Miguel comparte con su padre el nombre, y también las facciones, como mucha gente que encuentra en la calle le recuerda de manera imprevista. Djon África (2018), dirigida por la pareja de documentalistas João Miller Guerra y Filipa Reis que esta vez presentan una película de ficción, cuenta la historia de un joven que emprende uno de esos reiterados viajes para encontrar sus raíces de Portugal a Cabo Verde. Con su encanto y seguridad, que a ratos se siente un poco ingenua, Miguel sigue la pista de su padre y en el proceso tiene varios encuentros, principalmente con mujeres, que ponen en cuestión su identidad. Miguel llega a Cabo Verde con la seguridad de que es el lugar al que pertenece, y constantemente refuta los intentos de la gente de señalarle como extranjero. Aunque el documental evidentemente hace referencia a esas identidades hendidas de las historias de migración y diáspora, lo que se va revelando con la intimidad de la historia es que esas experiencias sobrepasan las políticas nacionalistas y, más bien, se complejizan en el cuerpo. 

Tacto

Después de tener una conversación sobre su padre con su abuela, Miguel sube al avión. En ese espacio en movimiento que hace de limbo entre los países, entabla una conversación con una chica joven que viaja a su lado. Como casi todos los encuentros que tiene Miguel después, la chica empieza por preguntarle de dónde es, y él con la misma seguridad de siempre responde que él es de “ahí”, de Cabo Verde. La chica no parece convencida y señala que su creole suena distinto. Después, como buscando otra prueba, ella le pregunta por su pasaporte y él le responde que su pasaporte es efectivamente de Cabo Verde. Ella sigue sin convencerse.

Si, soy de ahí. 

No, no eres

Si, soy.

No eres.

Después de ese intercambio extraño de autoridad identitaria, la chica le da una oportunidad.

Demuéstralo

Entonces con una sonrisa Miguel le pregunta si alguna vez ha tocado la piel de un delfín o tiburón, e inmediatamente le invita a que toque la suya. La chica acaricia con delicadeza el brazo de Miguel repetidamente. Ella se sorprende de la suavidad y continúa moviendo sus dedos de arriba a abajo sobre la piel. Miguel sabe de los efectos de su piel, y sonriendo reitera que es tan suave que “hasta brilla”. Con este intercambio táctil e íntimo queda concluido el asunto. La chica queda finalmente convencida de que Miguel es de Cabo Verde.

Las diferencias lingüísticas sugieren un trayecto de vida.

El pasaporte es un reconocimiento oficial

Pero ninguna de las dos es suficiente en este momento para hablar de pertenencia. El origen, el reconocimiento, la pertenencia están esta vez en la textura de la piel. Y para sentir esa piel son necesarias unas manos acariciando. La textura de Miguel da por un momento una certeza que él tiene, aunque durante el resto de la película se siga descolocando con los encuentros.

Olor

En otra situación similar, Miguel otra vez en movimiento y rodeado de chicas. Esta vez viaja en una furgoneta que se dirige a Tarrafal, en donde le dijeron que podría estar su padre después de decepcionarse de su primera pista. Otra vez Miguel coquetea, y al igual que antes, el grupo de tres chicas coincide en que es obvio que Miguel no es de allí. Un poco molesto Miguel responde rápidamente “no, no huelo como extranjero.”

 

Por un momento me imagino a qué huele a un extranjero:
¿a bloqueador solar?
¿a shampoo de hotel?
¿a un sudor que evidentemente no es producto del trabajo?
¿a un perfume que no se puede comprar localmente?

 

Lo cierto es que Miguel no huele así, y aunque su comentario pasa desapercibido, hay un reconocimiento oloroso de lo que significa pertenecer o no. En estas pequeñas confrontaciones durante la película su cuerpo va formándose en relación a la manera en que él se percibe. Su textura y su olor.

Músculos

No todos los encuentros de Miguel son de coqueteo. De hecho, su último encuentro parece ser el más dulce y cuidadoso. Viajando en una lancha Miguel empieza a hablar con una anciana que sin rodeos le pide que le ayude a cuidar de sus animales. El dice inmediatamente que sí y pasan algunos días juntos. La anciana le enseña cómo alimentar con heno a sus animales y a hacer otras labores en su casa. Miguel de pronto tiene una actitud de cuidado y devoción. Cocinan. Conversan. Y Miguel deja por momentos esa actitud segura con la que proclama su identidad o con la que decide sus siguientes pasos. Camina por las colinas, se muestra más frustrado por la búsqueda. 

Al inicio de su llegada a la casa de la anciana, Miguel aparece machacando maíz con un largo palo sobre un mortero. Es para hacer cachupa, el plato de Cabo Verde que se come en todas las casas. La anciana le repite que no lo está haciendo bien, que así no va a conseguir esposa, que la mitad de los granos cayeron al piso. Pero él sigue usando la fuerza de sus brazos, dejando caer el gran palo sobre el maíz. Sus músculos se acostumbran a la actividad y poco a poco el maíz adquiere la textura necesaria. 

Hay algo nuevo en el cuerpo de Miguel después de este encuentro que otra vez nos hace mirar las varias formas en que alguien pertenece, no pertenece, y va perteneciendo en otro lugar. Moler el maíz y alimentar animales son actividades de cuidado para el futuro. Ese es un tipo de pertenencia compartido con lo que le rodea. De la misma manera que moler maíz para alimentar una anciana también sugiere una pertenencia a ella. 

La película, en estos momentos pequeños de la vida de paso en avión, o en furgoneta, o en lancha, abren la grietas de todas esas formas de ser de algún lugar con el cuerpo. Y cada una de ellas requiere una cercanía de manos, narices y bocas.

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