Quiero que saquen sus celulares. Abran su aplicación de notas de voz. Graben lo que sea que escuchen los próximos segundos. Sin cortes. Está permitido moverse, levantar su celular, sacudirlo en el aire. Solo pueden usar efectos si la aplicación ya los incluye. Sigan haciendo esto por un mes, todos los días. Entonces, deténganse. Miren.

Gotas de lluvia golpean contra el ventanal de mi cuarto, cruza la calle el camión del gas con su melosa cancioncita, en un taxi una transmisión de radio se mezcla con los repiqueteos del chasis y los pitazos de los carros, una conversación medio escuchada sentado en el bus entre el rugido del motor, el murmullo del distribuidor de internet que está en la oficina y del que nacen cables que van a parar al resto del edificio público en el que trabajo, unos gritos que atraviesan la avenida Solano un martes a las 6:10, el viento en una mañana gris, los pájaros en una soleada, el murmullo de río y los autos en su percusión de efecto doppler. Ruidos constantes e inevitables. Si el ojo es el órgano de la voluntad, direccionado por nuestras decisiones e intereses, por nuestro deseo, el oído es, en cambio, un órgano receptivo, un sentido que no puede cerrarse, que nos conecta indefectiblemente con el mundo.

Por supuesto, el paisaje sonoro de la ciudad post-industrial no es casual y su construcción ha tardado más o menos dos siglos. Sus primeros gestos fueron la combustión y el ritmo fabril; más tarde, se sumaron también los sonidos electrónicos. Y aunque la lista de elementos que lo componen es larguísima (motores, alarmas, crujidos…) solo una transformación ha sido cualitativa: la velocidad. “En el sonido – escribe R. Murray Schaffer en Soundscape – la línea plana emerge como el resultado de un deseo creciente por la velocidad. Impulso rítmico más velocidad resulta en tono. Cualquier impulso acelerado a más de 20 revoluciones por segundo se funde y se percibe como un contorno continuo.” La pregunta que se me ocurre, entonces, es si el ruido contemporáneo (hecho de imágenes, de referencias, de textos, de películas) también ha empezado a presentarse en la forma de ciclos lo suficientemente acelerados -de modas cíclicas, en un mercadol cultura globalizado de importaciones y exportaciones simbólicas constantes – como para ser percibidos por el consumidor promedio como un continuo, una homogenidad, una monotonía. Como el sonido de un ventilador colgando sobre el húmedo techo de una habitación desordenada en una tarde de sofocante calor.

Entonces, un primer postulado: que en su aceleración, su revolución constante, la percepción del mundo, en la forma de nuestra memoria, se construye también como una tonalidad homogénea y que es sobre esa monotonía sobre la que discurre nuestra consciencia y que nuestro pensar, recordar, soñar… hoy se mueven siguiendo la tonada de un ruido imperativo, inescapable. Recoge el mismo Schaffer: “A Henri Bergson le preguntaron una vez cómo podríamos saber si alguna entidad alguna vez duplicara la velocidad de todos los eventos en el universo. Muy simple, respondió él, porque discerniríamos una gran pérdida en la riqueza de la experiencia (…) como el efecto de algún narcótico en el cerebro.”

El narcótico, aquí es a donde quería llegar. Yo empecé a escuchar lo-fi cuando tenía veintidós años, durante una época de mi vida en la que había desarrollado una relación poco sana con la marihuana. El lo-fi (low fidelity) es una calidad de grabación musical en donde predominan los sonidos imperfectos o de baja fidelidad, es decir baja calidad acústica, con altos niveles de distorsión, donde los sonidos están suavizados, generando una percepción homogénea en la que no se perciben las diferencias entre los elementos que lo componen. A inicios del siglo XX, la baja fidelidad era el resultado de algunos métodos de captación y reproducción analógicos. Así, pueden considerarse lo-fi al sonido de algunos fonógrafos que ‘chispeaban’ o del material plástico de los casetes; igualmente el sonido de la ciudad es lo-fi: repleto de inseparables ruidos, choques, vibraciones; no se puede distinguir a un auto de aquel que le viene detrás.

Las imperfecciones técnicas de grabación y reproducción se solucionaron durante el siglo XIX; así, mientras se alcanzaba el sonido hi-fi (high fidelity), el paisaje sonoro del mundo fue repletándose de sonidos lo-fi. En la música del XXI, en cambio, este acabado resulta de la manipulación digital o la incorporación de sonidos que interfieren en la nitidez. Para ello, se incorporan efectos que suenan cómo si fueran analógicos: un gesto aparentemente nostálgico. Además, se incorporan otros tipos de interferencias: audios de películas o animes, frases icónicas de la cultura pop, elementos de otras canciones, y especialmente el sonido de la lluvia –uno de los pocos sonidos mono-tonales de la naturaleza. En los últimos años, en Youtube, este tipo de lo-fi se ha convertido en un fenómeno musical, casi en un género. Suavizado, descendiente del remix, evocador, melodioso… mientras –pienso en los pitazos que resuenan en los oídos del peatón- el barullo de la ciudad se acercan cada vez más hacia el umbral del dolor, el lo-fi se propone como un género amable, como un narcótico ante el ruido, ante el dolor que provoca y su proliferación descontrolada.


Mi psicólogo me explicó alguna vez que la marihuana tiene un efecto parecido: como un amortiguador. Cuando estás muy bajo, la marihuana te alegra; cuando estás muy extático o acelerado, te tranquiliza. Creo que el lo-fi opera siguiendo esta metáfora: en su suavidad, en su baja fidelidad, amortigua el repiqueo de la ciudad y de sus máquinas; en cambio, en su evidente monotonía, en su nota plana, nos remite a la presencia de este tipo de sonidos, nos ‘hace verlos.’ Y, en la medida en que nos evidencia el ruido que hace bailar frenéticamente a nuestro presente, nuestra consciencia y nuestro pensar, ¿también lo denuncia?

En un concierto hace unos días, el guitarrista Bolívar Ávila presentó los resultados de su investigación sobre música compuesta en Cuenca a mediados del siglo XIX. Específicamente, interpretó unas partituras compuestas por un tal M.A.C. en su Album de piesas balses i polcas. Además de las canciones, la presentación incluía explicaciones sobre los instrumentos de este tiempo: la llamada vihuela o guitarra romántica; sobre las costumbres históricas: los bailes en casa de Hortensia Mata; la ecología cultural de aquel entonces, que ofrecía pocos medios de vida a los guitarristas, por lo que hacían a menudo también de organistas en las iglesias. En seguida, la historia se reconstruía en mi mente en la forma de una sucesión de paisajes acústicos: detrás del avasallador ruido del presente, las explosiones industriales; detrás de eso, el extraño silencio colonial, interrumpido solo por el tañido de las campanas y el sonido de los intercambios comerciales, quizá alguna canción. Detrás, puedo especular otros sonidos, pero no me atrevo a ponerlos por escrito. Sin embargo, en estos paisajes los sonidos naturales van cobrando primacía. Aunque, quizá esta hipótesis ha sido ensayada antes.

Frederic Brown escribe en 1945 The waveries, un clásico de la ciencia ficción en el que una invasión alienígena ocurre en la forma de ‘entidades’ invisibles, consistentes de vibración, que se alimentan de energía eléctrica. El mundo –o más bien, Norteamérica- sucumbe a ellos y se ve obligado a regresar a una etapa pre-industrial. En las últimas páginas, Brown se demora morosamente en los detalles: el canto de aves y de los ríos, el sonido metálico de una campaña de bicicleta, el crujir de una rama, alguien que canta mientras trabaja martilleando alguna cosa, una guitarra… Dos personajes se reencuentran y hablan de su antigua ‘afición’ a la bebida. El uno le dice al otro ‘ya no bebemos porque ya no tenemos que beber.’ Finalmente, el protagonista sube a un balcón de su casa y mira al cielo; del mundo pasado, dice sólo extrañar los truenos.

Por supuesto, nuestra fantasía, que quiere alejarnos del ruido circundante, nos lleva a anhelar un vínculo ficticio con la naturaleza. A veces, ocurre en la forma de un efecto digital que suena como la lluvia; en otras ocasiones, es la añoranza del retumbar de los truenos. Quizá, porque para criticar el presente (proyectándonos hacia el futuro) sólo podemos echar manos de lo que ya pasó, aunque sea en una versión idealizada e imposible. Hoy el ruido es más diverso, más complejo, más extenuante… ya no se trata, siquiera, solamente del tecnicolor, es más, es código flotante en todas partes, son vibraciones que nos atraviesan. Acaso por eso añoramos constantemente pasados bucólicos que imaginamos silenciosos y confortables, repletos a veces de flores y otras tantas de papeles tapiz floridos sobre las paredes de casas y salones. Y frente a este anhelo de imaginaria comunión, de continuidad de la belleza, el lo-fi responde con la suavidad de frases conocidas, de sentencias rápidamente asimilables (recomiendo encarecidamente escuchar Water de Caleb Belkin). En todo caso, resulta curioso que hoy nuestra nostalgia evoque una naturaleza pop.

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