Esto hizo un click sorprendente en mi cabeza. Hace 30 años, vi filmaciones de las mujeres Ama-san buceando para encontrar perlas, una de ellas siendo atacada por un tiburón. Estaba en un documental de televisión y la sangre esparciéndose en el océano fue una imagen que me persiguió durante mi infancia. Cuando estas mujeres Ama-san rezan ‘’aléjanos de los tiburones’’, hubo un escalofrío que bajó por mi espalda. En aquel documental las mujeres eran jóvenes. Aquí son mayores.

@anarresti sobre Ama-San en MUBI.

 

Tengo la costumbre de buscar la etimología de palabras cuyo significado tomo por sentado. Esta vez, la palabra que me inquieta es retrato, que viene del latín retractus (como adjetivo) y retahere (como verbo) y que significa ‘’hacer volver atrás’’, pero también ‘’reducir’’. Estuve dando vueltas alrededor de esta palabra cuando terminé de ver Ama-San, un retrato sobre un grupo de mujeres japonesas que recogen perlas y moluscos, una profesión poco común a los ojos occidentales. Cláudia Varejão, directora del filme, observa con ojos meticulosos los procedimientos que estas mujeres siguen antes de lanzarse al mar a cazar.

Para iniciar, cada una se desprende de sus vestiduras cotidianas terrenales, y entran en rígidos trajes negros, con visores circulares que aprietan sus rostros con escalofriante efectividad. Digo escalofriante porque se nota que son equipos antiguos, las Ama bucean sin tanques de oxígeno. Para proteger sus cabellos utilizan un velo blanco envuelto en sus cabezas. El siguiente paso varía entre las generaciones de Amas, algunas rezan, otras conversan sobre su día, otras se mantienen en silencio y miran el mar. Cuando llega el momento de lanzar la boya que delata su ubicación al capitán del bote, las Ama se sumergen hasta llegar a las profundidades del océano. Al salir, sus manos están llenas de moluscos de todo tipo y tamaño. 

En una conversación con VAIVEM, Varejão cuenta que nunca mantuvo contacto directo con ninguna de las mujeres que aparecen en el filme. Existen barreras lingüísticas, culturales y personales entre ellas, la directora y nosotrxs. Hay ciertas precauciones que se tienen al momento de pintar retratos, principalmente, el no intervenir mucho, porque por más que se retrate a una persona o a un paisaje, el retrato es de quien lo pinta. Probablemente la meta final de un retrato es ser un cuerpo que se deja atravesar, se deja herir por las otras y reflejar. Siento que la película funciona y se unifica por la distancia que establece y mantiene la directora desde un principio con las mujeres y con esta tradición. Las distancias no siempre alejan, incluso me gusta pensar que el rodaje de la película fue un constante tirar y soltar entre la directora y las mujeres, ejercicios de confianza como los que realizamos cuando aprendemos a nadar o a andar en bicicleta, momentos en los que la estabilidad compromete el fin del ejercicio y, por ende, la traicionamos.

Cuando vuelvo a los retratos, pienso en el poder que ejercemos sobre el tiempo para retrocederlo, pausarlo, observarlo. Este específico retrato utiliza el beneficio de las interacciones entre las distintas generaciones de Amas bajo el agua y en la tierra. En la película vemos cómo las mujeres mayores enseñan nuevamente a las menores a utilizar el velo, y es que esta película nos muestra una serie de retratos, y pintar retratos es correr el riesgo de ser reduccionista. Estos juicios nos ponen cara a cara con nuestras decisiones personales y políticas sobre los elementos primordiales y lo que decidimos omitir. Plantea la pregunta de qué vemos y qué decidimos ignorar, qué tomamos por sentado y a quiénes beneficiamos con lo explícito. Ama-San es un ejercicio de observación constante sobre las especificidades de cada uno de los procesos, laborales y personales de las vidas de cada una de estas mujeres para no intervenir de manera muy brusca, muy occidental, en la memoria de las Ama. Si hacer un retrato es inherentemente reducir, hacer un retrato es también la búsqueda del fracaso de las omisiones. 

Me emociona cómo se siente la celebración del fracaso. Me emociona que en este retrato no sea necesario ahondar en cómo la palabra labor está en femenino porque se evidencia en los cuerpos inquietos que nadan en silencio y que se confunden entre todas las que conducen; o en cómo el misticismo que se asocia con las mujeres, específicamente con aquellas no occidentales, se une con el misticismo del mar y burlan su propia existencia, la del uno con el otro. Me emocionan las maneras en las que el océano se esconde en plena vista y en el hecho de que las que mejor lo conocen son ancianas japonesas, porque este retrato también es un comentario sobre los lugares, físicos y laborales, habitables para las mujeres.

Los retratos nos traen la memoria de los afectos pasados, los despiertan, como la primera vez que nadas con aletas, cuando sientes que vuelas y de repente los cambios de la temperatura del agua son más evidentes en el rostro. Las aletas permiten que lxs nadadores avancen el doble de rápido y al hacer de ellxs más pesadxs, permiten que hundirse sea más fácil. Creo que esa es la manera en la que podemos decir que los vestidos que usamos también reflejan algo de nuestros deseos, prendas que funcionan también como retratos. Hay momentos en donde buscamos extensiones para nuestros propios cuerpos que tienen el deseo de huir, momentos y situaciones en donde sobran las razones para hacerse pez.

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