A lo largo de Montanha (2015) de João Salaviza se va quedando conmigo una sensación que late a través de su despliegue, una mezcla entre amenaza y nostalgia. El verano en Lisboa, como único escenario de la película, se carga de una inercia que se expande y toma distintas formas. La inercia que provoca el calor, la inercia antes de dar un paso adelante, la inercia a la que se atiene la espera. El abuelo de David, el protagonista de catorce años, está postrado en el hospital y la espera parece eterna. Nunca hay respuestas concretas, y quizás no salga de ahí. Esa sensación que intento describir es quizás la de un duelo prematuro. Es un duelo que se anuncia en un incendio, en una Lisboa quieta y en los platos sucios que se acumulan en el lavabo. El duelo también se filtra, como provocando un despertar, en los rayos de luz que acarician el cuerpo de David. El duelo que describe Salaviza en su primer largometraje con una paciencia desafiante y un contundente rechazo al sentimentalismo, es el de David aprendiendo a dejar atrás la terquedad de su niñez y las ilusiones de su adultez.

Salaviza y el director de fotografía Vasco Viana, dan una libertad enorme a que la luz natural de ese verano en Lisboa pinte los escenarios cotidianos de la vida de David. La cámara se muestra especialmente curiosa por su cuerpo delgado en el crepúsculo. Las texturas que alcanza la cámara durante ese momento del día respiran, con aires vigorizantes, destellos sutiles de abandono y melancolía. En Montanha, el crepúsculo no es únicamente un momento del día, sino el momento de una vida, la de David. Sigo ahí, la película me mantiene atenta mientras la luz se desvanece por la ventana del cuarto donde la veo. Viene a mi memoria la película canadiense Mon oncle Antoine (1971) de Claude Jutra, y su protagonista Benoit, quien también a su catorce años se enfrenta a los terrores gemelos del sexo y la muerte. En Benoit hay juego, curiosidad y una sonrisa pícara que pinta su rostro. Entonces no puedo evitar sentirme acechada por la profunda tristeza de David.

La muerte, como palabra, concepto y experiencia, no llega inesperada a David. Está en la punta de su lengua. La escena en la cual describe a su amigo la imagen de una mujer embarazada suicidarse, es escalofriante. La muerte en Montanha, como palabra, concepto y experiencia, late con pulsaciones que crean un ritmo lento y decadente que jamás renuncia a mantener su constancia. Salaviza y Viana recurren a planos largos, fijos y abiertos que permiten a esas pulsaciones manifestarse. Los ritmos de la película son los de los comportamientos anárquicos y sentimientos reprimidos de David. Y en esos planos él se desdobla hacia mí, perdiéndose en el baile, o intentándolo. Su tristeza me acecha. Su lucha contra sí me conmueve y me desafía. Y la muerte parece ser la única vía hacia la liberación.

En Montanha David no está solo, están su madre, su hermana, su amigo y su profesora, pero su presencia es sombría e intrascendente. Paulinha es la única. En un momento, David le confiesa: “Paulinha no tengo a nadie, sólo a ti”. El amor entre ellos dos es cómplice y conflictivo. Es un amor al que le toma tiempo encontrar una intimidad que llega únicamente sin resistencias, sin insistencias, pasado el quiebre y la distancia. Y Paulinha es importante, porque junto a ella David se permite ser vulnerable. Salaviza sugiere que la vulnerabilidad le salva a David, entregándole la libertad de vivir ese momento limbo que no es ni la niñez ni la adultez, que es una especie de duelo pero que no precisa un nombre. Me imagino que en la mente de Salaviza se ve como una montaña. Y es la montaña de David y nadie más. La película contempla sus comportamientos y sus experiencias por el beneficio de sí mismos, y no en servicio de un arco narrativo o una revelación. Y en esa mezcla entre amenaza y nostalgia, la película es lírica y precisa.

 

Montanha se proyecta durante la Segunda Semana de Cine Portugués. Revisa su programación.

Licencia de Creative Commons

Mapa del sitio - Estamos en Facebook // Instagram // Vimeo //                      © Rengelismo