“Los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la instrucción”.

El matrimonio del cielo y el infierno, Proverbios del infierno

William Blake

 

Mommy de Xavier Dolan es una película de sensaciones, de esas sensaciones que están entre límites, sean estos explícitos o metafóricos. Se me viene todo esto a la cabeza porque mientras escribo este texto veo a través del pequeño triángulo que forman las cortinas de mi cuarto, enmarcando la montaña en el horizonte. Este triángulo me recuerda a aquellos clásicos triángulos que usábamos para aprender sobre la hipotenusa; cuántos años de briosa juventud perdidos en aquel ángulo “perfecto”. Y fugaz, me identifico con Steve recordando una adolescencia en la que mi madre tuvo que lidiar sola con mis constantes indisciplinas frente a un sistema educativo que sigue imponiendo límites. Abordo este texto desde esa sensación.   

Mommy está presentada en un formato cuadrado, y no en el 3:4 clásico de mediados y segunda mitad del siglo XX, sino en un 1:1; cuadrado perfecto; aunque a veces, jugando con los elementos y la profundidad de campo, la idea de ese formato se distorsiona. En ciertos momentos de intención dramática en los personajes, el formato parece enmarcar bellísimos retratos, como una sucesión de fotografías polaroid de estados anímicos. La iluminación natural es clave, tanto como las paletas de color elegidas cuidadosamente para cada uno de estos momentos. Esto se refleja particularmente en el bellísimo plano de introducción de Diane, la madre que protagoniza esta película, donde el sol parece bañar a una versión moderna de Eva tomando la manzana, jugando con las hojas del árbol y quedándose inmóvil iluminada por la luz cegadora de aquel sol que la abraza. Estos contrastes son más claros con Steve, su hijo y co protagonista, a quien vemos en sus ratos de alegría irradiando luz desde el dorado de sus cabellos, que después desaparece y se vuelve opaco y oscuro en los momentos de mayor violencia, la oscuridad dentro de un karaoke, o el interior caótico de la casa llena de cartones. Hay dos instantes clave en la película en los que el formato literalmente y de manera muy implícita aporta a la narrativa, decisión que ha generado y sigue generando debates sobre la película misma y sus medios de distribución.

La película trata sobre la maternidad, sobre el ser madre, sin romanticismos y con todas sus complejidades. Anne Dorval como Diane es magnífica caracterizando a una madre viuda que debe hacerse cargo de su hijo adolescente Steve, quien padece de ADHD o Trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Diane podría ser la heroína de una tragedia de Eurípides, una Medea contemporánea, su vida transcurre como un péndulo entre el complejo amor que siente por su hijo y los constantes problemas originados de manera directa o indirecta en el conflictivo Steve. Al igual que muchas veces sucede con la tragedia, el discurso final de Diane es fulminante, una bofetada de despedida para el espectador, el peán final de la heroína.

No puedo dejar atrás a Suzanne Clément, una constante en las primeras obras de Dolan, quien interpreta a Kyla que, en contraparte a Diane, es tímida, reprimida y sufre de un tartamudeo generado por un trauma. Esta condición es intermitente, y se activa en los momentos de mayor tensión. Pero es ante todo una manifestación de las propias barreras o dificultades para expresarse que tiene Kyla, es ese campo de fuerza que no la deja bailar libremente, que bloquea sus palabras y que, gracias a la impetuosa energía de Steve, poco a poco se va liberando. Hay un momento particularmente poético y climático en su interacción con Steve y Die, en el cual las barreras se desplazan paulatinamente; Steve despliega sus alas y ruge libertad, Die y Kyla en sus bicicletas se sujetan de las manos y se apoyan entre sí para no caer mientras alientan y observan al joven que, desafiante ante el sistema, utiliza la autopista a su placer. Es Dolan con 24 años moviéndose con libertad en las grandes vías del cine mundial.

Por otro lado, está la interpretación de Antoine-Olivier Pilon como Steve, quien mantiene una relación a ratos edípica con su madre. Un personaje explosivo, violento y frágil. Dolan consigue presentar a través de Steve mucho de su personalidad y seguramente muchas de sus experiencias. El personaje de Steve es tan volatil, que a ratos pasa de ser un niño a un adulto con ínfulas de protector. La violencia y la hiperactividad son constantes, la energía que despliega Steve tan sólo puede contenerse en ese cuadrado perfecto de la pantalla, y no siempre, como lo hace cuando abre literalmente la pantalla. La vida de Steve parece una constante lucha por liberarse de limitaciones, de camisas de fuerza, de centros de detención juveniles y de personas obstinadas en contenerlo. Al final tras librarse de la camisa de fuerza, la libertad espera tras una ventana. Dolan, en una entrevista para The Guardian en 2017 declaró que, si no hubiese encontrado la manera de canalizar su ira y expresar el resentimiento a través del cine, sería un hombre muy, muy enojado. Y eso se nota, la fuerza de su cine expresa su espíritu, su necesidad por contar historias y por hacerlo a su manera. Mommy, en ese sentido es catártica para Dolan, una forma muy personal de mostrarse, de liberarse y de explorar las potencialidades de su ira.

William Blake en 1792 escribió los proverbios del infierno como una forma de enaltecer los valores que existen dentro de las pasiones, los pecados y todo aquello que la iglesia y cierto excesivo racionalismo de la época catalogaron como impuro. Para Blake el “matrimonio” entre el cielo y el infierno permiten la creación. La ira fue siempre para él un vínculo con la sabiduría más profunda que, en oposición a la instrucción, es creativa, libre y briosa. Mommy es la obra en la que Dolan transforma su ira y su energía en un arte que es capaz de trascender y demuestra con esta película lo problemático que resulta tratar de contener esa fuerza.  

Pienso de nuevo en mis años de adolescencia y reflexiono sobre la frase de Blake. Cuánto aprendí en mi desobediencia, cuántas lecciones me dejaron mis rebeldías. Si hubiese seguido aquel sistema de dócil instrucción, si me hubiera encasillado en aquel limitado sistema, tal vez mi vida no sería la misma. Glorifico pues mi ira, mi constructiva ira, aquella que en los momentos de insatisfacción frente al sistema me movió por caminos de creatividad. Dolan con su película habla sobre los misterios de su ira, sobre lo problemático de contener esa fuerza, y su temprano éxito son testimonios de que, encaminada esa ira, es impresionantemente constructiva.

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