Jaime Sabines escribió un poema en donde habla del temor que los mexicanos tenemos de evocar al cuerpo, de tal suerte que, pareciera, sólo existen dos momentos en el que podemos hacerlo sin que tal acción nos confronte o nos atemorice: en el nacimiento y en la muerte.

Cuando se llega a este mundo, a falta de experiencia y de nombre propios, lo primero que salta a la vista es nuestro ser. Nuestro físico, que, ya sea pequeño, grande, arrugado, moreno, negro, rojizo, magro o rebosante, es nuestra carta de presentación, de bienvenida. Cuando se fallece, sin importar las circunstancias, vuelve a aparecer la misma carta, pero esta vez en otra condición, la de despedida. En ambos momentos desaparece toda vestidura, deseada o no, para dar paso a la más desnuda de las palabras que pretenden ubicarnos en el tiempo y el espacio precisos: el cuerpo.

Así, al nacer, no es raro escuchar voces que exclamen “¡qué chiquito está!”, “¡qué grandote es!” o “¡mira su cuerpecito!” Mientras que, al morir, tampoco lo es pronunciar “el cuerpo se veló ayer”, “el cuerpo yacía en su cama” o “ya se llevaron el cuerpo”. Sin embargo es ahí, en el espacio entre la vida y la muerte, en donde, inexorablemente, el cuerpo adquiere significado y conciencia de lo que es, de lo que pudo ser, de lo que fue, de lo que no será, de lo que pretendió ser, de lo que anheló, de lo que lo atemorizó y de lo que en otra dimensión pretende evocar. Es ahí donde dejamos lo físico para comprender que el cuerpo es tal únicamente en la medida en que se traspasan otras realidades.

Así, elementos como la religión, la edad, la familia, las tradiciones, las tendencias artísticas, la época, la sexualidad, la nacionalidad, la ciencia, el poder, la prensa, la manipulación y la ignorancia, entre otros, juegan un papel primordial en la asimilación del cuerpo como concepto.

Teniendo, entonces, un panorama de dimensiones mucho más anchas desde donde abordarlo, el cuerpo se convierte en un campo de interpretaciones variadas, de visiones entrecruzadas, de caminos concatenados, en un mundo semiótico vasto que se dispara en miles de paradigmas, discursos, imágenes, formas, contenidos y sentidos, haciendo de su asimilación total una tarea, podría decirse, casi imposible de cumplir.

Las posturas únicas o absolutas, por serlo, por su naturaleza, dejan de tener coherencia ante una entidad de tal envergadura, pues pretender abordar al cuerpo sólo desde la medicina –material de células, carne, huesos y sangre–, desde la religión –campo de batalla, alma mediante, entre Dios y el Maligno, en todas sus presentaciones–, desde el capital –como mercancía y plusvalía redituables–, desde los medios de comunicación –como herramienta que se convierte en lo que sea con tal de engrosar los porcentajes del rating–, desde lo sexual ––como fuente de placer en sus diversas manifestaciones–, desde lo político –cual arma de reivindicación jurídica, de trasgresión genérico-afectiva, de estrategia electoral, de piercing y performance–, desde la historia –cual elemento de análisis de la evolución socioeconómica y de clase–, etcétera, sería tener, a pesar de su vasta amplitud, una visión inmensamente limitada. De hecho, cada una de estas parcelas ha tenido su contexto y su lugar bien determinados, se quiera o no, en nuestra esencia más profunda, y por ende más añeja, lo cual nos ayuda a entender los pasos que hemos dado como humanidad, dicho esto en el elemental y más instintivo entendimiento de nosotros mismos, es decir, a partir de nuestra índole única, particular, sola, carnal, íntimamente propia. ¡Nuestro cuerpo!

Tal vez por ello, y tomando en cuenta estos aspectos semióticos, desde la prehistoria, pasando por el oscurantismo y el Renacimiento, hasta arribar a las expresiones más contemporáneas, el abordaje más completo del cuerpo sólo podría intentarse, nunca cristalizarse, claro está, a través del arte.

El arte es el único que podría hacer no sólo un viaje, sino millones de millones, y llegar ahí, a lo más recóndito de todos los recovecos del cuerpo, a través de todos sus matices conocidos y por conocer, dada su condición libertaria innata, ese terreno inhóspito y placentero en donde ni lo terrenal ni lo espiritual se contradicen. Tenemos, así pues, un cuerpo que representa un complejo viaje hacia sí mismo para entenderse y valorarse mejor. Para mirarse de frente, sin temor. Un viaje íntimo e infinito en donde la recreación y la reinterpretación constantes son la norma. Un cuadro complejo que necesita un lenguaje con una estructura y una sintaxis distintas a las convencionales, a esas etiquetas previas, ya por demás banales. Una gramática propia. Un lenguaje que prescinda del lingüista ahí donde el poeta es irrenunciable. Reflejo y Cuerpo. Nuestro Spencer Tunick, nuestro Daniel Cobián y nuestro José Luis Bueno personales. Imagen y lenguaje. Cuerpo y reflejo sereno. Pintura, locura y poesía. Tunick, Cobián y Bueno. Foto y pintura, arte. Foto fantasía. Foto de mostrarte… Cuerpo ambrosía.

Dice el poeta que la poesía encierra a la verdad. La verdad es poesía y es con ella en donde el cuerpo puede interpretarse y reinventarse una y otra vez, y volver a hacerlo, cual juego de espejos, donde una imagen remite a otra, y esta a su vez a aquella, que luego regresa, y vuelve a reflejarse, cada vez, de manera distinta, ante aquellos, una y otra vez. He ahí la complejidad poética del cuerpo. He ahí la sencillez de su verdad y su imagen al mismo tiempo. Un terreno en donde él, al estar experimentando constantemente, no titubea ante lo extraño, ni huye a la batalla contra los cánones, antes bien, propicia la trasgresión. Grita para no permanecer mudo y reclama un territorio libre para sí. El mismo al que todo cuerpo debería de tener acceso, por ley, por justicia. Justicia para el cuerpo, para mi cuerpo hecho verdad, hecho mortal, fuera de mi mente, para mi cuerpo real en este juego ante la lente, poderosa mente inmaterial.

Mi cuerpo me mira, sonríe, y vuelve a penetrar las barreras de mi piel, acoplándose despacio, muy despacito, para no despertarme. Vuelve a tomar las riendas de mi inconciencia y, una vez más, me hace libre. Las yemas de mis dedos reaccionan a golpe de tacto, mi piel entera, tras la irrupción, y viajan al sur, deteniéndose en el bosque de mi torso, rozando mis dos castillos antes pudorosos. El paisaje se inclina, se mece en un vaivén sin fin. Mis piernas guerrean. Mis manos tocan, reconocen mi rostro; la textura de mi saliva en los dedos lubrica las dudas de mi realidad y todo árbol aferrado a mí. Los macizos brincan, chocan, provocan terremotos. Siento una lengua, una gran boca, aprisionar mis pies. Ojos cerrados y mis manos se vuelven torpes. La boca sube y la mía sigue multiplicándose, cual pléyade. Mi mano derecha dispuesta a conquistar el sur. Camino certero. Pueblo repleto. Puño apretado. Bosque por doquier. Se yergue la torre enrojecida. Presión de arquero. Princesa encendida. ¿Estoy en muerte o estoy en vida? ¿De bajada o de subida? Tú, pintor, tú fotógrafo, espectador suicida. La voz que más quiero enmudece enloquecida, me toma violento en la torre, rojo, con su torre erguida. Mi cara entre montañas sumergida.

Siento lágrimas escurrir y humedecer, por un fugaz, único y crucial instante, mi alma hendida. Me envuelve y me engulle por completo, completamente perdida. Y yo sigo, por peligrosos y eléctricos espasmos, perdiéndome cada vez más en los senderos de este oscuro e iluminado paisaje, con el alma rebosante y abatida, concluyendo de este mortal viaje, su ciclo penetrante y nodal de vida, mojado y deshecho, entre cuerpos de alma poseída, postrado y maltrecho…

…ardiendo en deseos por otra subida.

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