Fecha de publicación: 03 de enero de 2018

Un hombre camina por la calle cuando repentinamente escucha el segundero de su reloj retumbar en su cabeza, pasan diez golpes, diez segundos y estos chasquidos se mezclan con los gritos de una señora que vende frutas en la esquina, y este con el sonido de una puerta cerrándose. Todos en un mismo volumen. Todos al frente, ya no detrás, ni lejos, todos a la misma distancia. El sonido en forma de imagen. El hombre cierra los ojos como un acto de supervivencia, pierde el equilibrio y cae sin escuchar el sonido de su cuerpo golpear el pavimento, o quizá lo escucha pero no lo reconoce. Sabe que no se ha quedado sordo. Pasa un niño y el sonido de un tractor pasa también, pasa una mujer en tacones. Mira su sangre recorrer la acera; no hay un sonido que haya delatado a su cráneo romperse. Desorientado pone sus manos contra sus orejas, intentando anular lo que llega desde el exterior de su cuerpo. Después de este episodio se ha quedado permanentemente plano, con el tiempo ha entendido cómo movilizarse por las calles, sin embargo no entiende el paso del tiempo, solo se puede mirar envejecer sin entender el peso de los días. Hay gente que dice que el sonido lo ha sacado de la historia.

El cine, a diferencia de la literatura, tiene la cualidad de la simultaneidad, hay varios sucesos en una sola imagen y el sonido entrega otra carga de significado. En el texto es posible un relato donde el narrador pierde la capacidad de diferenciar volúmenes. En un formato audiovisual, el relato anterior tendría que ser adaptado a un ejercicio interpretativo. Jean Mitry, refiriéndose a la diferencia narrativa entre literatura y cine dice: “Una novela se piensa, se imagina. Un filme por el contrario se percibe. Por la representación objetiva de las cosas, la imagen posee un poder liberador que no posee la palabra” (Mitry, 1998). Mitry habla de una relación visceral entre la película y el espectador, la percepción de una historia y no su lectura, esa cualidad narrativa es entregada por esta simultaneidad de sucesos creada también por el sonido. En todo filme, el sonido crea significado y el volumen maneja jerarquías y distancias. Solo en el cine, la imagen viaja junto al sonido cargada de tiempo. Por ejemplo la distorsión sonora puede entenderse como una metáfora sobre el silencio o el ruido; puede entregar niveles de significación infinitos dependiendo de la imagen con la que estos son proyectados. Interesa entonces pensar en nuestra época, en nuestra geografía y su cine. ¿Cómo se percibe visceralmente? ¿De dónde nace nuestra voz en este formato narrativo? ¿Cuál es su significado? ¿Cómo sonamos? Se podría fragmentar a los últimos 20 años en diferentes sucesos políticos o económicos y se podría tomar películas que se hayan estrenado esos años para saber si el cine ecuatoriano nace también como respuesta a su contexto.

Por ejemplo, en 1996, año de Abdalá y comienzo de nuestra crisis económica, se estrenó Entre Marx y una mujer desnuda, largometraje de Camilo Luzuriaga. En ella se propone adaptar la novela homónima de Jorge Enrique Adoum; novela poética y experimental que retrata un Ecuador de los años 60s y la vida de un grupo de intelectuales de izquierda que desean transformar la sociedad en la que viven. En el relato audiovisual, Galo Gálvez, radical marxista, sufre la marginación del Partido Comunista que se apega a una línea conservadora, mientras que el narrador, que a la vez es un personaje, cuenta una historia de amor que se mezcla con la línea de los acontecimientos. Luzuriaga logra un ensayo sobre el comportamiento de clase, la economía y la cultura rebasando los límites de la novela. En esta película existe una melancolía provocada desde la banda sonora. Así se escucha al Ecuador de los años 60s para Luzuriaga: triste, de revolución fallida. Se percibe un Quito mezclado con un piano y un violín. Una ciudad que parece haber salido de la encomienda hace poco; con el indio cargando siglos de opresión.

También hay otro sentido sonoro que refleja el idealismo de un grupo de jóvenes bailando música protesta de Jaime Guevara. Para Luzuriaga la música divide a su película en dos: la de melancolía infinita y la esperanza del triunfo de la lucha entre clases. El recurso de la voz en off y la música diegética entregan a los personajes la capacidad de mostrarse como observadores y con la necesidad de ser escuchados. Estas voces crean un monólogo interno de cada personaje, mostrando de esta manera la personalidad barroca de nuestra gente. El doble sentido de nuestro idioma y la queja interna y constante proveniente de una predicción pesimista sobre el porvenir.

Ó por ejemplo, en 1999 se estrena Ratas, ratones y rateros, año de convertibilidad al dólar, de cierre masivo de bancos y de movimiento migratorio ecuatoriano. La película cuenta la vida de Salvador y su primo Ángel, dos personajes que tienen diferentes posturas éticas sobre la vida pero que se dedican a lo mismo: a tratar de hacerse ricos de la manera más rápida. En esta película, Sebastián Cordero conceptualiza al sonido desde la construcción de estos dos personajes. Ángel de la costa y Salvador de la sierra. Ángel acompañado siempre con el ruido de la calle y con música de ritmos acelerados, y Salvador siempre expuesto al silencio, en su casa tranquila, viviendo con su abuela que no habla y en ambientes de poca luz. Para Cordero ese es el contraste entre estas dos regiones. Sociedades paralelas que viven en un mismo espacio geográfico y que comparten las mismas ambiciones. La musicalización de la película juega mucho con esta idea de ruido para Ángel y silencio para Salvador pero además, logra que poco a poco la narración vaya entrando en un silencio sostenido para que la vida de Salvador sea predominante en la historia. Esta es una película que gozó con la mayoría de recursos tecnológicos en cuanto a la sonorización de cada secuencia. Cordero y el diseñador de sonido, Mazayaku Shirane, grabaron en cinta magnética y gestionaron una licencia Dolby. La mayoría de la película fue grabada con sonido directo desde una Nagra.

Ó, el 2016 es el año en que termina el periodo político más largo de los últimos 30 años. En este año se estrena Alba que relata el paso de la niñez a la adolescencia en medio de una sociedad claramente dividida por clases. Alba de Ana Cristina Barragán es un ensayo sobre el silencio y lo cómodo y reconfortante que puede ser. La película no tiene grandes cantidades de diálogos o quizá se podría decir que los diálogos se dan entre el cuerpo de Alba y su entorno, es por esto que existe una resonancia sobre cada objeto que toca a Alba: un insecto, el catéter de su madre enferma, el viento que mueve su pelo. Esos son los diálogos más importantes que tiene el personaje, el mundo le habla a Alba y le cuenta lo peligroso que puede ser. Ecuador en este filme está lejos y es ruidoso y es amenazante para una niña de once años. Un silencio que enmarca la personalidad, El Exterior juega como el antagonista que en esta película es abstracto, y se encarna en la sociedad, los espacios cotidianos, los cambios inherentes de la vida, es decir, el crecimiento.

Incluso se podría hacer esto de manera más específica, tomar por ejemplo, el momento histórico de un mes y asociarlo con una película estrenada en ese periodo y entender que sí existe una voz, un ruido y un silencio para cada época en el Ecuador. Alba es una película que fue estrenada después de un largo periodo de estabilidad política, de silencio predominante, de poco ruido. Por otro lado, Ratas, ratones y rateros es una película que en su metáfora sobre la búsqueda del silencio, revela un contexto inquieto y lleno de ansiedad – algo que Luzuriaga en Entre Marx y una mujer desnuda retrata de manera más ambigua, y donde se observa la necesidad de una ideología todavía no fallida.


Referencias:

Mitry, J. (1997). The aesthetics and psychology of the cinema. Indiana University Press

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