Asfixia. Una mano sosteniendo mi cuello. Todo es oscuridad. Hay una sensación que persiste en mi cuerpo. Viene de otros cuerpos amontonados a mis lados, encima mío, abrazándome con fuerza. Entre estos, una mano larga aprieta fuertemente con dos dedos los vasos sanguíneos de mi cuello. Por solo unos segundos, la sensación de mi cuerpo en la oscuridad es de regocijo al verse protegida hasta que esta mano la pone en tierra. Yo sé que me busca la arteria carótida, yo sé que la razón por la que aprieta es porque está buscando esa vena que a partir de los 4 segundos me haría desmayar. Masajea los vasos sanguíneos, busca: lo hace con tanta fuerza y rabia que comienzo a asfixiarme. Pero no lo logra. Hay hermanxs, hay compañerxs a mi alrededor protegiéndome de la Policía Nacional que en ese momento me asfixia buscando hacerme desmayar para llevarme preso. “Llévalo preso para que aprenda”, habían gritado mientras corrían detrás de mí por haberles echado agua con café después de que nos empujaran, reafirmaran su autoridad, y nos echaran gas pimienta. Se sueltan mis compañerxs y de repente estoy solo, estoy libre.

Observo en mi horizonte mientras toco mi cuello tratando de entender qué sucedió: retenían a una compañera por la fuerza mientras esposaban a otra. A Marcelo también comenzaban a esposarlo. Fueron segundos, casi menos de un minuto el instante en que esta manifestación, en comienzo pacífica pero con mucha rabia, se transformó en una lluvia de gas pimienta, autoritarismo, violencia policial y represión. Sucedió en el momento en que dejamos nuestras consignas, nuestros gritos, nuestras vivencias y nuestros argumentos por la Pachamama en las afueras del Museo Antropológico de Arte Contemporáneo (MAAC) de Guayaquil para movernos hacia otro sitio, el lugar por donde entraría el vicepresidente de la República del Ecuador que tanto como la Real Audiencia de Quito, no existe, ni existió, ni existirá Otto Sonnenholzner para hablar de los 17 objetivos de desarrollo sostenible para el 2030, donde buscábamos expresarle lo que pensábamos de sus políticas mineras. Aunque con fuerza, lo hicimos en cada momento desde lo pacífico. 

“Estamos con los ríos, estamos con la tierra, 

estamos con los pueblos que el Estado mata en guerra” 

cantábamos unos minutos antes mientras zapateábamos. Esta canción la inventé directo desde mi corazón de poeta. Surgieron otros versos interesantes que se convirtieron al instante en consignas. “Fuera burguesía, de nuestra economía” es uno de los que más recuerdo. Mientras gritábamos rabiosos en contra del neocolonialismo, veíamos entrar a una mujer blanca, de cabello rubio teñido, con tacones altos y vestido apretado con un señor de terno azul de tela fina que desconozco (gracias papá, por llevarme a comprar ternos baratos en el centro de Quito), ambos sonriendo, riéndose claramente de nosotros. A esa señora, que la bautizamos como “la rubia tarada” oh, santo Sumo, hazme el amor punk esta noche que mi cuerpo pide rebeldía le costaba identificar de qué hablábamos. Por eso se reía. Es una cuestión de psicología simple: me río de lo que me resulta amenazante. Me burlo porque es la única forma en que invento una superioridad. Me río porque me resguardo. Entró al MAAC pero nunca dejamos de mirarlos a los ojos. “1 2 3, ¡cerdo burgués!”

Ese mismo edificio en donde tantas veces hemos ido a escuchar charlas sobre libertad, a ver exposiciones sobre ese arte que se supone que es resistencia, en donde hemos conseguido libros y nos hemos preparado para salir por la noche a abrazar la poca vida nocturna que nos ofrece la ciudad de Guayaquil. Ese museo era el sitio donde hoy acogían al siervo de uno de los partidos más tiranos del país: el Partido Social Cristiano. Solo mencionarlo es un llamado al terror, por eso, mientras escribo esto, enciendo un palo santo. Huele, huele a… epa, es como un paisaje olfativo que limpia los malos espíritus de mi texto. Mal dicen que hace el nombrar a malas gentes en las cosas de uno. Pero a fin de cuentas, ¿no estábamos esa tarde en parte por eso? En ese momento veíamos a la gente observar intrigada, impávida: los policías eran mucho más numerosos que nosotrxs. ¿Cómo abordamos que hayan tantas unidades policiales, tantos policías, para un número reducido de estudiantes que se preocupan por los alimentos que todxs nos servimos a diario y por el agua que bebemos? “¡Le tienen miedo a que pensemos!” Gritaba una chica punk con mucha razón: nos temen porque pensamos, les damos miedo porque saben que si ingresábamos a ese evento, supuestamente público pero al que solo accedía la burguesía, íbamos a desafiar los dogmas progresistas del presidente. Y no, no con argumentos económicos: con historia, con testimonios de sufrimiento, con golpes en la piel marcados en nuestro continente y en nuestros ancestros que corren por nuestra sangre rabiosa. Nosotros no nos olvidemos que los valores comunes y este sistema económico ha sido creado a punta de látigos y heridas en el cuerpo. Le tienen miedo a la filosofía de los jóvenes que pensamos desde la tierra y no desde unas supuestas ciudades de consumo donde nos definimos por lo que aparentamos. Porque los argumentos los teníamos y en ese momento los manifestamos, hecho que nos llevó a que en ese momento tal como en las épocas de la esclavitud y la colonización, nos lleváramos una tunda.  

“Hoy me quiero llevar a un greñudo a un rincón solo por el puro placer de sacarle la puta”

me contaba un amigx que había escuchado decir de uno de los pacos mientras agonizaba por el gas lacrimógeno. Pensé en todos los torturados por las dictaduras latinoamericanas, pensé en los torturados por la época de Febres Cordero y su partido político 666. Pensé en el viejo Milciades contándome que fue apresado siquiera unas 8 veces, si no fueron más, memoria te odio y que cuando ya le iban a dar el vire, fue salvado por un policía que le gustaba el arte. Uno que pintaba tan mal como seguramente asesinaba. La historia no ha cambiado desde la colonia y es que es aún el modelo extractivista el que predomina desde entonces para un supuesto sustento de la economía y de sus obras. Yo me pregunto, señor Lenín Moreno si es que tengo derecho a preguntarle sin que me saquen la puta, ¿qué obra ha hecho usted si no es privatizar, reducir presupuestos, apoyar los discursos conservadores, concesionar préstamos con el FMI, entregar los ecosistemas sensibles de las islas Galápagos para ser usados como base aérea de ese país tirano que tanto nos ha puesto a sufrir? 

Ah, seguro me dirán que escribo como Eduardo Galeano, que mis venas están abiertas por el dogma de la izquierda de América Latina, comunista hijueputa. Pero los locos son ellos, no yo. Hoy salimos a defender el agua y la tierra porque hemos palpado su realidad, hemos conversado con la gente de Río Blanco sobre su lucha, hemos observado sus dinámicas de convivencia completamente alternas a las que plantea el capitalismo. Salimos a defender la naturaleza porque seguramente en algún momento tuvimos esa disolución “deleuzeana” con la tierra y supimos que estaba viva y era parte de nosotrxs. Desde chico, recuerdo el placer de disolverme con las olas y creer que podía volar, hasta el momento en el que observé el sol como un punto rosa que no era otra cosa que tambalear entre el yo y los colores, entre el agua y el yo que ya no tiene nombre sino que es un amante del sol más, un adorador porque no es sino un rayito efímero que se aleja de la orilla con la intención de no volver jamás a esa realidad maldita a las que nos han condenado las ciudades. Pero shh, no contaré más porque como dicen los amigos escritores que leo cuando estoy solo, no tan solo la verdad, las personas creerán que estoy loco si cuento estas cosas. Pero aún así, me visto de negro y camino con paso firme, sintiendo el paso de mis compañerxs también, listos y listas para defender eso que nos provee tanto, eso que nos aporta los minerales, los nutrientes, la energía que constituyen la fuerza del día a día para salir adelante y hacer frente a este sistema que quiere acabar con todas nuestras diferencias. 

Coloco leche sobre mi cuerpo y me la paso de a poco por los sitios afectados del gas pimienta. Observo las heridas de mi cuello del policía que intentó estrangularme de no ser porque mis compañerxs, muchxs perfectxs desconocidxs hasta entonces, se amontonaron sobre mí para protejerme en un abrazo de resistencia. Esos mismos que después fueron gaseados, jalados, golpeados, delinquidas sus pertenencias, insultados, vejados a tal punto que esa misma tarde fueron recibidos en el patio de una casa donde lavaron sus cuerpxs con leche, agua y aceite vegetal para después aparecer, el mismísimo grupo, casi completito de los que estuvimos enfrentando la represión policial, en la unidad de Flagrancia donde tenían retenidos a nuestrxs hermanxs, para observar cómo proceder y aportar cada quién desde la compañía hasta la difusión. Los rostros estaban ya sanos y hermanados en una comisaría llena de jóvenes que, para una institución de historia tan servil al poder como lo es la policía, no somos más que unos hampones, prostitutas y marihuaneros, tal como le dijo Camilo Ponce adivinen de qué partido político fue fundador este señor a los estudiantes asesinados en 1959 la noche del 3 y 4 de julio en que salieron a protestar por los atropellos a la educación, tal como esa misma tarde los policías nos gritaban “drogadictos, después de que se les pase la droga hablamos” y amenazaban con llevarse a un greñudo para torturarlo. Así, la historia se repite y hoy lo hicimos por la defensa de la Madre Tierra, gran organismo viviente creador de todo lo vivo y todo lo que vemos, que no necesita de religión para ser adorada y respetada. Basta con ver el plato que nos llevamos a la mesa para agradecerla todos los días, los animales que nos rodean y existen más allá de para nuestro consumo humano, los árboles que absorben el CO2 y nos generan el oxígeno que respiramos, la naturaleza que nos acoge cuando salimos de la ciudad y nos hace entender que solo somos una parte muy pequeña de ella, o tan simple como esas lindas gentes de las que tanto nos dice el capitalismo que no existen, pero que observamos a diario y que somos capaces de protegernos con un abrazo de ese gran aparato represor que es el Estado. Estamos aquí, estamos presentes y con el paso firme.

“estamos con los ríos, estamos con la tierra, 

estamos con los animales, con las plantas, 

de la mano con los pueblos que el Estado mata en guerra”

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