“Pero nosotros nos dividimos entre nostalgia y curiosidad, pues Cuba nos parece a la vez terruño natal y terra incognita. No sé si es posible conciliar actitudes tan dispares, feelings tan mixed.”

Gustavo Pérez Firmat

 

Las piernas se me han amortiguado y las dejó de cruzar para que la sangre que antes no circulaba llegue hasta mis pies, siento como las venas se expanden y cierro el libro. Me quedo en la pausa del verano que se narra en Ardillas.

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Las tías y la madre de Felipe juegan a las cartas y fuman tabaco mientras la abuela, desde su mecedora, repite constantemente y únicamente el nombre de su hermano, el primer migrante de la familia. Me la imagino diciendo “Cornelio llegaste” “Cornelio la comida está lista” “Cornelio ¿Cuándo volvemos?”. Ellas la miran y comentan sobre la locura de la abuelita, la ponen frente al televisor y alzan el volumen para que pueda escuchar y distraerse del único recuerdo que le ha dejado su alzheimer.

Las miradas de Felipe y su tío se posan en una ardilla y mientras esta se mueve atolondrada por el campo, el tío de Felipe le recuerda que en Quito no hay ardillas y que eso es una lastima porque son animales maravillosos. Él le responde con altanería: Son ratas con cola.

Felipe mira los juegos pirotécnicos el 4 de julio por la televisión dentro de la casa, mientras en el jardín, sus tíos y padres están encendiendo los mismos juegos pirotécnicos, quizá lo hace porque busca en el televisor distancia.

Reescribo estos tres episodios desde mi memoria, sin regresar al texto original, sin revisar si se me ha escapado algún nombre o si algún diálogo es falso. Lo hago de esta manera porque quiero reproducir la acción de recordar sin tener presente el material que audita la memoria. Lo hago así porque me recuerda la sensación de cuando uno está viviendo lejos, lo hago de esta manera como un ejercicio de empatía con los personajes de Ardillas que son migrantes de una primera, segunda y tercera generación, y no tienen la casa de la infancia a la mano, como un texto donde consultar.

Estos tres episodios de Felipe Troya, han sido escogidos para ejemplificar la confrontación entre generaciones cuando se nombra la situación de extranjería. Estos tres momentos demuestran que la novela además de ser “un relato de las vacaciones de una familia ecuatoriana en un suburbio estadounidense” es también un ensayo sobre migración. Es decir, sobre el espacio nuevo (permanentemente del exilio) habitado por identidades divididas que están en continua confrontación.

¿Cómo es un ecuatoriano que migró en los años ochenta? ¿Cómo es un ecuatoriano que migró en los años noventa? ¿Cómo es una persona que nació en una familia de migrantes? Son preguntas que el autor está indagando constantemente durante el relato y sin entrar en nacionalismos, se cuestiona la identidad. Ese ser que Bolívar Echeverría lo llamaba un moderno barroco, por su capacidad de generar ambigüedad en todo, desde su lenguaje hasta su humor. Puede decirse que en los personajes de Ardillas existe un doble sentido creado por la distancia, un sentido dividido entre la curiosidad y la nostalgia.

En Ardillas la identidad del migrante no es homogénea, cada voz refleja una diferente forma de recordarse ecuatoriano. La vieja desde el recuerdo de su hermano, el adolescente desde el rechazo a la adaptabilidad de su familia y el tío, en la metáfora de roedores ansiosos, identifica las carencias de su tierra. Cada cual con su forma de vivir en diferencia, con sensibilidades que se manifiestan escindidas al momento de nombrar la vida: Lo ajeno y el recuerdo, el acento y la jerga.

Ha pasado un año y un poco más de que la novela ganó el premio MEET y fue traducida al francés, en el 2017 la mención fue entregada por el ministro de cultura del momento y se escribieron numerosos artículos y entrevistas sobre ella. La novela fue puesta en circulación durante el año, y a finales de septiembre la presenté en el Fondo de Cultura Económica en Quito. Esa noche la conversación giró en torno a las identidades migratorias y a la literatura. Después de un mes me di cuenta de que nuestra conversación fue fluida porque es muy fácil hablar sobre la extranjería cuando se pisa en el Ecuador.

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