del ambiente es una tarea habitual, pues en agroecología es parte de los procesos de producción de fertilizantes. La idea de hacer un nodo en Cuenca del Fungi Clock la motivaba sobre todo por ver qué otra cosa podía pasar, cuál podría ser el devenir arte y pensamiento de un proceso habitual de la agroecología. Coincidimos en que nos gusta más el término “trampa de hongos” a Fungi Clock por ese gesto de querer atrapar las esporas del aire y reproducirlas para que sean visibles ante nuestros ojos, para que reconozcamos los hongos con los que convivimos, además tiene que ver con la posibilidad de atrapar ciertas micro-vidas del ambiente para hacerlas visibles y transformar a partir de eso nuestras vidas, la manera en la que habitamos nuestros espacios comúnmente.

Nos reunimos y preparamos la mezcla, pero al momento de hacer las trampas no sabíamos cuántas porciones salían en una sola preparación, así que casi la mitad se quedó en la olla y después yo la usé fuera del protocolo, tratando de poner a prueba la idea de esterilización. Montamos dos trampas estériles en Petri, una para mi casa y otra para La Chichería. El resto lo dejé en una bolsa y luego lo dividí entre dos lugares: una parte en mi casa (que coloqué en una superficie no esterilizada) y otra parte en mi trabajo, una bella librería en el centro de Cuenca (que coloqué en un vaso de cartón).

La trampa 1/2 en Petri (y la yapa) quedó en la barra de La Chichería. La barra que está entre la cocina y la zona de las mesas. La Chichería está en la planta baja del Museo de los Metales, que es una casa patrimonial construida hace más de 100 años y restaurada por última vez en 1992.

 La trampa 2/2 en Petri estuvo en la Casa de Pon. Pon es un gato abandonado en las calles de Guayaquil, aproximadamente 2 semanas después de nacer. Tal vez nació en diciembre del 2019. Llegó a vivir con la autora y su compañera de departamento casi una semana antes de la instalación de la trampa de hongos. La trampa estuvo encima de la nevera, un lugar ventilado de la casa, sin luz directa del sol.

 La trampa 1/2 no estéril estuvo encima de la nevera de la cerveza en la bella librería donde trabajaba la autora. La librería está ubicada en el centro de Cuenca, a una cuadra y media de la plaza principal, en la planta baja de la Casa de la Cultura.

 La trampa 2/2 no estéril estuvo al lado de la trampa 2/2 en Petri.

Más allá de ver lo que sucedió con las trampas, tal vez lo mejor de esta experiencia pasó en el momento de la preparación de la mezcla. Conversamos y soñamos con un proyecto de las dos, que hiciera equilibrio entre la realidad de las prácticas agroecológicas y la especulación interespecie. Con la experiencia en la producción agroecológica de Tata y mi preocupación por hacer reales otras formas de ser en común, bocetamos un proyecto. Planeamos hacer una recolección de microorganismos en El Cajas, páramo que está a 30 kilómetros de Cuenca. Queríamos grabar tanto la expedición para dejar las trampas y recolectarlas 10 días después con los hongos del páramo. En nuestra ficción estos serían los hongos más puros y poderosos para salvarnos de la extinción. Con esos hongos haríamos crecer alimentos con los que fortaleceríamos nuestros cuerpos para el mundo apocalíptico del futuro. El proyecto tenía como objetivo hacer una narración que animara a más personas a amar los hongos, las micro-vidas y así tejer otras relaciones con los sistemas de lo vivo. Tuvimos que retrasar nuestra primera expedición y la fecha final para esta salida la fijamos para el 18 de marzo de 2020, pero el 17 inició la cuarentena obligatoria en el territorio de Ecuador. No sabremos nunca si esos hongos de El Cajas, que no atrapamos a tiempo, llegarían a ser o no nuestro antídoto.

Ahora mismo, casi un mes después del comienzo del confinamiento –un confinamiento que no es el de los Confinados-a-la-tierra del que hablan Bruno Latour y Donna Haraway–, pensar en las bacterias me permite pensar la pandemia como parte de la misma historia de esto que hemos construido como humanidad. Nosotros, los autodenominados seres humanos, somos en realidad bacterias evolucionadas que se han obsesionado con el control y la dominación, y hemos ido acumulando tanta explotación y tanto sufrimiento, que de manera espontánea o a propósito hemos creado el SARS-CoV-2.

Más allá del pensamiento por oposición (buenos vs. malos), en el 2020 y bajo la presión de la pandemia, las cosas se nos revelan tal y como son. Las emociones son claras y estamos viendo de forma más transparente qué relación tiene con la vida y con los sistemas que la sostienen cada autodenominado “humano”.

Trampa de hongos -Chicheria

Trampa de hongos -Chicheria

 

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