Mis padres siempre fueron sobreprotectores. Mi mamá, especialmente. Soy hija única. Crecí en Guayaquil, en la casa de mis abuelos, en el barrio de Miraflores, rodeada de adultos. Mis juegos eran silenciosos. Los días transcurrían en largos diálogos entre mis muñecas, inventos, legos y libros. La casa era el mundo. El jardín en ese entonces tenía un rosal, hay una foto donde aparezco con el triciclo justo en frente. La calle estaba fuera de mis límites, salía solo para ir y volver de la parada del bus de la escuela, siempre de la mano de alguien más. “Afuera” significaba el jardín y el patio.

No conocía a los otros niños del barrio y por eso  esperaba siempre con gran anhelo las visitas de mis primas. Cuando se quedaban a dormir era mi oportunidad para sacar los juegos de mesa que tanto me costaba conseguir ya que mis padres no veían ningún sentido en comprarlos para una hija única. Esas noches el espacio de la casa se expandía para que mis primas entraran en el mundo interior que en soledad había construído para mí. Y cuando se  iban el espacio volvía a encongerse, dejándome sola otra vez. Adentro.

Cuando llegué en unas vacaciones a la casa de mis tíos en California, no podían creerlo, yo no sabía andar en bici. Tenía ocho años. Atrás, en Guayaquil, quedaron el triciclo y el rosal. Aprendí a volar sobre la bicicleta, con mi tío sosteniéndola atrás, al principio, antes del despegue. Las calles de Stockton eran lisas y perfectas. Las casas del suburbio se ordenaban a lo largo de las veredas con sus jardines abiertos y sus puertas de madera para los patios. En invierno se respiraba un aire frío con olor a pino. Todo en Stockton parecía nuevo y limpio. Me ponía el casco y salía a andar por el barrio, con abrigos encima y la nariz congelada. Mi tío, que en ese entonces grababa todo con una cámara, debe tener los registros de esos primeros pedaleos.

Volví a Guayaquil determinada a tener mi propia bicicleta. Después de mucha insistencia, mi mamá me consiguió una usada, la de mi prima Susana. Para ese entonces Susana tenía diecisiete, escuchaba grunge y en su casa siempre estaba puesto MTV. Su bicicleta era un monstruo metálico y azul, demasiado grande para mí. De todas formas empecé a andar, pero solo dónde mi mamá me lo permitía, en la misma calle de la casa.

Ese año me dio varicela. Por unas semanas que parecieron una eternidad, no salí de la casa. Pasaba largas horas en mi cuarto contando una a una las ronchas que tenía distribuídas por todo el cuerpo. Mi mamá se esmeraba en embadurnarme con una crema rosada y espesa que se suponía aliviaba la picazón. Solo me dejaban andar en bici al atardecer para que el sol no hiciera permanentes las cicatrices de la enfermedad. Me sentía un vampiro. Mi amiga Norma que también cayó con varicela, venía a mi casa a hacer las tareas. El último día de la cuarentena Norma también trajo su bici y andamos en la calle de mi casa. Al dar la vuelta, antes de la esquina que era el límite, me caí. A su vez el monstruo eléctrico y azul cayó sobre mí, rompiéndome la tibia.

El yeso me llegaba hasta donde termina el muslo izquierdo. Mi mamá no quería aceptar que me había hecho daño, pensar que me había pasado algo grave la horrorizaba. En su negación me suplicaba que camine, y yo intentaba pero no podía. Con resignación me llevó a la clínica, donde me dieron tres meses de yeso. Y en lugar de la bici, dos muletas metálicas para andar. Aprender a usar las muletas fue más difícil que aprender a andar en bici y las caídas fueron igual de dolorosas. Pronto mi mamá escondió la bicicleta con su mal recuerdo y después no sé si la regaló o se la devolvió a mi prima Susana. La bicicleta desapareció y nunca más tuve otra, hasta ahora.

Me convencí de que no sabía andar en bici. Pensé que quizás estaba destinada a andar en bici sólo en sueños como mi mamá, quien nunca aprendió a andar en bicicleta y sin embargo lo hace en sueños recurrentes. Alguna vez intenté andar pero me daba tanta vergüenza que me trepaba y no podía mantener el equilibrio. No saber andar en bici se convirtió en un acto de autoconvencimiento pero también en una omisión, un detalle que prefería ocultarle al mundo para no revelar mi torpeza.

Volver a andar implicaba estar dispuesta a hacer el ridículo frente a quien sea que me enseñara cómo hacerlo. Hace cuatro años Vicky, mi mejor amiga, me puso su bici al frente y me dijo: “anda” sin dejar lugar a dubitaciones. Vicky estaba segura de que podría hacerlo, no lograba entender cómo, si había montado una bici antes, no podía hacerlo ahora. Yo iba a poder andar en bici así como dos más dos es cuatro. Yo le hice caso, me subí, y como si nada, volví a andar. Después de tantos años de negar mis propias posibilidades, estaba andando en bici otra vez. La explicación racional de Vicky, sin rodeos, había logrado descartar mis dudas fundadas en los fantasmas de mis inseguridades. Además hay algo que no puedo explicar y es que si mi mejor amiga está conmigo yo no le tengo miedo a casi nada y ésto, lo sé, no es racional.

Hace un mes me compré una bicicleta pero ya no es un monstruo metálico y azul sino celeste. Todavía siento un cosquilleo antes de empezar a andar. La bicicleta es grande y aparatosa al igual que las de antes.Tiene una canasta. En la canasta siempre llevo un cuaderno y un lápiz, a veces el libro de turno y las llaves de mi casa que tintinean como cascabeles cuando pego algún brinco. Casi todos los días salgo a dar vueltas por Miraflores y Urdesa, piso con mis llantas las flores caídas de las casas para llevarme su perfume, me miro con otros ciclistas de la calle, esquivo carros y peatones nerviosos que no saben qué hacer cuando me encuentran de frente. En el trayecto me gusta detenerme en el parque triangular de la calle Mirtos para ver los colibríes que pican las flores anaranjadas de los árboles de acacias. Algunas veces entro con la bici al parque y entonces saco lo que lleve en la canasta o sólo me quedo ahí, en silencio, antes de volver a andar.  

Bajo las llantas de la bici puedo sentir todas las imperfecciones de la calle, no son lisas y perfectas como las de Stockton, están más bien llenas de protuberancias y depresiones inesperadas. La calle séptima que es también la calle del estero, está adoquinada, y atravesarla es aceptar ir dando brincos sobre el asiento en cada pedaleada. Cuando no hay mucho tráfico en la ciudad me lanzo sobre las avenidas de Urdesa y atravieso sus pequeños puentes, que parecerían estar reservados únicamente para el tránsito de autos . Ya no me quedo en la calle de mi casa. Bajo el sol inclemente de Guayaquil una brisa me pega en la cara y me dice que esto se llama libertad.


Ilustración por Monse Navas

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