Pertenencias y experiencias de la ciudad  

[Encuentro entre una estudiante de intercambio Europea y jóvenes Venezolanxs huyendo de su país]

*

Guangüiltagua

Pasaron varios meses sin que hablemos. En junio, mandé un mensaje por Facebook a Anthony, joven venezolano con quien compartí una casa en Quito durante cinco meses en el 2016. Me enteré que había decidido irse a Argentina con su pareja.

– Y que van a hacer en Buenos Aires? Estudiar o trabajar?

– Las dos cosas amiga. Yo voy a estudiar inglés, y el Javier va a comenzar instrumentación quirurgica.

– Que chevere! Y ciao Quito?

– Si, a Quito no vuelvo más. Solo de visita para ver a Paula y Kim.

– … Yo extraño a Quito 🙁

– Claro tu viviste cosas muy lindas. Tu experiencia fue muy distinta.

Esta frase se quedó sonando en mi cabeza. Obviamente, tuvimos experiencias diferentes… Siempre tuve consciencia de eso. Pero al escuchar a Anthony un año después de mi estadía, mientras seguía pensando desde Francia en este hermoso e intenso periodo de mi vida, la constatación se volvía aún más fuerte.

Entonces, me acordé. Me acordé verles pasar horas y días en la casa solos, esperando respuestas de los numerosos lugares donde habían dejado sus hojas de vida durante semanas. No salían mucho, no conocían personas, no tenían con quién salir y tampoco los medios para hacerlo. Me hablaban del rechazo que sentían, de una xenofobia palpable, sobre todo en el ámbito laboral. Ambos habían trabajado sólo una vez en el Ecuador, en momentos distintos pero en el mismo lugar: el Burger King del Quicentro. Sin embargo, ambos habían estudiado en Venezuela, y el Javier era graduado en Recursos Humanos.

Y yo, estudiante de intercambio en la San Francisco, seguía clases interesantes y estimulantes, estaba todos los días en relación con gente de mi edad, personas que la mayoría del tiempo se mostraban curiosas y agradecidas por encontrar estudiantes extranjerxs; incluso me invitaban a fiestas, y tuve la oportunidad de viajar al páramo de la Sierra, al verde de la Amazonía y al calor de la Costa. Javier y Anthony no conocieron ninguno de los “mundos” ecuatorianos. 

Me acordé también de las discusiones diarias en la casa. Mientras cocinaban arepas, me describían la belleza de Venezuela: su comida, su ambiente, me contaban a qué punto extrañaban a su familia. Regresar no formaba parte de sus planes, y no sabían cuando iban a poder volver a ver los suyos.

Y yo, por otro lado, había visto a mi familia que me visitó desde Córcega para la Navidad, sabía que la iba a volver a ver en poco y recibí en el mes de mayo un paquete lleno de embutidos y quesos corsos para aliviar mi pequeño sentimiento de añoranza y de falta de lo mío.

*

2018

Ya había sido afectada varias veces por experiencias migratorias ajenas. Crecí en el campo de Córcega, isla en el corazón del Mediterráneo, y muchos de mis compañerxs de clase eran hijxs de inmigrantes marroquíes que trabajaban como obrerxs para agricultorxs corsxs. En la escuela, todxs jugábamos en el patio del recreo en perfecta armonía. Ahora tengo un recuerdo utópico de este periodo de mi vida. Pero llegando al colegio, la discriminación hacia lxs que llamamos “árabes” apareció: a los 12 años, mis compañerxs aprendieron más el racismo que las matemáticas. En mi bus, se había planteado un verdadero apartheid separando la delantera a la parte de atrás. A la salida de las clases en la tarde, explotaban con frecuencia peleas entre “árabes” y “corsxs”. Tengo de manera general el recuerdo de una gran violencia hacia jóvenes que no tenían el origen “correcto”.

Sin embargo, esta vez con lxs venelozanxs, los comentarios, experiencias y anécdotas que escuchaba sí se podían comparar con mi propia experiencia migratoria. Quise entonces aprender y conocer más sobre la realidad de la inmigración venezolana en Ecuador, de la cual, finalmente, había tenido solo un pequeño acercamiento (aunque crucial) viviendo un tiempo con el Anthony y el Javier.

En enero del 2018, después de un año y medio en Francia, volví a Ecuador para hacer el trabajo de campo de mi maestría en sociología. Me encontré de nuevo con amigxs y personas a las que tengo mucho cariño. Encontré de nuevo Quito, pero mi Quito, mis lugares, mis barrios, que no son los de todxs… Mi amigo alemán Valentín, que se enamoró también de la ciudad durante su año de intercambio conmigo, me acompañó un día al sector de La Florida, donde empecé mi investigación: alguien me había indicado que muchxs venezolanxs vivían ahí. Ninguno de lxs dos había visitado este sector de la ciudad… “Al final, conocimos muy poco de Quito”, me dice Valentín. Claro, conocimos poco. “¡En el Recreo, viven bastantes venezolanxs también!”, me comentó un amigo. ¿El Recreo… ? Sí, pasé por ahí. Pasé no más, como por todo el Sur de la ciudad.

Y de nuevo, mientras más me vinculo con lxs venezolanxs en la ciudad, me doy cuenta del contraste entre nuestras experiencias cotidianas como extranjerxs en el Ecuador. “Vivo por Guápulo”, digo al Nico, quien llegó hace dos años a Quito y vende empanadas en la calle con su pareja. “¿Dónde queda eso?”, me pregunta él. Intento explicarle… Y le cuento, le cuento ante todo lo especial de la geografía del barrio: la hermosura del paisaje verde que se ve desde mi depar, lo inclinado de la carretera empedrada que me cuesta subir cada mañana… Pero ¡Qué alivio!, ¡Qué belleza! cuando se llega al mirador y se puede ver, con un poco de suerte, el maestro Cayambe. Claro, también se lo puede ver desde la Occidental, carretera encima de La Florida. Pero el sector donde siempre ha vivido Nico es bastante opuesto a donde vivo yo, y él conoce más la falda del Pichincha que la vista ante el valle.

También le hablo de los lugares “chéveres” cerca de mi casa… Nico nunca había escuchado del Ananke, del Café Guápulo, del cine Ochoymedio o de La Cleta, donde pasé mucho tiempo, especialmente las noches y los fines de semana.

A pesar de que a nivel socioeconómico, el sector de La Florida y Guápulo no difieren tanto, los negocios cerca del antiguo aeropuerto no son del mismo tipo. El dinamismo de la avenida que se extiende hacia el norte es la razón por la cual lxs venezolanxs dicen sentirse como en casa. Pero el barrio no tiene este ambiente mi-hippie, mi-hipster (en francés, se diría bobo: burgués bohemio) que tienen Guápulo y La Floresta.

El cosmopolitismo de estas distintas partes de Quito se traduce en realidad de manera diferente.

Y estuve, de una cierta manera, frustrada: a pesar de mis invitaciones cálidas, ninguno de lxs jóvenes venezolanxs con quienes compartía mis días para la investigación vino a visitarme en Guápulo. Ninguno de ellxs vino tampoco a mi despedida: no era su Quito. Venir hacia mi les parecía una expedición llena de obstáculos: está lejos, queda en un lado de la ciudad totalmente desconocido y no hay como ir en bus hasta la casa, lo que significa pagar un taxi o un Uber si el regreso es de noche. Y claro, no han venido a Ecuador a festejar, a conocer, a gastar el dinero que arduamente ganan en experiencias como estas. Están aquí en un intento de ahorrar y enviar el dinero conseguido a sus familiares en Venezuela, cuyos estómagos vacíos piden de qué comer.

Las calles de Quito han sido de nuevo un camino de preguntas para mí.

Gracias a mi amiga Paula, que tiene al parecer muchas ganas ser profesora, por sus correcciones, a mi amiga Caro y a todo el equipo de Recodo por el trabajo que hacen.

Dibujo por: Diego Bosmediano

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